Se dice que los gatos tienen siete vidas. Si fuera cierto, Montjuïc ya habría consumido al menos tres. Tres vidas muy distintas. Y todas ellas, además, en apenas un siglo. Aunque, en realidad, a lo largo de sus más de dos siglos de historia, la montaña acumula muchas más vidas. Mucho antes de las tres grandes transformaciones que han marcado la Montjuïc contemporánea, la montaña ya había sido cantera romana —de hecho, una de las más antiguas documentadas de Europa—; sobre ella se levantó un castillo militar desde el que tanto se defendía la ciudad de los ataques marítimos como se vigilaba a los propios barceloneses, y en el que fueron fusilados numerosos represaliados; sus laderas se poblaron de barracas, como las que durante décadas ocuparon barrios como Can Clos; y también se convirtió en el espacio donde Barcelona instaló su gran cementerio.
Cada época dejó una huella distinta sobre la montaña. Sin embargo, durante siglos Montjuïc fue acumulando usos sin que nadie llegara a pensarla como un todo. La Exposición Internacional de 1929 supuso el primer gran intento de darle una visión de conjunto. Más de seis décadas después, los Juegos Olímpicos de 1992 consolidaron esa transformación y terminaron de convertir la montaña en uno de los grandes escenarios deportivos y culturales de Barcelona.
Ahora llega la tercera vida de Montjuïc. Con la vista puesta en el centenario de la Exposición Internacional de 1929, Barcelona impulsa una nueva transformación que quiere completar ese proceso. Esta vez, sin embargo, la transformación no gira en torno a un único gran acontecimiento, sino a una suma de proyectos que se desplegarán durante la próxima década y que, por primera vez, también ponen la mirada en los pies de la montaña, en los barrios y vecinos que habitan sus alrededores.
La ampliación del Museu Nacional d'Art de Catalunya para mostrar una mayor parte de su colección; la transformación de los históricos pabellones de Fira Barcelona; la remodelación de plaza Espanya; la modernización de la Anella Olímpica, con la renovación del Estadi Olímpic Lluís Companys y la ampliación del Sant Jordi Club; la recuperación del Palau Municipal d'Esports o la futura llegada de la línea 2 del metro —una aspiración histórica del alcalde Pasqual Maragall para conectar definitivamente la montaña con la ciudad— forman parte de una gran estrategia municipal que desplegará una inversión cercana a los 2.800 millones de euros hasta 2035. Son las actuaciones más visibles de una transformación que aspira a integrar definitivamente Montjuïc en la ciudad.
Pero quizá el cambio más significativo no esté sobre la montaña —con estas diferentes reformas ya en marcha, aunque con diferentes calendarios—, sino a sus pies. Porque, por primera vez, la transformación de Montjuïc también mira hacia los barrios que crecieron a su alrededor. Una transformación que empieza en plaza Espanya, inmersa en una remodelación para dejar atrás su papel de gran rotonda dominada por el tráfico y convertirse en una nueva puerta de entrada peatonal a la montaña. Y continúa en barrios como Can Clos, donde la transformación adopta otra escala: ya no se trata de renovar grandes equipamientos, sino de construir viviendas para integrar unos barrios que durante décadas crecieron al margen de la montaña y casi de la ciudad.
Entre el paseo de la Zona Franca y la montaña, Can Clos ha sido durante años un lugar de paso. Miles de aspirantes al carné de conducir lo han recorrido camino al punto de inicio de los exámenes prácticos. Otros lo atraviesan cada día para llegar a las oficinas de grandes empresas catalanas instaladas en el paseo de la Zona Franca, como Wallbox o Esteve. Pocos, sin embargo, se detienen a observar un barrio que hoy empieza a convertirse en uno de los primeros lugares donde la nueva Montjuïc deja de ser un plano para convertirse en una realidad.
Can Clos, de las barracas al barrio donde empieza la nueva Montjuïc
Can Clos nació en 1952 para acoger a quienes tuvieron que abandonar las barracas de Barcelona durante las grandes transformaciones urbanas impulsadas con motivo del Congreso Eucarístico Internacional que acogió la ciudad ese año. Como tantos barrios levantados de urgencia durante aquellos años, Can Clos se construyó con materiales modestos y escasos servicios.
