Cuando se habla del gótico de Barcelona, la mirada suele detenerse en la catedral, Santa Maria del Mar o las calles del Barrio Gótico. Pero hay otro gran edificio gótico, junto al Port Vell, que ha pasado mucho más desapercibido: la Llotja de Mar. Sede de la Cambra de Comerç de Barcelona y escenario habitual de reuniones, actos institucionales y congresos empresariales, durante décadas ha sido un edificio casi inaccesible para el público general, ya que para entrar era necesario formar parte de algún acto, tener acreditación o esperar alguna jornada excepcional de puertas abiertas. Ahora, por primera vez de manera regular, la Cambra abre sus puertas para acercar este patrimonio a la ciudadanía.
Más que un edificio monumental, la Llotja es el testimonio de una ciudad que creció mirando hacia el mar. Durante siglos, entre estas paredes se cerraron negocios, se crearon instituciones decisivas para la economía de Barcelona y se vivieron algunos de los episodios más singulares de la historia de la ciudad. Aquí tuvo su sede la Taula de Canvi, una de las primeras bancas públicas de Europa; y según la tradición, también es el origen de la palabra bancarrota. Pero la Llotja también fue testigo de episodios convulsos: después de la Guerra de Sucesión, el gran Salón de Contrataciones dejó de ser el espacio de los mercaderes para convertirse en cuartel militar de las tropas borbónicas.
Pocos edificios acumulan tantas capas de historia bajo un mismo tejado. Y, sin embargo, esta historia ha permanecido durante décadas alejada de la mirada de muchos barceloneses. A diferencia de lo que ocurre en ciudades como Valencia o Palma, donde sus lonjas forman parte del recorrido habitual de los visitantes, la de Barcelona ha seguido siendo sobre todo un espacio vinculado al mundo institucional y empresarial. A pesar de acoger congresos, actos corporativos — e incluso eventos culturales como el Sónar+D o desfiles de moda—, su interior solo se podía visitar en jornadas puntuales de puertas abiertas o mediante las visitas guiadas que Cases Singulars ofrece desde 2021. A partir de ahora, sin embargo, cualquier ciudadano también podrá acceder de manera regular, sin necesidad de unirse a una ruta guiada o esperar una ocasión excepcional.
Esto empezará a cambiar esta semana. A partir de este jueves, la Cambra abrirá la Llotja de Mar de manera regular, con entrada gratuita de 11 a 17 h, de lunes a domingo, siempre que la actividad institucional lo permita. También ampliará las visitas guiadas —con un precio de 16 euros— a los salones nobles durante los periodos con menos actividad empresarial, como el verano, Semana Santa o Navidad. El objetivo es acercar a los ciudadanos un patrimonio que el presidente de la Cambra, Josep Santacreu, considera todavía “bastante desconocido” fuera del mundo empresarial. “Igual que se puede visitar el gótico religioso, también se debe poder visitar y reivindicar el gótico civil”, defiende.
Donde Barcelona aprendió a comerciar
Pero antes de adentrarse en las múltiples capas de historia que esconde la Llotja, primero hay que remontarse a su origen: a un momento en el que Barcelona era una de las grandes potencias comerciales del Mediterráneo y necesitaba un espacio propio para ordenar su actividad mercantil. Fue el rey Pere III el Cerimoniós quien, a mediados del siglo XIV, impulsó la construcción de este edificio destinado a los mercaderes. Al contrario de lo que su monumentalidad actual podría hacer pensar, la Llotja no nació como un palacio ni como un símbolo de poder, sino como un espacio de trabajo donde los comerciantes podían negociar, cerrar contratos y resolver disputas.
Con el paso de los siglos, sin embargo, aquel espacio pensado para facilitar el comercio se convirtió en una de las grandes instituciones económicas y civiles de Barcelona. Aquí tuvieron su sede el Consolat de Mar; la Taula de Canvi, y, más adelante, la Reial Junta Particular de Comerç, impulsora de la modernización económica e industrial del país. Desde 1886, la Llotja es también la sede de la Cambra de Comerç de Barcelona, institución que ayuda a mantener una continuidad poco habitual: más de siete siglos después de su construcción, todavía es el espacio desde donde se piensa y se impulsa la actividad económica.
Es, precisamente, esta intensa actividad institucional y empresarial la que ha hecho que, hasta ahora, la Llotja fuera un edificio poco visitable para el gran público. Pero una vez se atraviesan sus puertas, lo primero que sorprende es su monumentalidad. Los techos pintados obligan a levantar la mirada; en las paredes, las esculturas conviven con los frescos y cada espacio invita al visitante a detenerse. Pero casi nada es solo decorativo: cada sala conserva alguna pista de sus más de setecientos años de historia.
