Grand Canyon vuelve a La Villarroel después de haber triunfado en el Grec 2025. Una propuesta teatral que nos presenta a una familia que, de repente, ve cómo su hija pequeña es acusada de terrorismo a causa de una canción de rap. Os suena la historia, ¿verdad? Y es que la realidad siempre supera a la ficción.
Pere (Joan Carreras) es un hombre apasionado por la música que, de joven, tenía un grupo de rock con sus amigos. Pero el paso de los años han ido borrando sus sueños y, actualmente, es un padre de familia, alcoholizado, sin trabajo estable, pero con la misma pasión por la música. ¿Qué ha pasado entre aquel chico soñador y el hombre adulto que vemos en el escenario? La vida, la madurez, las responsabilidades que se convierten en nuestros propios carceleros.
Ruby, la hija, es una cantante de trap que enmarca todo aquel espíritu propio de la juventud: las ganas de luchar, las ganas de construir un mundo mejor, la esperanza de que es posible conseguirlo y la frescura y la inocencia que tanto caracterizan a los jóvenes de hoy en día. Y su manera de expresarse es mediante la música, como su padre, pero la música actual: el trap. Pero su libertad se ve enfrentada contra la realidad del mundo: somos libres hasta un punto, el punto en que tocas a los que mandan, a los que dominan el mundo. Y eso es con lo que se encuentra Ruby que, de repente, se encontrará en una situación en que su libertad le puede ser completamente arrebatada.
Los hijos pueden enseñar a los padres
Uno de los mensajes que más me gustaron de Gran Canyon es que los hijos o las hijas pueden enseñar a los padres y madres. Porque puede ser que llegue un momento en la vida donde te encuentres maltrecho, cansado, agotado. Pero aquella energía de la juventud, aquella frescura, aquella fuerza, también convivió en nosotros. Y recordarlo, reencontrarte con ella, siempre es un aire fresco.
Esto es lo que le pasa a Pere que, después de estar hundido por la situación que vive, se ve reflejado en su hija, en su energía y su fuerza. Reaprende a estar en la vida, a vivir con valentía, a no bajar la cabeza.

Un reparto impresionante
En Grand Canyon nos encontramos con un reparto de diez. Desde la situación delicada de Mar Pawlowsky, la prostituta que está en la carretera, hasta el carácter insufrible de Guillem Balart que, de gracioso, se pasa mil pueblos, hasta la actitud de Mireia Aixalà, la mujer cansada, harta, pero enamorada, y la fuerza de la hija, Maria Morera.
Pero Joan Carreras sigue comiéndose el escenario. Por su energía, su carisma, su fuerza escénica... Es imposible apartar los ojos de esta bestia interpretativa.
Una música que es un acierto
Grand Canyon es una obra cargada de ritmo. Ritmo narrativo y ritmo musical. El espacio sonoro que se ha diseñado es, sencillamente, impresionante. Música rock de los años 70, con figuras míticas como Janis Joplin, llenan el escenario y nos hacen revivir aquella época dorada donde la música era capaz de ponernos los pelos de punta con solo las primeras notas.
En definitiva, Grand Canyon es una muy buena propuesta teatral, con un mensaje muy NECESARIO, ya que nos recuerda nuestra fuerza y la necesidad de no dejarnos hundir por la vida.
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