En el Real Club de Tenis Barcelona, cada nombre grabado en la pared de los ganadores del Trofeo Conde de Godó – Barcelona Open Banc Sabadell es un eco de la historia del torneo. Entre esos ecos está el de Tommy Robredo, un jugador que no podría explicar su trayectoria profesional —que lo llevó a ser número cinco del mundo, ganar doce títulos ATP y competir en las pistas más importantes del circuito— sin mencionar este club y este torneo. Robredo (Hostalric, 1982) debutó profesionalmente en el Godó con solo 16 años, ganó el torneo en 2004 y aquí también decidió cerrar su carrera en 2022, con 39 años. Su historia, sin embargo, sigue vinculada al club y al Godó, ahora desde el otro lado de la pista.
Durante la pandemia, cuando el mundo se detuvo y las calles se vaciaron, Robredo se vio obligado a parar, una oportunidad que aprovechó para dibujar su futuro, ya pensando en su retirada como jugador profesional. Cogió papel y bolígrafo y trazó distintos caminos posibles. En una de las ramas aparecía dirigir algún día el Godó. No era un plan definido, tan solo una posibilidad.
Con los años, aquella rama se ha convertido en realidad y Robredo afronta su primera edición como director deportivo del Barcelona Open, relevando a David Ferrer. En su 73ª edición, el torneo volverá a reunir grandes nombres del circuito como Carlos Alcaraz, Alex de Miñaur, Casper Ruud o Félix Auger-Aliassime, e incluirá novedades como el primer partido nocturno.
Hablamos con Tommy Robredo en unas instalaciones que ya respiran movimiento: operarios que montan gradas, estructuras que aparecen entre las pistas de tierra batida, camiones que entran y salen del recinto. Ante este movimiento constante, Robredo habla con serenidad y orden, con la calma de quien construye grandes acciones paso a paso, con listas y esquemas mentales. Y cuando habla del tenis, vuelve al principio: a Olot, al frontón del club donde todo empezó casi sin darse cuenta.
— Empiezas a jugar con tan solo cinco años. ¿Es una pasión heredada?
— Cuando eres pequeño no te paras a pensarlo. Mi padre era entrenador en el Club Natació Olot y yo disfrutaba imitándolo y acompañándolo; al final se convirtió en una pasión compartida. Recuerdo que los fines de semana mis padres jugaban y yo los observaba desde el frontón. Cuando terminaban, comíamos y volvíamos a casa. Sin darme cuenta, aquel hobby se transformó en una pasión cada vez mayor. Nunca sentí que tomara una decisión importante: simplemente era lo que más me gustaba hacer.

— ¿Notaste el cambio cuando el tenis pasó de ser una pasión a una profesión?
— A los 14 años fui al Centro de Alto Rendimiento de Sant Cugat, con la Federación Española de Tenis, y tuve que dejar Olot. Así empezó mi relación con el Real Club de Tenis Barcelona, uno de los mejores clubes del mundo antes y ahora. Empecé a entrenar allí cada vez con más regularidad, pero lo vivía con naturalidad: iba al colegio por la mañana y entrenaba por la tarde. Iba ganando partidos, algún campeonato y torneos más importantes cada año, pero nunca tuve un momento concreto en el que dijera: “Ahora quiero ser profesional”.
Recuerdo una anécdota curiosa: ya estaba alrededor del puesto 30º del mundo cuando un periodista me preguntó cuándo me había hecho profesional. Le dije que no lo era. Y me respondió: “Hombre, si ya ganas dinero y te dedicas a esto, quizá sí que lo eres”.
"Si el tenis fuera elitista, yo no habría podido jugar nunca", Tommy Robredo— Y tu primer torneo profesional fue precisamente aquí, en el Godó.
— Con 16 años me dieron una invitación para jugar la fase previa. Jugar en casa es una sensación difícil de describir: aún recuerdo como si fuera ayer el último punto en la pista 1, levantar la cabeza y ver la grada llena de amigos, familia y gente del club. Es un momento que recuerdo con mucho cariño.

