De pequeño, Ramon sentía una curiosidad especial por descubrir la verdad de todo. Y esta —dice— fue una de las razones que lo llevaron a matricularse en los estudios de investigación privada. Se hizo detective, también, muy inspirado por la serie Twin Peaks. “Detrás de un pueblo idílico, un pastel de cerezas en el café del pueblo, casas muy acogedoras... David Lynch nos dice que hay una verdad escondida”, recuerda Ramon. Él era muy pequeño cuando, por las noches, a horas en las que ya se suponía que debía estar durmiendo, reptaba por el suelo de la habitación hasta el comedor, donde su padre veía la serie de Telecinco y él, viendo aquellas imágenes, se preguntaba: ¿qué es todo esto? A veces era Expediente X lo que conseguía ver, a escondidas de su padre, que más bien lo que hacía era dormir delante del televisor.
Aquel niño estaba fascinado por esas dos capas de la realidad. “Eso que le pasa a Laura Palmer... quizá a mi profesora de la escuela también podría pasarle... Quién sabe qué habrá detrás de una maestra perfecta”. Eran pensamientos como estos, de un niño de ocho años, que ya encaminaban sus pasos hacia una profesión.
El padre de Ramon ha sido siempre un gran lector de novela negra, literatura hecha en Estados Unidos. “Yo de pequeño ya veía que le gustaba muchísimo, y tenía una manera de fascinarme, porque me explicaba fragmentos de lo que leía. Yo sentía frustración cuando en la escuela, aunque me gustaba leer, no me enganchaban las lecturas que me proponían. A mí me gustaba lo que me explicaba que leía mi padre: “Estoy leyendo un libro en el que hay un detective “, me decía.
La llamada de Sam Spade
Las películas de Steven Spielberg de los años 80 y 90 también alimentaron la imaginación de Ramon. Pero, sobre todo, el cine clásico de Humphrey Bogart, en la piel de detectives como Philip Marlowe: “Era muy Quijote, dispuesto a acostarse con la femme fatale, pero a la chica inocente no la tocaría jamás”. También, interpretando a Sam Spade, “Bogart era el detective que, como una especie de Ulises, se enfrenta a multitud de trampas, y siempre desentraña la verdad, porque lo sabe todo, sabe de qué manera puede entrar en un lugar, y yo quería saltarme los obstáculos de la vida como Humphrey Bogart, defensor de las causas perdidas”.
Bogart es el arquetipo invencible, el antihéroe y todo lo contrario de los galanes: tartamudo, no es alto, no es guapo, pero atrae a las chicas por su inteligencia. “Y yo pensaba: ¿son así los detectives?”.
Con una mezcla de “romanticismo alemán”, dice, y admiración personal, se fueron asentando en él las ganas de estudiar Derecho. “El abogado, aunque no siempre pueda llegar a demostrar la verdad, la desentraña. Y yo quería ser así, quería relacionarme con la verdad. Que solo puedas edulcorar la verdad vistiéndola de mentira si es por un bien superior, como es la existencia de los Reyes Magos de Oriente para los niños. “La verdad os hará libres” siempre ha sido un gran lema para mí”.
Después de cursar el primer ciclo de Derecho en la Universidad de Barcelona, Ramon sintió que necesitaba algo más práctico. Y un día, ayudando a su tío, que era abogado, se fijó en una revista del sector que tenía en el despacho, en la que había anuncios, artículos de catedráticos que comentaban nuevas leyes... y, allí, aparecía también Humphrey Bogart como Sam Spade, en la imagen de una publicidad de detectives que investigaban bajas laborales, herencias, desapariciones de personas, informes prematrimoniales... todo con una estética de cine negro. “Y yo dije: “Pero ¿quién hace todo esto?”. Y, a partir de ahí, empecé a preguntar. Inicié mi propia investigación, recopilando artículos, con el Internet de la época. Y poco a poco fui descubriendo que los estudios oficiales de investigación privada solo se impartían en la UB, y solicité el cambio: yo quería ser detective. No había mucha gente que lo hiciera: algunos abogados y policías que, de esta manera, podían sumar puntos a la hora de hacer oposiciones para dedicarse a la criminología, la investigación o el derecho”, explica.

Al principio también fue muy teórico. Tenía que estudiar derecho privado, derecho público..., pero después ya fue más práctico: cómo era ser detective, con los pies en la calle. “No tardé en empezar a trabajar, de “pasante” en un despacho de detectives. Redactaba informes que tenían que presentarse en juicios. Tenía que ser claro y conciso, nada de literatura. Por ejemplo: “A tal hora, vemos al investigado salir de su domicilio, camina hacia el centro comercial. No observamos ningún tipo de dificultad. Localizamos esta casa, vemos que tiene dos buzones y vemos luz en el interior”. Todo así: datos objetivos. Y acompañado de fotografías o vídeo siempre que fuera posible, para dejarlo todo muy bien registrado. A veces congelabas la imagen de un vídeo del momento en el que la persona a la que yo seguía entraba en un portal. La imagen tenía que dar veracidad al texto. Y se adjuntaba la grabación en un pendrive o un CD-ROM. Hacía lo mismo que vemos en la ficción”.
