El valor de las cosas que necesitan tiempo

Corina Roselló bordando con la técnica del bordado de Lunéville.
Corina Roselló bordando con la técnica del bordado de Lunéville.

En una sociedad que ha convertido la velocidad en una virtud y el precio bajo en una exigencia, la artesanía reivindica el valor de las manos, del conocimiento y del tiempo. Mientras la inteligencia artificial acelera los procesos creativos y la moda se reinventa a un ritmo frenético, los oficios tradicionales plantean una pregunta incómoda: ¿estamos dispuestos a pagar lo que realmente vale aquello que no se puede fabricar deprisa?

(Vicepresidente del Cercle de la Moda)
21 de octubre de 2026 - 05:30

Hay cosas que no se pueden acelerar. Una puntada que necesita la precisión de un gesto aprendido durante años. Un trozo de seda que, después de pasar por unas manos expertas, se convierte en el pétalo de una flor. Un conocimiento que no se adquiere en cuestión de segundos, sino a través de la repetición, de los errores y de la paciencia. La artesanía está hecha de todo aquello que el mundo contemporáneo parece haber dejado de tener: tiempo.

Fuera de los talleres, la vida corre. Las tendencias aparecen y desaparecen en las redes sociales, las colecciones de moda se renuevan a una velocidad vertiginosa y la inteligencia artificial es capaz de generar en segundos imágenes que antes habrían requerido horas de trabajo. Hemos aprendido a obtener respuestas inmediatas, a consumir sin esperar y a sustituir aquello que tenemos antes de que se haya hecho viejo. La rapidez se ha convertido en una virtud y los precios bajos, casi en un derecho adquirido.

Pero en medio de esta aceleración hay oficios que continúan funcionando con otra lógica. Oficios en los que no basta con tener una buena idea, porque hay que saber transformarla en realidad. En los que la calidad no depende únicamente del resultado, sino de todo el conocimiento acumulado que lo hace posible. En los que las manos necesitan tiempo para aprender aquello que, una vez aprendido, parece sencillo.

La artesanía no es solo una manera de fabricar objetos. Es una forma de conocimiento. 

El tiempo que no se puede recuperar

Un artesano no empieza a crear una pieza el día que se pone a trabajar en ella. De alguna forma, esa pieza empieza muchos años antes, con la primera vez que aprendió a sostener una herramienta, a reconocer un material o a repetir un movimiento hasta dominarlo.

Beatriz Natmar, experta en alta artesania floral, està especialitzada en lacreació de flors de seda fetes a mà per a l’alta costura.
Beatriz Natmar, experta en alta artesanía floral, está especializada en la creación de flores de seda hechas a mano para la alta costura. © Cedida

Detrás de un bordado, de una pieza de cerámica, de un tejido o de una flor de seda hay horas de trabajo visibles, pero también cientos de horas invisibles. Las del aprendizaje, las pruebas fallidas, los errores corregidos y la experiencia que permite saber qué hay que hacer incluso cuando algo no sale como estaba previsto.

En el caso de Beatriz Natmar, creadora de flores artesanales, esta relación con el tiempo tiene una dimensión casi íntima. Cuando trabaja con los pétalos, puede pasar horas concentrada y sentir que solo han transcurrido unos minutos. Esta percepción, sin embargo, no se corresponde con las horas reales que necesita cada encargo. Por eso explica a los clientes las fases del proceso: la paciencia de quien crea también debe ser comprendida por quien compra. "A mí me pasa que me ensimismo tanto que pueden pasar muchas horas y yo percibirlas como minutos", explica Beatriz Natmar.

La bordadora y Maestra Artesana Corina Roselló, especialista en la técnica del bordado de Lunéville, lo expresa con una distinción reveladora: la experiencia permite trabajar con más fluidez, pero eso no significa necesariamente tener que correr más. La destreza consiste en encontrar el ritmo adecuado, aquel en el que las manos pueden trabajar con precisión y naturalidad.

Corina Roselló, mestra artesana especialitzada en brodat d’alta costura amb la tècnica del ganxet de Lunéville
Corina Roselló, maestra artesana especializada en bordado de alta costura con la técnica del ganchillo de Lunéville. © Cedida

"La verdadera destreza consiste en encontrar el ritmo adecuado para que las manos trabajen con precisión y naturalidad", señala Corina Roselló. Es una idea que contradice una de las grandes obsesiones de nuestro tiempo: hacer más cosas en menos horas. 

