Repensar el mundo desde Barcelona

*Lorem ipsum dolor sit amet consectetur adipisicing elit.

11 de diciembre de 2025 a las 01:10h

El viejo mundo se muere y el nuevo tarda en aparecer, y en ese claroscuro surgen los monstruos de la historia. Esta famosa frase del filósofo marxista y teórico político italiano Antonio Gramsci que escribió en sus Cuadernos de la cárcel en 1930, anticipaba el surgimiento del fascismo en Europa y bien puede radiografiar el momento que vivimos en el año 2025. En muy poco tiempo hemos transitado desde un mundo multilateral ---con sus imperfecciones y carencias---, a uno multipolar, fragmentado y mucho más violento. Un nuevo contexto geopolítico y geoeconómico caracterizado por la pugna entre EE. UU. y China, la agresión de Rusia a Ucrania y nuevas amenazas para Europa, el conflicto en Oriente Medio y el genocidio de Gaza, la crisis climática y energética, el auge de las migraciones, las crecientes desigualdades Norte–Sur, los nuevos golpes de Estado en la región del Sahel o la cronificación de ciertos conflictos. Todo ello aderezado con una nueva capa de complejidad que aporta la geopolítica de la tecnología y de los datos. La carrera de los chips, la IA, la ciberseguridad y las grandes plataformas digitales se convierten también en nuevos instrumentos de poder e influencia.

Vivimos en mundo que muta muy rápidamente en términos geopolíticos al tiempo que se reconfiguran las cadenas de valor global y las cadenas de suministro al albur de la nueva economía de la seguridad y del repliegue identitario. En este nuevo escenario, la vieja diplomacia de los Estados liderados por sus ministerios de exteriores y apoyados en las embajadas implantadas a lo largo y ancho del mundo, ya no son suficientes para defender nuestros intereses o el de las empresas. Por su parte, la Unión Europea sigue anclada en una cultura y unas formas políticas de un mundo que deja de existir. Los europeos ---y nuestros valores--- nos hemos quedado prácticamente solos en un mundo mucho más transaccional y agresivo. Ya no es suficiente con ser una potencia declarativa o bienintencionada, también hay que ser potencia desde el punto de vista funcional, material y militar.

Europa confió en un mundo globalizado basado en el comercio abierto y el multilateralismo. Externalizó sus fábricas hacia Asia, confió su suficiencia energética a Rusia y se cobijó cómodamente bajo el paraguas de los EEUU en materia de seguridad y defensa. Hoy ese mundo ha implosionado y obliga a Europa a atrapar el tiempo perdido construyendo una autonomía estratégica a la carrera. Los europeos hicimos bien la primera parte de los deberes. Encargamos a Mario Draghi una estrategia sobre el futuro de la competitividad europea para frenar el declive económico frente a otras potencias.

Igualmente, un segundo informe del ex primer ministro italiano Enrico Letta desgranaba las medidas a tomar sobre el futuro del mercado único para dinamizar el mercado interior y la competitividad europea. Dos años después, seguimos pensando y haciendo estrategias mientras nuestro otrora aliado, los EE. UU., refleja en su documento estratégico en política exterior que Europa se enfrenta a la desaparición de su civilización por no seguir sus dictados, que no son otros que los de la extrema derecha y de los oligarcas tecnológicos.

A pesar de la complejidad del contexto, hay que reaccionar y ponerse a la tarea de construir nuevas coherencias y alianzas. Eso pasa por pensar diferente, superando los planteamientos tradicionales de los Estados y sus tradicionales think tanks que están mayoritariamente asentados, financiados y orientados a los intereses de sus respectivas capitales. Hoy el pensamiento debe hacerse con dimensión europea e internacional. Y es ahí donde Barcelona, en tanto que una de las nuevas ciudades globales de referencia, tiene la oportunidad y la responsabilidad de dar un paso adelante para posicionarse como un centro de pensamiento estratégico internacional.

La ciudad cuenta con un ecosistema de laboratorios de ideas en diversas materias nada despreciables que puede permitir dar un salto adelante y poner en valor su capacidad de repensar el nuevo mundo. El CIDOB, el Centro de Información y Documentación Internacionales en Barcelona, fundado en el año 1973 por un grupo de personas de la sociedad civil, tiene trayectoria y capacidades instaladas y está reconocido como uno de los 100 mejores think tanks del mundo del Índice Global Go To Think Tank. Hay que potenciarlo y cuidarlo, y aunque las instituciones se han puesto manos a la tarea, hace falta que se involucren en su financiación las grandes empresas catalanas y españolas para dotarlo de los medios necesarios para ejercer un liderazgo potente tanto en Europa como a nivel internacional.

