MNAC en transformación

31 de octubre de 2026 a las 05:30h

No hay ejercicio más museístico que reflexionar sobre la necesidad y la pervivencia de la propia noción de museo. Desde principios de siglo pasado, muchos teóricos del arte se han exprimido la sesera con tal de vislumbrar si los grandes templos pictóricos de Europa podrían superar el síndrome del white cube para convertirse en un lugar de encuentro, participación y, la moda obliga, incluso de cura existencial. Debo confesaros que a mí todo esto me da una cierta pereza, porque todavía pienso que no hay experiencia más placentera que embobarse paseando entre pinturas ignotas o perder la tarde ante la obra de arte predilecta (leeros Alte Meiste de Thomas Bernhard y entenderéis por qué es uno de mis libros favoritos). Pero entiendo que los museos, especialmente aquellos de naturaleza patrimonial, luchen para flotar en un mundo demasiado castrado por una cultura donde el exceso de visualización convive con una mirada cada día menos sabia.

El director del MNAC, mi querido Pepe Serra, forma parte del club noucentista de Barcelona y entiende, como servidor, que nuestro primer equipamiento artístico debe ser una institución civil (es decir, porosa y abierta a la participación de la ciudadanía) pero que, a la hora de transformarse y de encarar el futuro inmediato, tiene que reflejarse en las grandes instituciones y en sus líderes más avispados. Ahora que el MNAC está a punto de hacerse más grande, con la próxima conquista del Palacio Victoria Eugenia y la creación de nuevos espacios polivalentes, Serra ha querido rodearse de colegas ilustres para que le ayuden a pensar en el más allá. El pasado sábado, asistí al inicio estelar de la fiesta, el ciclo de conversaciones Pensar el museo, imaginar futuros, primer paso del proyecto MNAC en transformació. Que su famosa Sala Oval estuviera llena de gente certifica que, lejos de un interés limitado a la secta artística, el futuro del museo ocupa y entusiasma a los convecinos.. 

Disfruté de lo lindo escuchando las intervenciones de Adriano Pedrosa (director artístico del Museo de Arte de São Paulo, famoso por distribuir las pinturas en soportes de vidrio descubiertos, ideada por Lina Bo Bardi, la cual permite ver las obras de arte por todos sus recovecos), Caroline Campbell (jefa de la National Gallery of Ireland, institución que ha abrazado la tensión histórica más reciente de su país sin ningún tipo de complejos, revalorizando una colección sin demasiados pinceles mediáticos), Marc-Olivier Wahler (director del Musée d’art et d’Histoire de Ginebra y un hombre que mezcla muy bien el sentido patrimonial europeo con esa gracia caixacobri de los yanquis para sentimientos), y también la gran historiadora del arte Francesca Cappelletti (Galería Borghese de Roma) la cual, poseedora de unos Tiziano que quitan el sentido, puede ir por el mundo la mar de contenta. 

Tras empaparnos de cosmopolitismo y de la ciencia de los demás, entendimos que los museos aún pueden contagiarse en mayor medida de las cuestiones que preocupan al mundo y también que la estructura expositiva de las grandes pinacotecas debe de entrar en el universo de la deconstrucción mediante la necesidad de pensar más en itinerarios de experiencia que en tesis fuertes. Mientras los ponentes charlaban de todo esto yo pensaba que recontrasí a todo, oiga, recordando también que -con todo el respeto por las respectivas instituciones- nuestro MNAC tiene una colección aún mejor, porque abraza el camino que puede trazarse del románico hasta las grandes perlas del siglo XX (el mismo Serra recordó santamente el valor incalculable de tótems como Picasso, Miró, Dalí, Tàpies… y podríamos añadir Barceló, ¡todos ellos de la tribu!) y un montón de pintores del modernismo y de las segundas vanguardias que el museo hace tiempo que reivindica.

Siempre que algún insensible (o español, que por lo general vendría a ser lo mismo) duda de atribuir la condición de país a Cataluña, mi primera tentación es propinarle un buen mandoble; pero la segunda es recomendarle que haga el favor de subir las escaleras de Montjuïc para ver qué se esconde entre las paredes del Palau Nacional. En este sentido, y matizando la opinión de los expertos en el ilustre encuentro, éste debe ser y sólo puede ser un museo netamente político, puesto que su supervivencia nos conecta directamente a las raíces culturales del país. Todos esperamos que, con la reforma prometida, la accesibilidad a los tesoros del MNAC sea aún más llevadera y, gracias a iniciativas como esta, que nuestro museo también viva menos hipotecado al polvo y concomitante a las tendencias de sus hermanos. Pero hay que recordarlo; lo trascendental resulta que siga imponiéndose en tanto que columna vertebral de la nación catalana.

El ciclo MNAC en transformación nos volverá a convocar el próximo diecinueve de noviembre para escuchar a Tristram Hunt, del Victoria and Albert Museum de Londres. En casa no existe nada que nos haga más ilusión que la anglofilia en cualquiera de sus ámbitos, con lo que allí estaremos... y continuaremos informando. 

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