Semifinales en el Godó

27 de abril de 2026 - 11:46

Un ruso contra un serbio: eso es lo único que sé. El nombre del ruso, Andrei Rubliov, me recuerda demasiado a la película basada en la vida del artista ruso del siglo XVI, pero parece ser un viejo conocido de la casa (tanto de la ciudad como de su Real Club de Tenis), ya que es aquí donde se fortaleció como tenista de élite. Es decimoquinto en el ranking de la ATP. El serbio, en cambio, se llama Medjedovic y es 87º (el año pasado ocupaba el número 57). Dicen que son dos jugadores que arriesgan mucho, que será emocionante, aunque el público más aficionado se haya quedado con las ganas de Carlos Alcaraz (unas molestias en la muñeca le han impedido continuar). Dicen también que Rubliov se ha recuperado de una molestia en la pierna. Solo tendré tiempo de ver este partido, pero, como mínimo, promete. Sol de justicia, primavera, Pedralbes. Un año más.

A pesar de Rubliov, la bandera rusa ha quedado bastante invisibilizada: aún perdura, según parece, la condena internacional por la invasión de Ucrania. Irónicamente, a pocos metros de donde estamos y al mismo tiempo que comienza esta semifinal, Pedro Sánchez ha acogido a un grupo de líderes mundiales antitrumpistas. Enviar armas a Ucrania sí que debe de ser progresista; Rubliov debe de estar encantado, y a los ucranianos en conflicto (como a los catalanes) nadie les ha preguntado qué quieren ser. Pero, en fin, el caso es que se nota (y mucho) la presencia policial en la república (o más bien el reino) de Pedralbes.

El Real Club de Tenis no siempre se ha llamado así, sino que se fundó en 1899 con el nombre de Barcelona Lawn-Tennis Club (al estilo Barça, digamos) y solo con Alfonso XIII se le “concede” el título de Real (como ocurrió también con el Espanyol en 1912, o el Náutico, mucho antes y con Alfonso XII).

Andrei Rubliov durante la semifinal en el Godó. © Judit Cartiel / Barcelona Open Banc Sabadell

En cuanto al Barcelona Open Banc Sabadell (Trofeo Conde de Godó), este año celebra su 73º aniversario y eso nos lleva a 1953 (con un contexto claramente identificable). La copa, repetimos, es la única del mundo coronada por un tenista plateado en acción y es fruto del maestrazgo de la casa Soler Cabot, con profundas raíces en la ciudad. Ahora el Club lo preside Jordi Cambra y aseguran que, meses antes del torneo, tienen que detener la actividad de todos los socios (de diversas edades y niveles) para poder afrontar el montaje. Para el desmontaje, tres cuartos de lo mismo. Y eso en un club que, además de deportivo, es sobre todo social.

Networking, claro. Godó, políticos, periodistas, empresarios, networking. Algunos de ellos tienen un buen saque, es decir, saludan con fuerza (estrechando con intensidad la mano o abrazando con energía), otros hacen dejadas a la volea (muñeca frágil, mano desganada) e incluso presencio, por primera vez en mucho tiempo, un passing shot que deja a alguien con la mano sola y extendida. Alrededor de las gradas, siempre laberínticas y de acceso consagrado, se despliegan decenas de puestos de snacks y cervezas a los que más vale acudir temprano (si no tienes acceso a la zona VIP).

Todo ello comunicado (es un decir) por esta mezcla indescifrable de pasillos, cipreses, andamios y logos que milagrosamente te acaban llevando al sitio. Hay niños con grandes pelotas de tenis que esperan un autógrafo, y que todavía gritan “¡vamos Rafa!”, pero en referencia a Jodar, no a Nadal, que ahora solo es un nombre de pista. Justo en la pista donde empieza el partido, y donde a las cuatro se jugará el del español Jodar contra el francés Fils ---quien ha acabado resultando ganador del Torneo---. Buen servicio, dicen, este Fils. Y muy atlético, y suelta una buena “gardela” a derecha e izquierda. De entrada, y sin conocerlo, ya me cae bien.

Arthur Fils, ganador del Torneo. © Pablo Rodriguez / Barcelona Open Banc Sabadell

Una mascota con forma de dragón del Park Güell. Vale, respira. Calma. Vamos. La locución de los altavoces es mayoritariamente en catalán (autóctono, sin acento foráneo), las vistas desde la grada son a la Collserola de Vallvidrera, los recogepelotas van de Mango con rayas verdes, las azafatas van de Emirates Airlines. El coche Lexus inclinado, con el freno de mano eternamente puesto para no caerse dentro de la pista. Rolex. RTVE. Esportcat (Generalitat de Catalunya), Barcelona, Teknon (para los aparatos que innecesariamente marcan la velocidad de los servicios). Occident, sin Catalana. Eurofirms. Cava Vilarnau, del que parece abrirse sonoramente una botella cada vez que un serbio responde a un ruso o viceversa. Lexus, de nuevo. Mango, de nuevo. Haier. Sabadell, en grande, en inmenso.

Rubliov se ha hecho un corte en la mano, seguramente por eso pierde el primer set. Ambos, de hecho, cometen errores bastante inexplicables. El caso es que del 6-3 inicial a favor de Serbia pasamos a un par de clamorosos 6-2 a favor de los invasores de Ucrania, y eso a pesar de la herida en el dedo. Ambos jugadores, además, mantienen largas y airadas conversaciones con el aire. Como si fueran vagabundos perdidos, o como si un entrenador imaginario tuviera que escuchar todas las quejas o darles alguna explicación.

Carlos Alcaraz durante un partido del Torneo, del que ha tenido que retirarse por lesión en la muñeca. © Judit Cartiel / Barcelona Open Banc Sabadell

No me quedo a la siguiente semifinal. Me interesa tanto lo que le pase a Serbia como lo que le pase a Francia o a España, lo cual no quita que me interese (y mucho) lo que suceda en mi ciudad. Especialmente, me interesan las dinámicas del Upper y esa especie de monarquía en pequeño, de nobleza de mentira, que configura la siempre contradictoria burguesía barcelonesa: una atmósfera de inconfundible república monárquica que tiene color menestral y tendero, aunque se vista de seda. Por eso salgo del Barcelona Lawn-Tennis Club, otra vez, agradecido por la continuidad de este Trofeo. Como mínimo me ha hecho sentir menos solo: en este partido, como en el Palau de Pedralbes, solo algunos de los presentes han podido lucir su bandera.

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Jordi Cabré
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