El recorrido comienza en el Salón de Contrataciones, el corazón de la Llotja medieval y el gran espacio donde latía el comercio de la Barcelona gótica. De este espacio impresionan las dimensiones, las esbeltas columnas de piedra y el techo de madera, donde todavía se pueden seguir los escudos de Barcelona y de Catalunya. Durante siglos, aquí los mercaderes negociaban las mercancías que llegaban al puerto y funcionó la Taula de Canvi, una de las primeras bancas públicas. La tradición explica que, cuando un banquero quebraba o actuaba fraudulentamente, las autoridades le rompían públicamente el banco o el mostrador para que no pudiera seguir ejerciendo. De aquel gesto —romper el banco— habría nacido la palabra bancarrota, que los mercaderes italianos acabarían extendiendo por todo el Mediterráneo. Años más tarde, este Salón también fue escenario, en 1708, del estreno de Il più bel nome, la primera ópera documentada representada en Catalunya.
Siete siglos más tarde, el salón, profundamente reformado a pesar de mantener la estética original, todavía conserva indicios de este pasado. Unos pequeños cristales en el suelo permiten observar el pavimento original de piedra de Montjuïc, oculto bajo el actual revestimiento de mármol de Carrara, incorporado durante la gran reforma neoclásica del siglo XVIII. Aquella remodelación llegó después de uno de los episodios más convulsos de la historia del edificio. Después de la Guerra de Sucesión y la implementación del Decreto de Nueva Planta de 1716, la Llotja perdió su función comercial y fue convertida en cuartel militar. Allí donde antes los mercaderes cerraban negocios, pasaron a dormir las tropas borbónicas. No fue hasta el año 1772 cuando la Real Junta Particular de Comercio impulsó la recuperación y ampliación del edificio, que le acabaría dando buena parte de su aspecto actual.
De allí, la visita continúa hasta el Patio de los Naranjos, presidido por la fuente de Neptuno y por cuatro esculturas que la rodean y representan los continentes conocidos en aquel momento —Europa, Asia, África y América—. Pero más allá de su simbolismo, la fuente también esconde algunas de las anécdotas más curiosas de la Llotja, como cuando, en una visita real, un príncipe francés se llevó el pequeño barco que coronaba la escultura o cuando en una de las grandes celebraciones de la ciudad, la fuente no manaba agua, sino vino. Pequeñas historias que recuerdan que la Llotja no solo fue el gran centro de los negocios de Barcelona, sino también uno de los escenarios de las grandes celebraciones.
De mercaderes a artistas, científicos e innovadores
Desde este patio arranca la monumental escalera de mármol, concebida para impresionar a los visitantes y conducirlos hasta los salones nobles. Es allí donde la Llotja explica otra etapa de su historia. La reforma neoclásica no solo transformó el edificio, sino que también la convirtió en uno de los grandes centros de conocimiento de Cataluña. Fue aquí donde la Real Junta Particular de Comercio impulsó la Escuela Gratuita de Dibujo —el embrión de la actual Escuela Llotja—, pero también una veintena de cátedras técnicas, científicas y artísticas para suplir la falta de enseñanza superior después del Decreto de Nueva Planta. Por sus aulas pasaron figuras como Antoni Gaudí, Marià Fortuny o, más adelante, Pablo Picasso.
Y este legado artístico todavía está muy presente. Una parte del edificio es hoy la Real Academia Catalana de Bellas Artes de Sant Jordi, con una destacada colección de pinturas, esculturas, dibujos y frescos que recorren varios siglos de historia del arte catalán, desde obras antiguas hasta piezas de artistas contemporáneos. Pero el arte se extiende más allá, con pinturas monumentales, esculturas, frescos y techos profusamente decorados en el Salón Dorado, de Lucrecia o del Consulado de Mar.
Más allá de un espacio artístico, el resto de cátedras impulsadas por la Junta de Comercio también convirtieron la Llotja en un auténtico laboratorio de innovación. Aquí, el químico Josep Roura hizo las pruebas que permitieron encender, la noche de San Juan de 1826, el primer farol de gas de Barcelona y de todo el Estado. Y solo unos años más tarde, en 1839, la fachada de la Llotja se convertía en la protagonista de la primera fotografía hecha en España, captada por Ramon Alabern desde la azotea de la Casa Xifré.
Pero la visita también permite entender que la Llotja no es un edificio anclado en el pasado. Detrás de los salones monumentales continúan funcionando las salas de trabajo de la Cambra, el despacho del presidente y donde se desarrolla la actividad cotidiana de la institución. Es en este contexto que Josep Santacreu suelta una breve referencia a la actualidad: “Como veis, aquí no hay sillas de plata”, pero sí antorchas, comenta en el Salón de Plenos, en alusión a las plazas reservadas a las empresas que contribuyen a la financiación de la Cambra y que han centrado el debate de los últimos días. Una observación casi anecdótica que recuerda que, siete siglos después de su construcción, la Llotja continúa siendo un lugar donde se habla de su pasado pero también del presente.