La tecnología ha permitido reducir procesos, automatizar tareas y multiplicar la productividad. Pero no todos los tiempos son prescindibles. En determinados oficios, intentar acelerar el trabajo puede significar perder calidad, precisión o sensibilidad. El tiempo no es un obstáculo para llegar al resultado. Es una parte del resultado mismo. Quizás el problema es que nos hemos acostumbrado a valorar las cosas por el tiempo que nos ahorran y hemos dejado de valorarlas por el tiempo que alguien les ha dedicado.

El conocimiento que pasa de unas manos a otras 

La artesanía también tiene otra particularidad: no nace de cero con cada generación. Es una herencia. Durante siglos, los oficios se han mantenido vivos porque alguien ha enseñado a otra persona aquello que sabía hacer. Un gesto aprendido de un maestro, una técnica perfeccionada a lo largo de los años, una manera de trabajar un material que difícilmente se puede explicar solo con palabras.

Primera Escola Professional de Brodat d'Alta Costura a Espanya
Primera Escuela Profesional de Bordado de Alta Costura en España. 

Este conocimiento no siempre se encuentra en los libros. Vive en las manos, en la mirada y en la experiencia. Se transmite observando, practicando y equivocándose. Hay movimientos que solo se entienden cuando se ven hacer y que solo se llegan a dominar cuando el cuerpo los ha repetido suficientes veces.

"Cuando desaparece un oficio, no se pierde únicamente una actividad económica. Se puede perder también una parte de nuestra memoria colectiva"

Corina, que imparte clases de bordado de Lunéville en la 1ª Escuela Profesional de Bordado de Alta Costura en España, identifica una dificultad que ningún manual resuelve por sí solo. El maestro puede explicar cómo se coge el ganchillo, pero el alumno solo interioriza el movimiento cuando observa, prueba, se equivoca y lo repite. El patrimonio artesanal no es solo aquello que se conserva en un museo; es aquello que alguien todavía sabe enseñar.

Por eso, cuando desaparece un oficio, no se pierde únicamente una actividad económica. Se puede perder también una parte de nuestra memoria colectiva. Y este es uno de los grandes riesgos del siglo XXI. No porque las técnicas artesanales hayan dejado de tener valor, sino porque cada vez es más difícil encontrar las condiciones necesarias para aprenderlas, practicarlas y vivir de ellas.

Para entender el valor de una puntada, hay que intentar hacerla. Jesús Albiol se adentra en el bordado de Lunéville y descubre que lo que parece un gesto sencillo es el resultado de tiempo, precisión y conocimiento
Para entender el valor de una puntada, hay que intentar hacerla. Jesús Albiol se adentra en el bordado de Lunéville y descubre que lo que parece un gesto sencillo es el resultado de tiempo, precisión y conocimiento. © Cedida

La paradoja es evidente: admiramos los objetos hechos a mano, reivindicamos la tradición y celebramos la singularidad, pero no siempre garantizamos que las personas que conservan estos conocimientos los puedan transmitir a las generaciones siguientes.

Una técnica no sobrevive solo porque sea bonita. Sobrevive porque alguien continúa practicándola y porque otra persona considera que vale la pena aprenderla.

Corina advierte que la pérdida de un oficio no es repentina: llega cuando deja de practicarse, cuando faltan personas que lo transmitan y cuando aprenderlo ya no ofrece una salida profesional. Natmar, por su parte, considera que la creación de flores artesanales es hoy un oficio en peligro de extinción, porque son muy pocos los profesionales que se dedican exclusivamente a ello.

Cuando una máquina puede imaginarlo todo

La irrupción de la inteligencia artificial ha añadido una nueva dimensión a esta contradicción. Hoy es posible generar en pocos segundos la imagen de un vestido recubierto de bordados imposibles, de una joya extraordinaria o de una flor de seda que no existe. La tecnología puede multiplicar las ideas, explorar combinaciones y acelerar determinadas fases del diseño.

Para Natmar, la diferencia empieza incluso antes de cortar el primer pétalo. Trabaja sobre todo con seda y otros tejidos naturales; los prepara con apresto para que mantengan la forma sin desfilarse y regula su rigidez según el movimiento que quiere conseguir. Cuando calienta el tejido y le aplica el buril —una herramienta para dar forma a los pétalos—, la presión y el giro de la mano determinan una curvatura que no estaba del todo definida en la idea inicial.

FOTO 6 Imatge creada en IA
Imagen creada con inteligencia artificial. 

Pero una imagen no es un objeto. Una flor creada digitalmente no necesita sostener su propio peso. Un bordado imaginado por un algoritmo no debe respetar la tensión del tejido ni adaptarse al movimiento del cuerpo. La pantalla no ofrece resistencia, no se rompe y no obliga a corregir una puntada.

