Mirar Barcelona como si fuera la primera vez

*Lorem ipsum dolor sit amet consectetur adipisicing elit.

19 de enero de 2026 a las 00:51h

Me confieso una enamorada de la capital catalana, ¿eso me hace menos objetiva? También he de reconocer que soy una persona que vive las emociones con bastante intensidad y, “para colmo de males” tiendo a enfatizar el lado bueno de cada cosa. No es que no quiera ni sepa ver las cosas malas, simplemente, creo que en este caótico mundo en el que vivimos merece la pena apostar por disfrutar de los pequeños placeres y, por qué no, “romantizar” nuestro día a día.

Sirva esta declaración como un disclaimer o descargo de responsabilidad para las ideas que quiero compartir. Llevo diez años viviendo en Barcelona y, pese a no haber nacido aquí, me siento de aquí. Por eso, cuando hago scroll en las redes sociales, leo algún medio o escucho alguna conversación negativa sobre mi ciudad, me duele en el alma. Me duele porque Barcelona no es perfecta, pero es profundamente valiosa.

Barcelona es una ciudad que recompensa al que camina despacio. A veces me muevo sin levantar la vista del suelo porque disfruto con los panots de flores del Eixample, las losetas Gaudí o las baldosas hidráulicas centenarias que esconden muchos edificios. Otras, no consigo caminar mirando hacia el frente porque hay tantos tesoros brillando en la fachada de cada edificio que es complicado no tener la vista en las alturas.

¿Cuándo fue la última vez que miraste Barcelona como si fuera la primera vez? Este año, aprovechando que es Capital Mundial de la Arquitectura, puede ser la excusa perfecta para reencontrarnos con un patrimonio único que nos acompaña en cada esquina.

A menudo escucho que Barcelona está cada vez peor. No se trata de ignorar lo que aún falta por mejorar, sino de aprender también a reconocer lo que sí avanza. Las ‘superillas’ han devuelto la vida de barrio y la calma a muchas calles; pasear hoy por ejes como Consell de Cent o Girona es reencontrarse con comercios de siempre y con una ciudad más amable. Y casi nadie menciona el parque de Les Glòries, un auténtico pulmón verde que ha transformado el asfalto y el humo en espacio para respirar.

Vista aérea de la transformación de Glòries. Al fondo, la Sagrada Família. © DRONEIT

Quizá el problema no es la ciudad, sino la forma en que la miramos. Me sorprende cuando algún barcelonés me comenta que nunca ha entrado a la Casa Batlló o a la Sagrada Família. Lo siento, pero me parece delito. En mis primeros años en la ciudad aproveché para visitar los edificios más icónicos y, a día de hoy, mi lista de lugares por visitar aún es larga. Disfruto descubriendo espacios que parecen parte del decorado de la ciudad sin que los transeúntes se percaten de su valor como, por ejemplo, el Pabellón Mies van der Rohe a pocos pasos de plaza Espanya.

Una de las excusas más habituales para renunciar a una Barcelona turística es pensar que acceder a la cultura es caro. Y aunque esta ciudad es, en sí misma, un museo al aire libre, es cierto que algunos espacios tienen precios poco accesibles. Aun así, siempre hay alternativas: cada primer domingo de mes muchos museos abren sus puertas de forma gratuita, una oportunidad de oro para redescubrirlos. Este año, además, me entusiasmó saber que los barceloneses podremos acceder a la Sagrada Família con un 50% de descuento con motivo del centenario de la muerte de Antoni Gaudí. Un auténtico lujo que no pienso desaprovechar.

Visitantes contemplando Barcelona, con la Sagrada Família al fondo. © Júlia Arnau

Más allá del arte y la arquitectura, vivir en Barcelona significa poder escapar al mar siempre que el asfalto nos ahoga, poder perdernos en uno de sus parques si necesitamos perspectiva o poder consentir a nuestro estómago en cualquiera de sus templos gastronómicos. Este año quiero seguir disfrutando de la capital catalana como si fuera mi primera vez, subir al Tibidabo a contemplarlo todo desde las alturas y pasear por Montjuïc o la Vila Olímpica. 

Muchos seguirán pensando que las calles de Barcelona son inseguras o que el declive va en aumento, otros seguirán soñando con visitar una ciudad llena de luz, misterio e historia. Yo no quiero convencer a nadie, sino recordar(me) por qué sigo eligiendo esta ciudad cada día. Mirar Barcelona como si fuera la primera vez no la cambia a ella: nos cambia a nosotros.