Después de haber estado más de cuarenta años trabajando de sastre para una multinacional de alta costura, a setenta y cinco años, Ramon Piqué tiene la grata sensación de no haber tenido que trabajar nunca. “He tenido un trabajo tan agradable: viajaba e iba a ver clientes muy distinguidos. Yo eso lo considero un lujo, no un trabajo”.
Optimista de origen, Ramon descubrió su oficio sin salir de casa. Era el hijo del sastre, en El Pont de Suert, cuando en la capital ribagorzana eran seis los sastres que hacían pantalones, americanas, camisas, chaquetas y abrigos a medida, cuando el prêt-à-porter no había llegado todavía. En muchas casas, el hilo y la aguja y las máquinas de coser trabajaban tanto como lo hace ahora cualquier electrodoméstico, y los trajes de hombre los cortaba, cosía y probaba el sastre del barrio, del pueblo o de la capital.
Hasta los dieciocho años, Ramon vio a su padre tomar medidas a los vecinos del Pont, elegir tejidos y cortar siguiendo un patrón. Aquello le gustaba lo suficiente para decidir que él también se dedicaría a ello. A los dieciséis años, ya lo supo. Su padre, sin embargo, quiso que ‘volara’, y fuera a conocer otra manera de trabajar, al lado de otros sastres. Y así lo hizo. Primero estuvo cuatro años en Lleida con un sastre y después alquiló una habitación cerca de la plaza de Joanic, en Barcelona, muy cerca de donde trabajó de aprendiz al lado de otro buen sastre.
Cuando tenía veintisiete años, se le presentó la oportunidad de ser contratado como sastre por una gran multinacional que lo llevaría a volar de verdad, a viajar por el mundo haciendo lo que más le gustaba hacer: imaginar un hombre bien vestido y procurarle con sus manos y su talento todas las prendas de ropa que hacían falta para hacerlo realidad. Ramon, no solo ha disfrutado mucho haciendo de sastre, sino que, además, ha vivido muy consciente del valor y el sentido de su oficio, de la virtud de poder escoger materiales, colores y patronajes que personalizan el vestir, que hacen lucir más una ropa que sienta bien porque ha sido pensada teniendo en cuenta aquel cuerpo y aquella persona y ninguna otra.
Tan grande es su consideración del beneficio y aportación de la ropa hecha a medida que, en un momento dado, se propuso intentar que la sastrería fuera incluida en la Formación Profesional como grado con entidad propia en el sistema académico. No lo consiguió, pero su sentido tenía probarlo. Como él mismo dice, “compras un traje muy bien hecho, pero ¿quién te acaba de ajustar la longitud de mangas, piernas o pecho? ¿Quién te hace los arreglos si nadie sabe coser?”.
Y coser hace falta. Durante cuarenta y dos años, él lo estuvo haciendo para quien tenía como prioridad vestir bien como signo de buena situación social. Ramon ha estado con reyes, príncipes, nobles y grandes empresarios de muchos países. Como responsable de sastrería de una importante firma, además de ir a conocer a los clientes y tomarles las medidas, también visitaba las fábricas de tejidos de más reputación en el mundo, fueran en la India o en América. “Para mí, el trabajo era como una afición, y cada día de mi vida era diferente. De España, recorrí todas las ciudades”, dice. Y para visitar a los clientes que se le asignaban, viajó a Brasil, a Argentina, a Chile, a Perú, a Colombia...
Se puede decir muy bien que en aquel taller de sastrería del Pont, en medio de montañas pirenaicas, la semilla del oficio se coló en los bolsillos de Ramon. Hizo cursos de patronaje, y se fue especializando en la costura, a medida que, en paralelo, lo hacía también en la venta. Ahora, cuando lo piensa, se da cuenta de que, en realidad, ha sido “una especie rara”. Y se explica: “por mi importante formación técnica, por un lado, y por conocer bien la vertiente comercial”, comenta. De hecho, una cosa no se entiende sin la otra. Gracias a su vasto conocimiento de la teoría y la práctica de los tejidos, patrones, y el hecho de saber coser tan bien, intuía enseguida las mejores opciones de prendas de ropa y los estilos más adecuados para cada cliente. “Si no conoces bien la técnica, no puedes transmitir al cliente qué puedes hacerle”, afirma.
"Cómo vas vestido es la mejor tarjeta de visita. Por lo tanto, se tiene que saber ir correctamente vestido"
Después está el estilo y el gusto de este cliente, dos conceptos que Ramon considera que hoy se desdibujan. “Se ha perdido el gusto y el estilo”, dice. Son los dos puntos de partida para escoger qué nos ponemos cada día y que pasan por “conocerte a ti mismo y ser consciente de aquello a lo que te dedicas, a quién tienes que gustar. Si se va a buscar trabajo, se debe saber que la manera de vestir es ya una carta de presentación”. De hecho -asegura Ramon- “cómo vas vestido es la mejor tarjeta de visita, por lo tanto, se debe saber ir correctamente vestido”.