El trabajo artesanal, en cambio, se construye a partir de una relación directa con la materia. La seda tiene una textura y un comportamiento; el hilo, una tensión; la cerámica, unos límites. El artesano debe aprender a escuchar estos materiales, a entender qué permiten hacer y qué no.

"El momento más mágico o más especial para mí es cuando con el buril le doy forma a un pétalo, es en este instante, cuando la intensidad de la presión, la preparación de la seda y el movimiento de la mano hacen que cada flor sea diferente” expresa Beatriz.
Esto no significa que la tecnología sea enemiga de la artesanía. Puede ser una aliada extraordinaria para experimentar, diseñar, comunicar y dar visibilidad a oficios que, sin las herramientas digitales, difícilmente llegarían a nuevos públicos.

Beatriz Natmar treballant amb els burils
Beatriz Natmar trabajando con los buriles. © Cedida

Las dos artesanas evitan reducir el debate a una guerra entre tradición y tecnología. Corina considera que las herramientas digitales pueden ayudar a desarrollar diseños y dar visibilidad a los oficios. Beatriz reconoce el potencial inspirador de las imágenes generadas con IA, aunque asegura que por ahora no la usa en su proceso creativo. Su reserva no es una negativa al futuro: es la convicción de que la flor definitiva se decide cuando las manos entran en contacto con la materia.

Pero hay una diferencia esencial entre poder imaginar cualquier cosa y saber hacerla. Y quizás, en un futuro en el que generar imágenes será cada vez más fácil, el conocimiento necesario para convertirlas en objetos reales adquirirá aún más valor.

¿Cuánto cuesta una hora de vida?

Hay, sin embargo, una contradicción aún más profunda. Una que no tiene que ver solo con la tecnología, sino con el dinero. Nos gustan las cosas únicas, los objetos elaborados con cuidado y las piezas que cuentan una historia. Nos emociona descubrir que un vestido ha sido bordado a mano o que una flor se ha creado pétalo a pétalo. Pero esta admiración a menudo se desvanece cuando llega el momento de pagar.

Hemos crecido en una cultura del consumo que nos ha acostumbrado a comparar precios sin comparar procesos.

"Cuando una pieza artesanal nos parece demasiado cara, ¿es porque realmente lo es o porque nos hemos acostumbrado a pagar demasiado poco por el trabajo de los demás?"

Una pieza industrial y una pieza artesanal pueden tener una apariencia similar, pero detrás hay realidades muy diferentes. En el precio de una creación hecha a mano no solo se deben contar los materiales y las horas de ejecución. También hay que incorporar los años de aprendizaje, la experiencia, el conocimiento técnico y la capacidad de resolver problemas que se han adquirido a lo largo de una vida profesional.

Resultado del Bordado para un vestido de novia con hilo de seda
Resultado del Bordado para un vestido de novia con hilo de seda. © Cedida

Como explica Roselló, el hecho de que un artesano experimentado necesite menos tiempo para ejecutar una pieza no significa que su trabajo valga menos. Esa rapidez es, precisamente, el resultado de años de práctica. "El tiempo tiene un valor, pero la experiencia que hay detrás de ese tiempo también lo tiene", resume Roselló.

Y aquí aparece una pregunta incómoda: cuando una pieza artesanal nos parece demasiado cara, ¿es porque realmente lo es o porque nos hemos acostumbrado a pagar demasiado poco por el trabajo de los demás?

Natmar vive esta tensión desde otro lado: cuando un trabajo le apasiona hasta el punto de perder la noción de las horas, ponerle un precio se vuelve especialmente difícil. Explica que ha tenido que aprender a distanciarse de la creadora y pensar también como empresaria; incluso se ha formado en gestión empresarial para las artesanías de la moda. La sensibilidad artística, por sí sola, no resuelve la viabilidad de un taller.

Corina con bolsos bordados con Amatistas, Ónix
Corina con bolsos bordados con Amatistas, Ónix. © Cedida

El precio bajo no es una realidad inocente. A menudo responde a sistemas de producción que permiten reducir costes y multiplicar cantidades. La artesanía difícilmente puede competir en este terreno sin renunciar a aquello que la define.

Pero tampoco podemos exigir a los artesanos que conserven los oficios solo por amor a la tradición. La pasión no paga los materiales, ni el alquiler de un taller, ni las horas de trabajo. Si queremos preservar estos conocimientos, debemos aceptar que tienen un valor económico y que las personas que los dominan deben poder vivir dignamente de su profesión.

"Es para mí la parte más difícil, la que más me cuesta", reconoce Beatriz cuando habla de poner valor económico a sus flores. Y admite que más de una vez un cliente ha considerado demasiado caro un encargo porque desconocía todo el trabajo que había detrás.

