El principal inconveniente de vivir una supuesta noche histórica (en términos wagnerianos) en el Gran Teatre del Liceu es que uno debe afrontar el inmenso sacrificio de aguantar las insufribles tabarras de los plastas wagnerianos de Barcelona durante semanas. El lector, y más aún si pertenece a la especie citada, pensará que esto resulta un sacrificio la mar de tolerable; pero la cosa tiene su coña, pues no hay ser más horripilantemente cargante que un wagneriano motivado con su nueva valquiria. Así como los mozartianos somos gente discreta, que vive la grandeza de nuestro compositor como hacía él mismo (a saber, sublimando la belleza e intentando aplicarla como se pueda al universo de lo cotidiano), el wagneriano capitalino es alguien que quiere contagiarte su entusiasmo de forma patológica, una especie de mosca que pregona el éxtasis toqueteándote y simulando que sabe alemán.
Sin embargo, los musicósofos de la ciudad estamos de enhorabuena, y diría que en breve podremos entonar la matraca del “yo estuve allí”, pues el pasado lunes ---y como ya se esperaba--- Lise Davidsen se coronó como la futura Isolde de referencia mundial. A la fuerza vocal que exige el rol (realmente, esta alterosa cantante nació con un puto altavoz en la garganta y, a diferencia de algunas ilustres del género, el timbre es de una carnosidad que provoca gula), la soprano noruega suma una sabiduría alucinante, si tenemos en cuenta que todavía no llega a la cuarentena. La clase social de los llepafils dirá que Davidsen todavía tiene campo por recorrer, porque en algunas frases del texto se sacrifican fonemas y a veces uno desearía que errara un poco más aunque fuera al precio de un mayor fuego emocional; pero cabe recordar que el verso wagneriano no es Goethe y que aprender un rol de forma controlada es la mejor opción para madurarlo más tarde.
No hay wagnerismo sin polémica, y al triunfo de Davidsen se sumó la ovación a la maestro Susanna Mälkki ---como recoge también en un artículo Jacobo Zabalo---. Tras su maravilloso Trittico en 2022, ya escribí aquí mismo que resultaba apremiante fichar cagando leches a la directora finlandesa como futura titular del Liceu. El teatro ha optado por otros senderos, parece ser debido a que la orquesta no está entusiasmada con la señora en cuestión (no te fastidia; ¡porque les hace currar!), pero después de este Tristan, me reafirmo y proclamo que se ha desaprovechado una gran ocasión. De nuevo, la secta de los perepunyetes han enmendado el approach wagneriano de Mälkki; es cierto, no se sumergió en el tejido de la obra buscando la homogeneidad ni la perfecta narración, como manda el canon furtwängleriano, porque su lucha estaba en emparentar a Richard con la música posterior y las paranoias de la posmodernidad. El resultado no es perfecto… pero yo siempre estoy en el equipo de quien arriesga. De nuevo; ¡estamos ante un pedazo de músico!
Una de las taras del wagnerianismo es su adicción al radicalismo. Así ha sido con este Tristan, que muchos han vociferado como lo mejor de este siglo, mientras otros aprendices de Hanslick fruncían la nariz recordando otras performances míticas de esta ópera. Servidor no es un gran amante de la tercera vía, pero en este caso me sitúo en medio de tanta motivación general; en efecto, este Tristan todavía puede mejorar mucho más, pero ---por decirlo en términos futbolísticos--- si comparamos cualquier partido del Barça con vídeos de los mejores highlights de Messi es normal acabar pensando que Lamine Yamal está algo sobrevalorado. En todo esto ha hecho mucho daño la tradición discográfica que, lejos de enaltecerse como un referente histórico, se ha acabado cosificando como el barómetro mínimo de evaluación. La nostalgia siempre es un error; lo importante del caso es destacar que el Liceu, este mes, será un lugar del primer mundo.
Me permito solo una enmienda a la cuestión, porque yo también me regalo de vez en cuando el privilegio de ser un mestretites antipático. Amigos del teatro, ahora que pinta que nos comeremos la “nietísima” castizaprogre durante varios lustros, os lo ruego, que alguien le enseñe a dirigir una ópera. Pagaremos lo necesario, porque somos catalanes bien agradecidos: faltaría.