Así, Ramon había pasado de ver cómo trabajaban los detectives privados en las películas y series que empezó a mirar a escondidas, por las noches, cuando se suponía que dormía, a ser un detective de verdad. Y fue su profesión durante unos cuantos años.
“Seguir a una persona es muy difícil. A mí nunca me descubrieron, pero mi carrera tampoco fue tan larga. Si hubiera durado mucho más, quizá me habrían descubierto alguna vez. Quien diga que nunca le han descubierto, miente. No obstante, puedo decir que en los seguimientos que hice era muy metódico. Había llegado a inventarme una empresa de mensajería o de logística, con una camiseta y unos pantalones con el logotipo inventado estampado”, confiesa.
"Quien diga que nunca le han descubierto, miente"
El grueso del trabajo que le tocaba hacer, en el 90 % de los casos, eran bajas laborales. “Recuerdo haber seguido, por ejemplo, a una mujer con el tobillo roto, de baja que, sin embargo, hacía un montón de cosas caminando”. El resto de los encargos eran infidelidades, investigaciones sobre espionaje industrial, competencia desleal, herencias y localización de personas.
La crisis de 2008 y un cambio de modelo en la ley de seguridad privada, sin embargo, hicieron que el trabajo de detective fuera “más inestable y absolutamente irregular. Y lo dejé. Aunque todavía conservo la tarjeta de detective privado”, comenta, mientras saca de su cartera la acreditación para mostrarla.
Cambio de rumbo
Ahora le tocaba investigar hacia dónde llevaba su vida. “Me pregunté cuál quería que fuera el motor de mi vida, mi aspiración, y lo mejor que podría darle a mi familia, que yo sentía que pasaba por tener un trabajo estable”, dice. Ramon no había parado de estudiar. Tenía títulos para parar un tren. “La idea de que si estudias tendrás un buen trabajo, yo me la creí. Pero con mi currículum no encontraba lo que quería. Y, mientras buscaba qué hacer, de repente dije: “Paremos máquinas: en mi familia hay un negocio que funciona como una locomotora, en un local en propiedad, mi padre lo ha llevado, él solo, durante dieciséis años. Es un negocio que no hay que construir, ya está hecho, ya funciona a la perfección. Mi abuelo sí que lo había empezado desde cero, pero yo ya lo tenía bien montado... Tenía un futuro en casa”.
En el número 160 de la calle Rosselló, el abuelo paterno de Ramon, Ramon Lasierra Jariod, en marzo de 1953 abrió la tienda de comestibles que todavía hoy luce el mismo nombre: Mantequería Lasierra. Un colmado que conserva la esencia de la Barcelona de mediados del siglo pasado, con una selección de vinos, embutidos, quesos, cava, latas de conserva que alimenta solo con poner los pies dentro, con el olor, con la vista... Es un pequeño paraíso gourmet, en la esquina del Eixample entre Rosselló y Aribau.
Al principio, a pesar de haber hecho aquella reflexión vital, Ramon reconoce que se puso a ello muy a regañadientes. “Lo había elegido yo, mi padre jamás me había dicho que me metiera en esto. Él, como tantos tenderos de esta ciudad, pensaba: “Estudia y tendrás un trabajo mejor que el mío, serás menos esclavo, porque la tienda es una amante muy exigente”, explica Ramon. Y cita el consejo que el abuelo transmitió a su padre y este a él: “Cuida la tienda y la tienda te cuidará a ti”.
El horario comercial fue lo que más le costó. Y empezó con muchas ganas de hacer cambios, pero enseguida —dice— “me di cuenta de que todo estaba tal cual porque ya funcionaba. El conocimiento del producto, de la clientela, del barrio, ya tienen un peso muy grande en esta tienda”.
Detrás del mostrador, este detective despacha, escucha, conversa, observa los matices en toda la riqueza de personalidades que entran en este colmado que el abuelo Ramon inauguró. Fue hace 73 años, en un local que, sin embargo, era del 1900. Varias generaciones se han abastecido del buen jamón, butifarras, patés... productos que Ramon selecciona, corta y envuelve, detrás del mismo mostrador desde el que lo hicieron antes su padre y su abuelo. Tres Ramones cuidando de un barrio con buenos productos. Saben el queso o fuet les gusta más a los clientes de toda la vida, a los hijos y nietos de quienes empezaron a comprar allí, mujeres y hombres a quienes saludar por su nombre con la confianza que se ha ido construyendo a ambos lados del mostrador.
“La abuela siempre le decía a mi padre: “Tú no has hecho una carrera universitaria —cuando licenciarse era un ascensor social—, pero has hecho ocho carreras de psicología, porque en la tienda se aprende muchísima psicología“, explica Ramon. “La tienda me ha quitado tiempo libre en una sociedad que valora mucho el tiempo de ocio, pero, al mismo tiempo, un comercio a pie de calle es un lugar de referencia y de conocimiento de gente. Tratas con una gran diversidad de personas, y de todo el mundo, con culturas muy diferentes. Interactuar con tanta gente y comerciales enseña millones de cosas y me ha afinado muchísimo la intuición. Una intuición, a la que no siempre es fácil hacer caso. Y a mí, que soy de letras puras, la tienda me ha enseñado economía. Detrás del mostrador practico microeconomía, sencilla, que me ayuda a entender situaciones y a detectar a qué puedo hacer frente”, concluye el detective que aprendió a vender.
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