Porque el riesgo no es solo perder la belleza de un objeto. Es perder las manos capaces de crearlo.

Cos fet de Petals
Cuerpo hecho de flores textiles. © Cedida

El futuro también se hace a mano

En una industria como la moda, que vive atrapada entre la necesidad de renovarse constantemente y la urgencia de reducir su impacto ambiental, la artesanía puede aportar una mirada diferente.

No es una solución automática a los problemas del sector. Una pieza artesanal no es necesariamente sostenible por el simple hecho de estar hecha a mano. Pero el conocimiento de los materiales, la reparación, la reutilización y la voluntad de crear objetos duraderos pueden contribuir a transformar nuestra relación con aquello que consumimos.

"Quizás el lujo del futuro no será tener más cosas, sino poseer menos y conocer el valor de cada una. Saber quién la ha hecho, cómo se ha elaborado y cuánto tiempo ha necesitado para existir"

La reutilización puede adoptar formas muy concretas. Natmar recupera recortes que de otra manera se tirarían y también ha elaborado flores con tejidos procedentes de vestidos. Recuerda especialmente un cuerpo de pétalos de seda construido con recortes sobrantes de creaciones anteriores; con los fragmentos más pequeños aún pudo hacer flores de dimensiones menudas. El material descartado se convertía así en el punto de partida de otra pieza.

También pueden ofrecer una nueva manera de entender el lujo. Quizás el lujo del futuro no será tener más cosas, sino poseer menos y conocer el valor de cada una. Saber quién la ha hecho, cómo se ha elaborado y cuánto tiempo ha necesitado para existir.

La artesanía no debe quedar atrapada en la nostalgia. Los oficios pueden dialogar con las nuevas tecnologías, explorar materiales contemporáneos y encontrar formas de expresión que todavía no imaginamos. La tradición no es incompatible con la innovación. De hecho, solo sigue viva cuando es capaz de evolucionar.

Brodat per a un vestit núvia amb fil de seda
Bordado para un vestido de novia con hilo de seda. © Cedida

Esta capacidad de adaptación también es creativa. Beatriz explica que a menudo empieza reproduciendo una flor real, pero el trabajo manual la empuja a modificar sus curvaturas o a inventar otras que no existen en la naturaleza. Cuando colabora con diseñadores, puede usar los mismos tejidos y colores del vestido para que las flores se integren en el universo de la pieza. La técnica heredada no impone una forma única: abre nuevas posibilidades.

La artesanía no debe quedar atrapada en la nostalgia

Pero para que esto ocurra se necesita algo más que admiración. Se necesita formación, relevo generacional, reconocimiento profesional y una sociedad dispuesta a entender que no todo se puede producir inmediatamente ni vender a cualquier precio.

Para Corina, preservar una técnica exige escuelas, visibilidad y un mercado capaz de remunerar el conocimiento. Beatriz también reivindica más reconocimiento para la autoría de los artesanos dentro de la moda: detrás de cada colaboración, dice, siempre queda una parte de quien ha trabajado con las manos.

Mientras el mundo sigue acelerando, en algún taller unas manos siguen repitiendo un gesto aprendido hace muchos años. Un hilo atraviesa una tela. Un trozo de seda se transforma en una flor. Un material aparentemente inerte adquiere una forma que antes solo existía en la imaginación de alguien.

Les mans de Corina brodant amb la tècnica del Brodat de Lunéville
Las manos de Corina bordando con la técnica del Bordado de Lunéville. © Cedida

"Para mí, bordar también es aprender a estar presente. No puedes pensar únicamente en el resultado final: tienes que prestar atención a cada puntada", explica Corina. En las flores de Beatriz, este mismo presente toma la forma de un pétalo que cambia bajo el buril. Son dos maneras de recordar que la artesanía no solo conserva técnicas: también conserva otra manera de vivir el tiempo.

Quizás el gran reto del siglo XXI no será decidir si el futuro pertenece a las manos o a las máquinas, sino aprender a reconocer el valor de cada una. Entender que la tecnología puede ayudarnos a hacer muchas cosas más deprisa, pero que esto no convierte en prescindible todo aquello que necesita tiempo.

Porque una puntada no es solo una puntada. Es el gesto que alguien aprendió de otro, que ha perfeccionado a lo largo de los años y que puede seguir vivo en otras manos. Y, en un mundo que ya no sabe esperar, quizás preservar el hilo de la puntada será una de las formas más necesarias de innovar.

Hay hilos que no solo unen las puntadas de un bordado. Unen el pasado con el futuro. Cada gesto contiene tiempo, conocimiento y memoria.

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Sobre el autor

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Jesús Albiol

Vicepresidente del Cercle de la Moda

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