En Barcelona, hay un jardín que, aun siendo público, es el más secreto de la ciudad. No tiene un acceso a pie de calle, ni una gran entrada que invite a sumergirse en sus recovecos. Para acceder a él —insistimos en que es público—, es necesario entrar primero a un hotel, atravesar el lobby y, entonces sí, disfrutar de la paz y el silencio en el corazón mismo del barrio Gòtic. Parece mentira, pero el lugar existe. Está en la calle Boqueria y el hotel es el Petit Palace Boqueria Garden.
El jardín forma parte del palacete conocido como Casa Ignacio de Puig, obra de Josep Puig i Cadafalch a mediados del siglo XIX. Para entrar en este remanso de paz y tranquilidad, hay que transitar primero por el bullicio más o menos controlado de la calle Boqueria, entrar en el hotel, dejar el mostrador de la recepción a mano izquierda y cruzar una puerta de cristal. Y ahí está, después de salvar una corta escalinata y dejar atrás la pequeña terraza del bar del hotel.
Se trata de un jardín romántico, típico de la época de construcción del palacete. Unos caminos serpentean alrededor de unos parterres. Una balaustrada clásica, unos pasos elevados, laureles, tilos y magnolias, entre otras plantas típicas de jardín, incluida una fuente en forma de gruta. Cuando uno supera la experiencia un tanto embarazosa de cruzar el hotel esperando que alguien lo detenga —eso nunca ocurre—, disfrutar en soledad de uno de esos regalos que de vez en cuando te da Barcelona es bestial. ¿Cómo puede existir un lugar como este?

Pues porque a principios del siglo XXI, la finca fue adquirida para habilitarla como hotel. El arquitecto Jordi Garcés fue el elegido para reconvertirlo. Se da la circunstancia de que su despacho está en un piso de la vecina calle Quintana y cada día ve el jardín desde sus ventanas. Hizo la obra adquiriendo una gran responsabilidad, pues se trataba de actuar sobre el edificio de uno de los maestros del modernismo y de adecuar el jardín respetando la idea original de Narcís Bladó, otro arquitecto que durante un tiempo viajó por distintas capitales europeas para volver al cabo de un tiempo a Barcelona con ideas frescas.
Así fue como Puig i Cadafalch y Bladó plasmaron en el palacete el proyecto del burgués Ignacio de Puig. Este llegó a la propiedad de la finca gracias a la boda con la nieta del que fuera el patriarca de la familia que en ella residía desde mediados del siglo XVIII, Francisco Elías. Se trataba de un ciudadano que se había enriquecido gracias al comercio que compró tres casas antiguas y que unificó para crear la finca que hoy es el hotel. Eligió la calle Boqueria para su residencia como una operación de prestigio y opulencia, cerca de la Rambla y del Liceu, donde los nuevos ricos buscaban un lugar donde integrarse entre las grandes fortunas locales.
En la entrada del hotel, destacan unos rostros inquietantes de piedra sobre los que pesa una leyenda. Parece ser que el tal Elías mereció un castigo ejemplar cuya tipología no ha trascendido. Fue condenado a una muerte civil, que en su caso consistió en tener que vivir permanentemente en el sótano de la casa, de modo que, mientras su familia continuaba disfrutando del lujo y las comodidades, él tenía que malvivir entre las ingratas condiciones de su confinamiento. Dice la leyenda que esos rostros son retratos de sus diferentes etapas de desesperación. Las leyendas tienen su encanto narrativo, pero es más verosímil creer que las caras fueron un recurso arquitectónico más que los testigos del terrible y supuesto castigo.

Cuando se hizo el hotel, se llegó a un acuerdo con el ayuntamiento. Se garantizaba el acceso público a cambio de que el mantenimiento fuera a cargo municipal. Este oasis del Gòtic, protegido patrimonialmente, solo tiene un pero. Y es que es un jardín sin bancos donde sentarse. Seguramente es porque de acuerdo que el público lo pueda disfrutar entre las 10 de la mañana y las 7 de la tarde, pero que tampoco se eternice en él.
Si pasa por la calle Boqueria, no lo dude, haga una incursión hasta el jardín, porque, aunque sea secreto, no es prohibido.