— Hasta llegar a ser número cinco del mundo. ¿Notabas las diferencias entre competir en el top 300, el top 100 o el top 10?
— La presión creo que no la notaba mucho. Quizá sí el cambio de escenario: empiezas en pistas pequeñas y de repente estás jugando en la central de Roland Garros, Wimbledon o el US Open. También cambia todo el entorno: patrocinadores, trato con los torneos… Pero nunca fui de imponerme objetivos de ranking muy concretos. Intentaba dar el máximo de mí mismo y ver hasta dónde llegaba. Fijarse objetivos rígidos solo genera presión y frustración.
"Cuando empiezas eres muy joven y de repente te conviertes en una empresa. Te debes enfrentar con la presión, la fama y las responsabilidades de una carrera profesional", Tommy Robredo— ¿Con qué momento de tu carrera te quedarías?
— Siempre digo que de lo que más orgulloso estoy es de la sensación de haber aprovechado mi carrera al máximo. Fui muy profesional y metódico, siempre buscando cómo mejorar. Seguramente podría haber ganado algún partido o título más, pero tengo la sensación de que no habría podido hacer mucho más de lo que hice. Y eso es muy satisfactorio. También es cierto que ganar el Godó en Barcelona es muy especial: cuando acabas el partido y miras a la grada, ves amigos, familia y gente que te ha visto crecer.
— ¿Había algún jugador contra el que te hiciera especial ilusión jugar?
— De pequeño admiraba mucho a Pete Sampras y Andre Agassi. Con Sampras nunca pude jugar; siempre me queda esa espinita clavada. Con Agassi sí tuve la oportunidad y al principio impresiona mucho, porque es alguien a quien has visto toda la vida por televisión.

— En esta carrera de fondo, ¿hubo momentos difíciles?
— Cuando empiezas eres muy joven y de repente te conviertes en una empresa. Tienes que contratar entrenador, preparador físico, psicólogo, gestionar viajes, billetes, patrocinadores, prensa… todo con tan solo 20 años. También debes enfrentarte a la presión, la fama y las responsabilidades de una carrera profesional. Al principio no tienes experiencia y todo es un aprendizaje. Vas cometiendo errores, pero también aprendes mucho: de cada decisión, acierto o fracaso. Recuerdo, por ejemplo, cuando cambié de entrenador a los 21 años: hasta entonces, Miquel Margets había sido como un segundo padre para mí, y comunicarle que necesitaba un cambio no fue nada fácil.
Hay jugadores que tienen la suerte de venir de familias con experiencia en gestionar proyectos o empresas, y eso les da una guía en aspectos prácticos o financieros. Yo era una persona de pueblo, con una familia normal y humilde. La suerte que tuve es que mis padres nunca se metieron en nada, pero siempre me apoyaban y me ayudaban a volver a poner los pies en la tierra cuando hacía falta, porque cuando eres joven es fácil desviarse.

— ¿El tenis es elitista?
— Si lo fuera, yo no habría podido jugar nunca. Mi familia tenía los recursos justos para tirar adelante. Mis padres no habrían podido asumir una carrera profesional como las de hoy, con equipos grandes y muchos viajes. Sí es cierto que llega un punto en el que, si quieres dedicarte profesionalmente, se convierte en un deporte caro: necesitas viajar mucho, entrenador, preparador físico… Y es económicamente inviable si no tienes un patrocinador o alguna federación. Pero también es un deporte que mucha gente practica simplemente como afición en clubes sociales.
"La pandemia fue una situación muy dura, pero me obligó a parar y ver que había vida después del tenis"— Te retiras con 39 años y lo haces donde todo empezó, en el Godó.
— No fue una decisión casual. Cuando te haces mayor notas que físicamente ya no es lo mismo. Recuperas peor, cuesta más viajar, cuesta más mantener el nivel en los partidos. La pandemia fue una situación muy dura, pero me obligó a parar y ver que había vida después del tenis. Entendí que el día que lo dejara no sería ningún drama. Y tomé la decisión: jugaría un año más para retirarme en el Godó, en casa y con mi gente.

— ¿Echas de menos aquella etapa?
— No hay nada como jugar en la pista y vibrar con el público. Recuerdo experiencias únicas, pero la verdad es que no la echo de menos. Aquella etapa tan intensa ya pasó y no es mi momento ahora. Prefiero dedicarme a cosas que puedo hacer bien y disfrutarlas: pasar tiempo con la familia, con mis hijas, y acompañar a jugadores en pequeños detalles. Sigo practicando mucho deporte, pero tengo que reconocer que juego poco al tenis. Vivo en Olot y no tengo mucha gente con quien jugar… Sobre todo hago bici y voy al gimnasio: me ayuda mucho mentalmente. Pedaleando tengo tiempo para pensar, reflexionar, organizar ideas y poner cosas en orden. Así me mantengo activo, cuido el cuerpo y, al final, disfruto del deporte sin presión.
— Y después de retirarte… ¿Tenías claro que querías seguir vinculado al tenis?
— No tenía claro mi futuro, así que cogí papel y bolígrafo y empecé a dibujar un esquema con diferentes opciones. Tenía claro que quería estar más en casa, no pasar treinta semanas al año viajando, sino pasar más tiempo con mi mujer y mi familia.
Dibujé varias ramas: trabajar como asesor en un club, en una federación, ayudar a jugadores jóvenes, dirigir algún torneo o incluso locutar partidos de tenis. Finalmente empecé a trabajar como asesor deportivo para el Club Tennis Barcelona, mi club de toda la vida. Y es cierto que, entre aquellas ramas, también aparecía el Godó. No como un objetivo concreto, sino como una posibilidad interesante para algún día.

