Palau Güell, una obra esencial para entender el lenguaje de Gaudí

El interior de la cúpula del salón central del Palau Güell. © Diputació de Barcelona
El interior de la cúpula del salón central del Palau Güell. © Diputació de Barcelona
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Un recorrido por el Palau Güell, la obra urbana donde Gaudí empieza a definir su universo creativo con soluciones como los arcos parabólicos y el trencadís, y que hoy se puede visitar a través de visitas libres o guiadas y experiencias que revelan múltiples perspectivas

El nombre de Antoni Gaudí acostumbra a asociarse inmediatamente con las torres inconfundibles de la Basílica de la Sagrada Familia, los mosaicos coloridos del Park Güell o las fachadas ondulantes del paseo de Gràcia. Gaudí es, a menudo, sinónimo del Eixample y de edificios convertidos en símbolos universales de Barcelona. Pero su legado también se extiende hacia las calles del Raval, lejos de las grandes avenidas modernistas. Este año, coincidiendo con la celebración del Año Gaudí —que conmemora el centenario de la muerte del arquitecto—, es también un buen momento para redescubrir esta otra cara del genio modernista: la de un Gaudí todavía joven, en plena exploración creativa, que se adentra en una Barcelona más discreta y menos conocida, junto a la Rambla, donde se alza el Palau Güell, una de sus primeras grandes obras y pieza clave para entender su lenguaje arquitectónico.

Desde el exterior, el Palau no busca impresionar con la exuberancia ornamental que a menudo caracteriza a Gaudí. Su fachada de piedra, sobria y elegante, casi se confunde con los edificios de la calle Nou de la Rambla —hasta 1979 conocida como calle Conde del Asalto—. Muchos de los que pasan por delante difícilmente se imaginan que detrás de aquellas grandes puertas parabólicas de hierro forjado el arquitecto empezó a definir su lenguaje arquitectónico, con elementos que ya anuncian su estética posterior, como los arcos parabólicos, la importancia de la luz y una concepción del espacio que va más allá de la pura ornamentación.

Construido entre 1886 y 1890 por encargo del empresario y mecenas Eusebi Güell —que con los años se convertiría en el gran mecenas de Antoni Gaudí—, el Palau Güell debía ser la residencia urbana de la familia y una muestra de su prestigio social y económico. Pero Gaudí no abordó el encargo como una casa señorial convencional. Con solo treinta y cuatro años, proyectó un edificio concebido hasta el último detalle, donde ya se percibe con claridad su genio arquitectónico.

El vestíbul del Palau Güell. © Diputació de Barcelona
El vestíbulo del Palau Güell. © Diputació de Barcelona

En plena transformación de Barcelona, cuando la ciudad empezaba a expandirse más allá de las murallas, Eusebi Güell eligió construir su residencia en el Raval, muy cerca de la antigua casa familiar de los Güell, mientras buena parte de las familias adineradas empiezan a abandonar Ciutat Vella para instalarse en el Eixample. En lugar de alejarse del centro histórico, optó por mantener su presencia.

Una residencia familiar concebida como obra total

Gaudí respondió a este encargo con una creatividad que se hace visible incluso en los espacios menos nobles del Palau. En las plantas inferiores se encuentran las caballerizas, situadas en el sótano y resueltas con una ingeniería avanzada para la época, con rampas helicoidales que facilitaban el acceso de los carruajes. También incorporó soluciones técnicas innovadoras, como un sistema de ventilación a base de conductos y aberturas que aseguraban la circulación del aire y evitaban la acumulación de olores. Elementos que reflejan, en conjunto, una arquitectura donde nada queda al azar, ni siquiera lo que no es visible.

A medida que se asciende hacia las plantas superiores, el Palau Güell adquiere un carácter más noble, con materiales como la madera, la piedra procedente de las canteras de la familia Güell en el Garraf y elementos decorativos elaborados por artesanos de primer nivel. Todo ello configura unos interiores pensados para impresionar y, a la vez, reflejar el prestigio de la familia en sus recepciones.

La escalinata principal estructura esta visita ascendente y conduce al visitante hacia la planta noble, donde se encuentra el gran salón central, el verdadero núcleo del edificio. Un espacio vertical de tres plantas coronado por una cúpula parabólica perforada por pequeñas aberturas que filtran la luz como si fuera un cielo estrellado. Un espacio que también era el corazón social del Palau: la familia Güell organizaba allí conciertos, recepciones y veladas culturales. El órgano monumental, concebido para que la música descendiera desde la cúpula, convertía cada interpretación en una experiencia inmersiva. Todavía hoy, con el órgano construido por el organero Albert Blancafort (2011), la música sigue llenando el espacio y refuerza su dimensión acústica.