Vistas de la Sagrada Família desde AC37 CLUB. © Júlia Arnau

En un mundo que necesita ser reinterpretado, una aportación de calidad desde una ciudad global que no es capital de estado puede ser de gran utilidad para una Europa necesitada de ideas nuevas. La UE necesita un pensamiento basado en un idealismo realista, esto es, que tenga ambición ética y moral global, al tiempo que se hace cargo del estado del mundo y de los diversos valores e intereses, tomando distancia de las adherencias y servilismos respecto a los diversos gobiernos nacionales. Afrontar los viejos y los nuevos restos a los que nos enfrentamos, exige una visión mucho más innovadora, atrevida y creativa, y Barcelona es una ciudad que quintaesencia una serie capitalidades múltiples y tiene notables herramientas de diplomacia pública como las redes de ciudades, económicas, culturales o científico-tecnológicas. 

Por un lado, ejerce la capitalidad del Proceso de Barcelona y de la cooperación euromediterránea, y es sede de instituciones y redes como el IEMed, la Unión por el Mediterráneo o MedCities. Es igualmente una capital de referencia euro-latinoamericana, como ha demostrado el éxito de la Feria del Libro de Guadalajara, siendo la sede de la Casa América de Catalunya, la primera que se creó en España a inicios del s. XX y que está pendiente de tener una sede como se merece. La ciudad es igualmente la principal puerta de entrada de Asia al sur de Europa, con una importante comunidad china, así como conexiones intercontinentales directas y relaciones económicas y políticas estratégicas con Singapur, Corea del Sur, India, Japón o China, siendo la sede principal de Casa Asia. 

Vistas de Barcelona desde el Parc de Recerca de Biomèdica de Barcelona. © Àngel Bravo

Por otro lado, Barcelona se ha consolidado en los últimos años como un hub europeo de ciencia, tecnología e innovación con instituciones de referencia mundial como el BSC, eventos líderes a nivel global como el Mobile World Congress, el Integrated Systems Europe (ISE) o la Smart City World Congress, y un potente ecosistema de investigación y parques científicos. Finalmente, su ecosistema educativo y asociativo la posiciona una ciudad hub que atrae inversión, talento y redes empresariales. El ranking anual del Financial Times 2025 de las 100 mejores escuelas de negocios europeas, incluye tres centros de Barcelona: el IESE, Esade y EADA.

Es tiempo, pues, de reactivar lo mejor del espíritu de Barcelona como ciudad de referencia que proyecta de diálogo, cooperación y capital de la geoeconomía del conocimiento adaptado al siglo XXI en un momento en que países como los EE. UU. ahuyentan y desprecian una buena parte del talento progresista o liberal. Usar la ciencia, la tecnología, la cultura o las redes de ciudades como herramientas de una nueva diplomacia basada en actores no estatales, puede generar nuevas plataformas y dinámicas que generen ideas estratégicas y alianzas nuevas para Barcelona, Catalunya, España y Europa. Si maridamos de forma inteligente el idealismo (derechos humanos, ética y democracia) con el realismo (un mundo de relaciones transaccionales, la economía de la seguridad y de la era de IA), entre otros, podemos convertirnos en una de las capitales mundiales del club de las ciudades libres.

Barcelona tiene que dar un paso al frente, y conjuntamente con otras ciudades e instituciones, generar narrativas alternativas a las lógicas del miedo, del repliegue identitario y la securitización que dominan hoy muchos discursos geopolíticos. La alternativa puede ser el impulso de nuevas escuelas y programas de formación en diplomacia de ciudades y liderazgo global, escalar iniciativas ya existentes como laboratorios de políticas públicas que prueben nuevas soluciones a problemas globales como la crisis climática, el impacto de la digitalización, la actualización de la gobernanza democrática, o modelos integradores de acogida a la inmigración. Podemos y debemos hacerlo, siempre y cuando generemos sinergias y complicidades entre todos porque trabajamos con recursos limitados. No caigamos en la tentación de crear chiringuitos o capelletes en la que cada uno da la batalla por su lado. Es tiempo de eficiencia, colaboración e impacto, no de egoísmos autorreferenciales. Nos jugamos mucho, en realidad casi todo. Si fallamos, se impondrán los nuevos monstruos.

Etiquetas