Autodidacta, mordaz, culto, valiente, crítico y catalanista hasta la médula, en poco más de una década de carrera, Josep Maria Planes (Manresa, 1907 – Barcelona, 1936) fue adalid del periodismo vivencial, del periodismo de crónica deportiva, del periodismo humorístico, de la crítica teatral y cinematográfica y del periodismo de investigación en la Barcelona a caballo entre los años 20 y 30 del siglo pasado.
En 1931, con sólo 24 años, ya había fundado la revista Imatges, a imagen y semejanza del Vu parisino; había publicado crónica cultural en importantes cabeceras como Mirador, dirigía el semanario satírico El Be Negre, era un popular tertuliano del Ateneu Barcelonès y su nombre empezaba a destacar entre las plumas que firmaban en La Publicitat. Lo suyo no es que fuera rápido, fue meteorítico.
Este agosto se cumplen noventa años desde que una serie de reportajes sobre los vínculos entre el anarquismo y la delincuencia común en la Barcelona republicana le costaran la vida en un ajuste de cuentas que truncó una carrera brillante que, además de la crónica y el reportaje, también ahondó en el teatro. Con los treinta aún por cumplir, Josep Maria Planes moría como pionero y, a la vez, primera víctima mortal del periodismo de investigación hecho aquí.
En la tarde del 24 de agosto de 1936
El trayecto ha sido breve. El Citroën C4 de color oscuro, recubierto por un manto de polvo y de consignas de la CNT-FAI, se detiene frente a la portería, que está en Muntaner, a la altura de plaza Adriano. Un hombre aguarda ahí, mal afeitado, boina sucia y ropa de operario con manchas diversas. Permanece quieto y algo inclinado bajo el calor asfixiante.
— Es ese balcón de ahí —indica con voz carrasposa, en cuanto cuatro milicianos se apean del vehículo.
— ¿Ese? —pregunta uno de ellos.
— Ese es, sí. Ahí sale a fumar, al menos, una vez al día.
— ¿Y dices que es un cura? —pregunta el miliciano, mientras se calza la gorra de lado, el pañuelo rojo y negro anudado al cuello a pesar de la canícula.
— Con esa cara de mármol y esas ojeras, tiene que serlo —responde el otro, servil.
Los cuatro recién llegados entran en la portería. Tres suben por las escaleras, mientras que uno se queda delante del ascensor a vigilar. Con sigilo se sitúan ante la puerta. De otras casas asoman rostros para ver qué pasa. Ninguno dura más de un segundo. Ningún vecino quiere ver, saber, contar nada. Ninguno quiere que se acuerden de él.
Llaman y, tras unos segundos, su objetivo les abre. Pálido como una luna llena, ojeras que parecen pintadas, nariz prominente, boca pequeña y una mirada entre sagaz y triste. Sí, piensan los visitantes, con esta cara lo más seguro es que sea un cura.
Viste un batín de seda que pega con esta vivienda de la Barcelona burguesa. Aquella para la que este hombre, que todavía no han entendido quién es, escribe. Aquella que lee sus artículos y sátiras. Aquella que está a punto de perderle.
Sobre una mesa, al lado de una pila de libros, está su pasaporte. Uno de los milicianos lo inspecciona. El hombre tiembla, asustado. Sabe muy bien qué va a ocurrir después. Sabe muy bien que, cuando lean su nombre, estará sentenciado. Cuántas veces se lo han advertido desde las páginas de Solidaridad Obrera. Cuántas amenazas, cuántas promesas de ponerle en su lugar, de callarle para siempre. Sabrán quién es, y ya no habrá un mañana.
Pocos minutos más tarde sube al coche con los milicianos sabiendo que probablemente hoy se termina todo. Pero, a pesar del miedo que le hiela las entrañas, fiel a su esencia hedonista, Josep Maria Planes se ha vestido para la ocasión. Luce un elegante traje con raya diplomática y una camisa de seda azul cielo. Si nos tenemos que marchar —se ha dicho en un instante de abatida lucidez— hagámoslo con estilo.
— ¿Vamos a Sant Elies? —inquiere, con un tímido fulgor de esperanza.
— Cállate —le ordena el conductor, antes de poner en marcha el vehículo.