El acceso a la planta noble del Palau Güell, con la gran escalinata que da solemnidad al recorrido. © Diputación de Barcelona.
El acceso a la planta noble del Palau Güell, con la gran escalinata que da solemnidad al recorrido. © Diputació de Barcelona

Alrededor del salón, Gaudí dispone las estancias con una lógica sorprendentemente funcional, en la que las perspectivas alargan visualmente los espacios y compensan las limitaciones del solar. Un buen ejemplo es la sala de los pasos perdidos, previa al acceso del salón central, donde una fachada interior articulada en varios planos crea una sensación de profundidad mucho mayor que la real. 

El recorrido ascendente culmina en el punto que probablemente mejor sintetiza el estilo de Antoni Gaudí: la azotea. Distribuida en tres niveles, cubre toda la planta del edificio y se convierte en uno de los espacios más singulares del Palau. En este espacio, se despliegan 20 chimeneas de cerámica de colores, que acaban de dar forma a este espacio y lo convierten también en un punto de inflexión dentro de la obra de Gaudí. Aunque el arquitecto ya había experimentado con el trencadís en obras anteriores, como los pabellones de la finca Güell en Pedralbes, es aquí donde lo convierte en un elemento plenamente arquitectónico y protagonista, anticipando rasgos que después definirán obras como el Park Güell o la Casa Batlló: las formas orgánicas, el protagonismo del color y el uso innovador de materiales tradicionales como la piedra, la madera, el hierro o la cerámica.

Les xemeneies del terrat del Palau Güell, on Gaudí ja comença a dibuixar el seu llenguatge arquitectònic. © Diputació de Barcelona
Las chimeneas de la azotea del Palau Güell, donde Gaudí ya empieza a dibujar su lenguaje arquitectónico. © Diputació de Barcelona

De palacio privado a patrimonio abierto a la ciudad

Más allá de estos elementos rompedores que definen su lenguaje arquitectónico, el Palau Güell destaca también por otra característica singular: es el único edificio de nueva planta que Antoni Gaudí llegó a completar íntegramente, y es uno de los pocos que se ha conservado sin modificaciones esenciales a lo largo del tiempo.

Esta continuidad se percibe a lo largo de la visita, donde todavía se conservan diversos espacios de la vida cotidiana de la familia Güell. Algunas de las habitaciones principales mantienen parte del mobiliario original, lo que permite imaginar cómo era la vida en el Palau a finales del siglo XIX y principios del XX. La familia residió allí hasta alrededor de 1910, cuando se trasladó a la Casa Larrard en el Park Güell, y el edificio perdió su función como residencia familiar.

A partir de este momento, el Palau inicia una nueva etapa marcada por los cambios de propiedad y de función, que culminarían con su conversión en espacio público. En este proceso, el edificio vivió episodios diversos: durante la Guerra Civil llegó a ser utilizado como comisaría y, años después, incluso, estuvo a punto de ser adquirido por un millonario norteamericano que quería trasladarlo piedra a piedra fuera del país. Finalmente, Mercè Güell, hija de Eusebi Güell, lo cedió a la Diputació de Barcelona, con la condición de garantizar su preservación y asegurar su uso cultural.

La façana del Palau Güell. © Diputació de Barcelona
La fachada del Palau Güell. © Diputació de Barcelona

En 1952 se instaló la Asociación de Amigos de Gaudí y, entre finales de los años cincuenta y 1996, fue la sede del Institut del Teatre. Finalmente, en 1984 el Palau Güell fue inscrito en la lista del Patrimonio Mundial por la UNESCO dentro del conjunto “Obras de Antoni Gaudí”, como reconocimiento a su valor universal excepcional. Después de varias campañas de restauración, especialmente la intervención integral de 2011, que permitió su musealización y la reapertura al público, el Palau Güell es hoy visitable. Además, la visita se puede complementar con actividades que van desde las visitas guiadas habituales —que se ofrecen todos los sábados y domingos en diferentes lenguas— hasta recorridos temáticos, actividades familiares y experiencias especiales que permiten descubrir espacios habitualmente cerrados.

Algunas de estas actividades abren la puerta a rincones que normalmente quedan fuera del recorrido habitual. Es el caso de la visita El Palau Güell secreto (cada segundo sábado de mes, excepto agosto), que permite vivir el edificio de otra manera: recorrerlo al atardecer, en penumbra, entrar en el despacho privado de Eusebi Güell o escuchar el órgano desde un balcón oculto, en una experiencia casi cinematográfica.

Además, también hay experiencias pensadas específicamente para disfrutar en familia, como Los documentos secretos de Gaudí (cada cuarto domingo de mes, excepto agosto), un recorrido lúdico donde los niños descubren la arquitectura a través de juegos y enigmas con pergaminos misteriosos. Y, para los que quieren ir más allá, el itinerario Los Güell en la Rambla. Cuatro palacios conectados (cada tercer domingo de mes, excepto julio, agosto y septiembre) recorre diversos espacios vinculados a la familia y permite entender mejor la huella que dejaron en esta zona de la ciudad.

¡Visita el Palau Güell, no te lo puedes perder!

Más información y entradas en palauguell.cat

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