Siete décadas después, en ese mismo espacio, más de 24.000 metros cuadrados de solares que durante años permanecieron vacíos ya están dando paso a cuatro promociones residenciales con más de 200 viviendas —casi la mitad de protección oficial—, nuevos equipamientos educativos y culturales y un gran parque que busca reconectar Can Clos con la montaña y el resto de la ciudad. La primera de esas promociones ya está terminada. Se trata, en cierto modo, de uno de los primeros ladrillos con los que empieza a construirse la tercera vida de Montjuïc.
El edificio —apodado como proyecto O7— es una promoción de 64 viviendas impulsada por Kronos Homes y diseñada por el estudio madrileño ADORAS Atelier Arquitectura, situado justo enfrente de la calle Foc. Sus fachadas, dominadas por imponentes tonos azules y amarillos, rompen deliberadamente con la imagen habitual de la vivienda de nueva construcción. “Cuando queremos que un edificio genere identidad no buscamos que se camufle con el barrio”, ha explicado el arquitecto responsable del proyecto Carlos Pueyo durante una visita guiada organizada en la zona con motivo de la Capital Mundial de la Arquitectura que este año celebra Barcelona. “Al contrario, queremos que se convierta en un icono reconocible, que los vecinos lo sientan como suyo y que contribuya a generar vida y actividad en el barrio”, ha añadido.
La inspiración hay que buscarla, según Pueyo, en el modernismo catalán, el movimiento que reivindicó que la buena arquitectura no debía quedar reservada a los grandes edificios institucionales, sino que también podía formar parte de la vivienda cotidiana. El resultado estético de la fachada en amarillo y azul, sin embargo, está lejos de reproducir el lenguaje modernista. Pero igual que hizo Gaudí al inspirarse en la naturaleza, el edificio también busca dialogar con su entorno: el revestimiento cerámico azul de la cubierta pretende fundirse con el cielo de Barcelona, mientras que, en el interior, los pasillos cambian de color en cada planta, en una transición que se inspira en la naturaleza y que va desde los tonos terrosos de las primeras alturas hasta los verdes de las intermedias y azules de los pisos superiores.
Además de destacar por su fachada, el edificio también busca, en palabras de Pueyo, "fomentar la comunidad y construir barrio". Como primera pieza de la transformación de Can Clos —y una de las primeras muestras de la nueva vida de Montjuïc—, el proyecto asume también esta función: sentar las bases de una nueva comunidad y un nuevo barrio. De ahí que, para acceder a los espacios compartidos —el gimnasio, el espacio de coworking o la sala comunitaria para celebraciones—, los residentes no puedan hacerlo directamente desde los portales, sino que deban salir a la calle. La intención es sencilla: favorecer los encuentros entre vecinos y hacer que la vida del edificio también contribuya a dar vida al espacio público.
Este primer edificio —con 64 viviendas de venta privada y habitado desde finales de mayo— es solo el comienzo de la transformación. Kronos Homes ultima ya una segunda promoción que estará terminada antes de final de año. Entre ambas sumarán 124 viviendas. Después llegará el turno de las dos promociones de protección oficial previstas por el plan urbanístic, con hasta 81 viviendas públicas. Todos estos edificios se articularán alrededor del nuevo parque de Can Clos, ya abierto al público, con 14.400 metros cuadrados de zonas verdes.
Pero Can Clos tampoco será la única pieza de la nueva vida de estos barrios. Muy cerca, la Marina del Prat Vermell avanza hacia una de las mayores transformaciones urbanísticas de Barcelona, con la construcción de hasta 12.000 viviendas —más de la mitad protegidas— para acoger a cerca de 30.000 nuevos residentes. En paralelo, el Poble-sec también prevé una nueva vida, con casi 550 nuevas viviendas públicas, y más de 6.800 metros de espacios verdes.
Por separado, todas estas actuaciones en los barrios colindantes con la montaña de Montjuïc pueden parecer proyectos distintos. Juntas, sin embargo, dibujan una misma filosofía: en su tercera vida, la transformación de Montjuïc ya no se construye únicamente desde sus museos, pabellones o estadios. También lo hace desde las viviendas, los parques y los vecinos de los barrios que crecen a sus pies.
