Las condiciones óptimas y ocho horas. Es todo lo que necesitaría un incendio para consumir buena parte de Collserola. En una jornada extrema, un incendio puede llegar a recorrer el equivalente a 800 hectáreas en una hora —sí, 800 campos de fútbol en 60 minutos— y, en un escenario propicio para el fuego, podría arder el 70% de la sierra barcelonesa en lo que dura una jornada laboral.
Son cifras que parten de cálculos, de gráficos y de mapas de previsiones sobre unos incendios que son cada vez, precisamente, menos previsibles. Hoy pone voz a estas cifras el subinspector de Bombers de la Generalitat Asier Larrañaga, en un escenario y un público que dista del habitual: una sinuosa sala de la Pedrera llena de analistas y divulgadores ambientales reunidos en torno a una reflexión: ¿Y si se quema Barcelona?
El también subdirector de los GRAF —o lo que es lo mismo, la unidad de élite especializada en incendios forestales— dibuja el reto redimensionando la problemática: la cantidad de incendios forestales y de hectáreas quemadas ha caído en Catalunya en los últimos años drásticamente, pasando de una media de 12.000 hectáreas quemadas al año en las décadas de los 80 y 90 a unas 2.000 actuales. Entonces, ¿dónde está el problema? En la virulencia. “Ahora, cuando un incendio logra escaparse de nuestro control, se hace muy grande, de forma muy violenta”.

“Los grandes incendios forestales antes tenían una ratio de propagación de unas 345 hectáreas por hora. Ahora pueden llegar a las 800”, con un crecimiento que puede variar de forma imprevista y desplazarse repentinamente sin posibilidad de control. Son los incendios de sexta generación, una terminología muy extendida internacionalmente entre los expertos, que nació precisamente en Catalunya: son fuegos tan potentes que son capaces de alterar la atmósfera que los rodea, generar fenómenos extremos y comportamientos difíciles de prever. Pueden cambiar de dirección de forma brusca, expandirse repentinamente en forma de pirocúmulos, e incluso propagar el fuego ya no solo a través de las llamas, sino de nubes de humo ardiente que encienden todo lo que se encuentran a su paso. “Es como ver caer el cielo sobre el suelo”.
¿Y por qué los incendios crecen con tal agresividad? Se alimentan desde arriba, pero sobre todo desde abajo: las condiciones atmosféricas les pueden ser propicias, pero necesitan algo básico para crecer: “combustible en el suelo”. Eso se traduce en grandes cantidades de biomasa, en bosques mal gestionados que pueden alimentar el fuego en el caso de que lo encienda una chispa.
“Desde la posguerra, hemos cambiado la forma de gestionar los bosques” y, de hecho, el abandono progresivo de la actividad agrícola y ganadera ha permitido que el bosque gane terreno, con más combustible para un incendio y menos barreras que puedan detener su avance: “Estamos dando espacio al fuego”. Situaciones similares ya han tenido consecuencias en California y Australia, y en puntos cada vez más cercanos y en paisajes muy similares al del entorno de Barcelona, como Grecia y Portugal.
“El fuego es un problema, pero puede ser una herramienta si se utiliza de forma controlada”
Ante este escenario, los Bomberos “no piden ni más camiones ni más medios de extinción”, como ha destacado la directora de la Fundació Catalunya La Pedrera, Marta Lacambra; lo que piden es poner el foco en la gestión de los bosques, y mirar hacia la problemática no solo cuando haya llamas. La entidad trabaja especialmente en este sentido desde que la puso en alerta el incendio que en 2022 se originó en el Pont de Vilomara y acabó quemando más de 1.700 hectáreas, llegando a las puertas del Món Sant Benet, que gestiona la fundación. La entidad lo interpretó como una llamada de atención, y empezó a volcar recursos a la prevención de incendios forestales. Lo explica el responsable de Sostenibilidad y Naturaleza de la Fundación, Miquel Rafa, en una de las mesas de trabajo organizadas durante el encuentro en La Pedrera, convocado por la entidad y por la consultora beBarlet.

Desde el objetivo de reducir el riesgo de grandes incendios, la entidad se focalizó en aquello que piden los bomberos: gestionar el territorio para que no se convierta en combustible para el fuego. La tala selectiva de árboles, podas, actividades vinculadas al territorio e incluso quemas controladas son caminos para ese mismo objetivo: “El fuego es un problema, pero puede ser una herramienta si se utiliza de forma controlada”, puntualiza Larrañaga.
Parte de estos caminos van de la mano de volver al origen, recuperando actividades como la ganadería extensiva y espacios agrícolas. Las ovejas y cabras que han pastado en Collserola por iniciativa del Ayuntamiento de Barcelona varios veranos responden a esta estrategia y, más que ser una anécdota, tienen un papel estratégico para prevenir incendios de grandes dimensiones. La actividad agrícola suma en el mismo sentido, aunque comparten también un problema: la falta de profesionales interesados en estas actividades.

“Sobran bosques y faltan payeses” ha sido una de las conclusiones del pseudo-think tank de la Pedrera. Y aquí es donde toma fuerza la labor de entidades como su fundación, que lleva años rebajando la biomasa —o la carga de combustión— de bosques catalanes, Collserola incluida. De su estrategia en la sierra barcelonesa, además, ha brotado algo más como resultado: un aceite, de aceitunas que nacen de 160 hectáreas en las que el bosque se sustituyó por olivos. La primera cosecha se ha convertido en este aceite, y el proyecto prevé no quedarse aquí: “Nos estamos planteando crear un molino para elaborar el aceite, y estamos estudiando extenderlo a la zona del Garraf”, avanza Rafa.
Así, a base de aceitunas y rebaños en plena metrópolis, se esbozan nuevas (o antiguas) formas de relacionarse con el bosque que contribuyen a reducir el riesgo de grandes incendios capaces de devorar Collserola y asomarse a las ciudades que la rodean. Las estrategias son amplias y pueden tomar formas diversas; lo que está claro es que el momento de definirlas es mientras se mira el incendio en gráficos y mapas de previsiones, y no en el bosque.