— Con el tiempo esa rama se ha convertido en realidad y será tu primera edición como director deportivo. ¿Cómo la afrontas?
— Con humildad y ganas de aprender. Mi responsabilidad principal es la parte deportiva: me encargo de los jugadores que vienen y de que tengan la mejor experiencia mientras están aquí. El objetivo es que cuando se vayan piensen que quieren volver.
Haber sido jugador ayuda mucho porque conoces el circuito y sabes qué cosas marcan la diferencia. A veces no son grandes cambios, sino pequeños detalles: cómo te atienden, si todo es fácil, si tienes a alguien que te resuelve los problemas rápido.
"Barcelona es una gran ciudad anfitriona, actúa como reclamo por sí misma"— ¿Qué necesita un torneo para que los jugadores se sientan cómodos?
— Sobre todo que todo funcione bien y sin complicaciones. Pistas en buen estado, un buen hotel, transporte fácil, comida de calidad… y también el trato humano, cuidar su entorno, su familia… Barcelona, además, es una gran ciudad anfitriona, actúa como reclamo por sí misma: buen clima, oferta gastronómica y cultural…

— ¿El torneo también ayuda a proyectar la ciudad?
— Sin duda. Barcelona y el Godó forman una combinación única en el circuito mundial. Es una relación de win-win: el Godó atrae visitantes, genera actividad económica y da proyección internacional. Y Barcelona ofrece un escenario fantástico para que el torneo crezca.
— ¿Crees que Barcelona siente el Godó como propio?
— Es un torneo muy arraigado: aproximadamente el 70% del público es catalán. Además, el hecho de que se celebre dentro de un club social le da un ambiente muy cálido y cercano.

— ¿Cómo es vivir el torneo desde el otro lado de la pista?
— Yo no vengo a revolucionar nada, sino a cuidar los detalles y coordinar al equipo. El torneo tiene una historia y una estructura muy sólidas, y es un referente internacional. Mi trabajo es seguir esa línea, mantener los puntos fuertes y aportar mi conocimiento para que jugadores y club estén cómodos.
"Cuando se retira una figura como Rafa Nadal, que para muchos es el mejor deportista de la historia parece imposible encontrar un relevo inmediato. Y de repente aparece Carlos Alcaraz y se convierte en número uno del mundo"— ¿Qué te emociona más ver este año en el Godó?
— Proyectos como el Sub-21, que da a los jóvenes la posibilidad de jugar un campeonato y conseguir una invitación a la fase previa del torneo profesional. Cuando pienso en mi época, habría sido un sueño tener esa oportunidad con 14 o 16 años. También el partido nocturno será una experiencia nueva para jugadores y aficionados.
— El Godó también refleja el buen momento del tenis español, con Alcaraz tras Nadal…
— Tenemos mucha suerte. Cuando se retira una figura como Rafa Nadal, que para muchos es el mejor deportista de la historia —y no hablo solo de tenis— parece imposible encontrar un relevo inmediato. Y de repente aparece Carlos Alcaraz y se convierte en número uno del mundo. Ambos son grandes deportistas, pero también grandes referentes, transmitiendo valores muy positivos.
Ver jugar a Alcaraz en Barcelona, también en esta edición y en un club que ha visto crecer parte de su carrera, es un auténtico privilegio.

— ¿Habrá relevo generacional en el tenis español?
— Garantías nunca hay. Hace veinte años había casi una veintena de jugadores españoles entre los mejores del mundo y ahora hay menos. El deporte funciona por ciclos. Pero debemos apoyar a los jóvenes para que tengan oportunidades y puedan crecer. Y al mismo tiempo disfrutar del talento que tenemos ahora, porque cada generación tiene su momento y esas etapas también pasan.
— Cuando las próximas generaciones piensen en tu etapa como director deportivo, ¿cómo te gustaría que recordaran tu paso por el torneo?
— No pienso en grandes titulares ni en ser el mejor director de la historia. Me gustaría que, con el tiempo, la gente pudiera decir simplemente que las cosas se hicieron bien, que el equipo trabajó unido y que el torneo siguió creciendo. Que se recuerde como una etapa en la que todos aportaron, se cuidaron los detalles y todo funcionó. Mientras tanto, yo intento aportar cada día lo máximo, paso a paso, y para mí eso ya es suficiente.
Si cuando termine mi etapa el equipo y mis compañeros pueden decir “Tommy se implicó y ayudó en todo lo que pudo”, yo ya me daré por satisfecho.