El gusto es otra cosa, algo que “se puede educar mucho más que el estilo, pero las dos cosas tienen que ver con el conocimiento de uno mismo y con cada momento de la vida. No puedes ir con chándal a la ópera, ni con esmoquin a la playa. Por lo tanto, se tiene que saber vender tu imagen, en función de lo que te interese en cada momento”.
Y hoy, las oportunidades de vestir bien, por poco dinero, también existen. “La gente que no lleva americana y corbata es porque no quiere”, dice. No entiende, sin embargo, “que alguien se gaste ciento noventa euros en un pantalón tejano y no se quiera gastar trescientos en una chaqueta”. Hablando de estilos, gustos y momentos de la vida, Ramon saca a colación el encuentro que un día tuvo con un conocido: “Era alguien que siempre había ido inmaculadamente vestido, con traje y corbata. Y un día me lo encontré y iba vestido muy deportivamente. La razón, me dijo, no era que él hubiera cambiado: He cambiado mi cliente, no mi estilo, me dijo. Trabajando en la misma empresa, su cliente había dejado de vestir con americana y corbata y no quedaría elegante que yo la llevara, si él no la lleva, le explicó”. Con esto, Ramon recalca “la importancia de saber quién es tu cliente, la imagen de ti que quieres vender o cuál te beneficiará más en cada momento. Ahora recuerdo también unos abogados que tenían siempre en el despacho un par de trajes y siete u ocho corbatas y, dependiendo de a quién tenían que recibir, cambiaban, porque sabían que es muy importante adecuarse según con quién tienes que tratar”.
El valor de escuchar
En las formaciones a vendedores que también había hecho, siempre les decía a los alumnos: “dedicad un 80 o 90% del tiempo con el cliente a escucharlo, y un 10% a vender aquello que encontréis que más le conviene”. Sabe, además, que “se aprende mucho más escuchando que hablando”. Y recuerda cómo con cada cliente escuchaba como si la venta no fuera importante. “Si te ha venido a ver, la venta ya llegará, pero con la conversación, la relación es tan cercana, que ya hablas prácticamente de todo”. Así, Ramon había llegado a convertirse en un confesor para los clientes, “y no puedes traicionar nunca su confianza”.
"No puedes ir con chándal a la ópera, ni con esmoquin a la playa. Tienes que saber vender tu imagen, en función de lo que te interese en cada momento"
Vivía lo que decía al alumnado: “No es bueno que baséis la venta solo en la misma venta, porque así, quizás venderéis una vez. Si sois afortunados, quizás dos. En cambio, si en la venta lo que más hacéis es aportar y ayudar, no solo estaréis vendiendo, sino también fidelizando a ese cliente”. Tanto los fidelizó él que hoy, a pesar de estar fuera ya del circuito laboral, todavía hay quienes le llaman para pedirle asesoramiento, consejo y recomendaciones. “Eso es un verdadero honor”, dice. Clientes que se convierten en amigos es signo de este 80-90% de atención, de escucha... y después: discreción.
Ramon ha gastado, y todavía gasta muchísima discreción. “Trabajando al lado de cada cliente -en la total intimidad con personajes bien públicos- he sido sordo, mudo y ciego, porque con gente tan conocida, si quería que me tuvieran confianza para poder hacer mi trabajo cómodamente, tenía que ser discreto en cuanto a todo lo que veía y sentía”, puntualiza.
Y puso su don de relaciones sociales al servicio de la profesión. Como formador, ser un buen comunicador le ayudó mucho. Lástima, volviendo a la formación, que de formadores en su sector vayan quedando cada vez menos. “Ha sido una mala planificación de los gobiernos priorizar las salidas profesionales universitarias como el mejor futuro. Eso hizo que todos los padres quisieran a sus hijos en la universidad, y un oficio no vestía. Para mí, eso es un error académico, que nadie estudie la industria textil, ni patronaje, y que todo el mundo quiera ser diseñador, no lo entiendo. Mi madrina Concepció siempre decía: camina por caminos tortuosos que hay menos tráfico. Y lo he pensado muchas veces”.
El sombrero, la camisa y la americana continúan vistiendo a Ramon en su día a día. Esto en Barcelona, porque cuando está en Sopeira, un bonito pueblo a veinte minutos del suyo, y donde conoció a su mujer el día de la fiesta mayor, el atuendo ya puede ser más relajado, como la vida misma. En su caso, una vida hecha de tantos conocimientos, que se atreve a decir que el dicho de los seis grados de separación, según el cual todos estamos conectados con una persona del planeta a través de una cadena de cinco otras personas en medio, en él, no solo se cumple, sino que, tal vez, incluso se acorta. Quién lo habría dicho, que hilo y aguja hubieran podido hilvanar tantos vínculos personales en un mundo, el de la sastrería, que -dice- “ya no volverá”.
