Featured Video Play Icon

Apolo, la sala que nunca duerme

“Apolo, 75 años sin parar de bailar” es el libro editado por Comanegra con el que se conmemora el 75 aniversario de la sala y que descubre la historia jamás contada de la Sala Apolo, narrada por sus protagonistas, desde los trabajadores de la sala a artistas, DJs, productores y los propios clientes
A

lto, musculado, seguro de sí mismo, el joven Johnny, vestido con su pulcro traje de marinero, entra por la puerta roja del Baile Apolo para darlo todo en la pista y, quién sabe, si bailar con la chica más guapa del lugar. Le han contado otros camaradas que hay unas taxi-girls que bailan endiabladamente bien. A Johnny, le han dado permiso para acudir a la fiesta que, durante dos días, se celebra en el Dancing Saloon Apolo de Barcelona, y a la que asisten cientos de marines de la VI Flota Americana, cuyas naves están atracadas desde hace ya dos veranos en el puerto de Barcelona.

Hoy, 8 de septiembre de 1953, celebran el fin de la guerra entre Estados Unidos y Corea. Habrá cena, correrá el whisky y el ritmo poseso de un joven y casi desconocido cantante, llamado Elvis Presley, se apoderará de las caderas de estos chicos que están dispuestos a olvidar por unas horas por qué se encuentran tan lejos de sus casas y de sus familias. De la pista del Baile Apolo un atronador ritmo desciende hasta la entrada, electrizando los sentidos de Johnny, al que ahora le acompañan dos amigos que se ha encontrado en el bar del hall. Le han contado que actúa la popular Orquesta Apolo, junto a las dos bandas que animan a las tropas con el jazz más hot y el rock & roll, dos géneros musicales que apenas se escuchan en la España de postguerra. El joven marine cabalga los escalones de madera iluminados por un candelabro que le guía hasta el mismísimo infierno, una pista que parece arder por la intensidad del baile…

Ésta podría ser la historia de aquellos cientos de jóvenes marines norteamericanos que se dejaban ver por la popular sala de fiestas Baile Apolo. “La sala se llenará, hasta no poder dar un paso, de marineros engalanados y de decenas de jóvenes deseosas de encontrar un hombre con posibles, que las saquen a bailar y quizás, en un futuro próximo, les den una vida mejor, en España o al otro lado del océano, cualquier cosa con tal de salir del horror de la posguerra. Una banda de marineros toca una música que hace volar acrobáticamente a las chicas dispuestas a seguir —followers— a los «líderes» que las llevan en volandas por toda la pista. El ritmo es frenético y el ambiente se caldea; algunos aprovechan la ocasión para seducir a su chica en los rincones más oscuros de la galería superior. La barra libre de los yankees ayuda a desinhibir los cuerpos…”, así se relata una de las historias que han hecho grande el mito de la pista de baile más icónica de Barcelona, la Sala Apolo.

Antes de abrir sus puertas como sala de fiestas en 1943 fue uno de los parques de atracciones más singulares de Europa: al lindar de 1935. Una boca de dragón de afilados dientes se traga las vagonetas con pasajeros que, entre histéricos y atemorizados, son literalmente engullidos hacia un inframundo de demonios, calaveras, sirenas desnudas y momias aterradoras

Apolo, 75 años sin parar de bailar es el libro editado por Comanegra con el que se conmemora el 75 aniversario de la sala y que descubre la historia jamás contada de la Sala Apolo, narrada por sus protagonistas, desde los trabajadores de la sala a artistas, DJs, productores y los propios clientes, que han vivido noches en las que mucho de lo vivido quedó en el olvido tras una resaca o difuminado por los fantasmas sicalípticos del tiempo. “Todo cambia. Nada cambia”, así reza el lema del aniversario, porque la noche es igual de oscura para todos los gatos pardos, sea cual sea la época que les haya tocado vivir, donde los ritmos más calientes y las fiestas más canallas han desgastado la pista de parqué espigado y sus secuaces se han pertrechado al calor de una luminiscencia bermellón y los tonos rojo carruaje de sus paredes, que han sudado y temblado bajo los bits de la noche. Las fiestas Bots, las bodas gitanas, los calientes ritmos dominicanos de los 80’s que hoy dejarían pálidos a los ‘perreos’ del reggaeton, la electrónica del Nitsa, los lunes de las Nasty Mondays, el trap, los bailes con mucho swing, las noches de burlesque o el petardeo de las Churros con Chocolate, los conciertos…

Sala Apolo The NBP
Portada del libro “75 anys sense parar de ballar”, Eva Espinet. Comanegra, 2018

Las páginas de este libro hablan de la noche, del ocio, de una ciudad que no duerme, que se divierte, y rinden tributo a esta sala mítica que fue también —antes de abrir sus puertas como sala de fiestas en 1943—uno de los parques de atracciones más singulares de Europa. Viajemos al pasado, al lindar de 1935. Una boca de dragón de afilados dientes se traga las vagonetas con pasajeros que, entre histéricos y atemorizados, son literalmente engullidos hacia un inframundo de demonios, calaveras, sirenas desnudas y momias aterradoras. “Las atracciones más originales de la ciudad se convirtieron en el referente de ocio de una avenida de circos, teatros y cabarets”, nos cuenta el libro de Apolo. Todo fue gracias a un visionario de aquella época, José Vallés, que imaginó un mundo de ocio sin igual en la avenida más vibrante de la ciudad, el Paralelo.

Apolo es una nave llena de sorpresas y, en los años 50, en una época gloriosa de atracciones y baile, también es célebre el Apolo Patín Club,  donde se disputan partidos de jóquey sobre patines de la División de Honor, en la terraza que alberga una pista reglamentaria con una gradería para quinientas personas y que hoy es el techo abierto al cielo de la Sala 3. Una década más tarde, un ring ameniza con sus matinales de boxeo los domingos grises de la postguerra y, por qué no, también Apolo se atreve a abrir sus puertas al juego de moda de los años 70, el Bingo, uno de los primeros de la ciudad. En los 90 llegará otro visionario, Alberto Guijarro, que le dará la vuelta a la pista recuperando su esencia estética, para convertir a Apolo en un club de clubs donde hoy cualquier capricho sonoro es posible en un escenario que siempre sorprende. Mientras la ciudad duerme, Apolo continúa la noche sin parar de bailar. ¡Larga vida a Apolo!