Cuando al rato llegan a la Rabassada, el periodista ve la urbe extendiéndose allá abajo: un mar de luces brillando bajo un crepúsculo de tonos anaranjados, que se diluye en los destellos azulados de un Mediterráneo inmóvil. Observa bien ese paisaje, Barcelona, esta ciudad amada con todo su corazón, vivida hasta el último aliento, pateada hasta la última calle, discutida hasta la última tertulia y explicada en mil y una crónicas. Sabe que es la última vez que la va a ver. Luce tan hermosa, piensa. Y se alisa la solapa del traje. Se va a morir habiéndolo hecho todo en periodismo y sin llegar a los treinta años de edad. Por eso, sin poderlo evitar, llora.

El Citroën se detiene cerca de los vestigios del antiguo casino, donde los hombres más poderosos de aquí se jugaban sus fortunas y eran capaces de perderlo todo, hasta la vida, por ese instante de intensidad que una apuesta a todo o nada puede proporcionar.
— De este me encargo yo solo —anuncia uno de los milicianos, mientras desenfunda su automática Astra del 6,35.
Los tres acompañantes obedecen.
—¡Camina! —ordena al prisionero.
Planes anda torpemente durante unos minutos. Los suficientes para perder de vista el coche y sus tres ocupantes. Para saber que se va a morir en medio de este follaje que lo rodea, aquí, en ninguna parte. En este rincón donde el silencio parece haber sido fabricado con el mismo plomo que las balas que llevan su nombre.
— ¡Párate!
El periodista se da la vuelta, con las manos en alto, presa de un temblor bestial, lágrimas manando de sus enrojecidos ojos y los contornos de la cara rígidos. ¿Dónde está el descreimiento, toda la seguridad en sí mismo del hombre de mundo que se tuteaba con algunas de las más sofisticadas plumas europeas y encendía las tertulias del Ateneu, trasegando Cinzano y fumando tabaco turco mientras los pintxos de la noche barcelonesa le trataban de usted?
El Astra apunta al rostro del periodista. Ya no hay tiempo ni para un último suspiro. Las palabras se le agolpan en la cabeza sabiendo que ya no van a poder ser pronunciadas. Que van a morir antes de llegar a nacer. Casi como él mismo.
Siete balas, disparadas una tras otra, se llevan su parietal izquierdo por delante y ponen fin a una de las carreras más brillantes de la historia del periodismo catalán.
El dandi sensible que llegó de Manresa
“Era totalmente autodidacta, no tenía formación académica específica ni provenía de un entorno ligado a las letras. Y eso, creo yo, tiene todavía más mérito”, reflexiona Jordi Finestres, periodista y biógrafo de Josep Maria Planes, autor de la biografía Set trets al periodisme a la Rabassada y curador de ediciones de artículos: Planes esportives y Els gángsters de Barcelona.
Nació en el seno de la familia Planas (él catalanizaría su apellido a Planes una vez arrancada su trayectoria periodística), proveniente del mas rural Sant Mateu de Bages, y se crió en Manresa, penúltimo de siete hermanos. Como estudiante se le recuerda bastante mediocre, si bien demostró desde muy pronto una gran inquietud intelectual. Lector empedernido, aún joven trabó amistad con personalidades locales como el escritor Vicenç Prat, el dibujante Anselm Corrons o el doctor Manuel Casanovas. A los diecisiete, debutó como periodista firmando crónicas deportivas y literarias en el diario El Pla de Bages, y dos años después, en 1926, se instalaba en Barcelona.

Aquí, arranca una carrera vertiginosa donde quema etapas a toda velocidad. Donde lo escribe todo, lo aborda todo. Sátira, reportaje, artículo de opinión, crónica, reseña, teatro. “Con prisas por explicarlo todo en una ciudad donde ocurrían tantas cosas”, describe Finestres. Como sabiendo que iba a brillar con mucho fulgor durante muy poco tiempo.
“No sabemos cómo se conocen —prosigue el biógrafo—, pero enseguida se crea un vínculo de profunda amistad y admiración recíproca con Josep Maria de Sagarra, que le hace de padrino y mentor”. Si el periodismo es, ante todo, un oficio que tarda en aprenderse y depende de buenos maestros, Planes se rodea de los mejores y entiende todas las lecciones a la primera. El entorno del Ateneu es su hábitat: “Pla, Xammar, Sagarra…”, enumera Jordi Finestres, que hace hincapié en el insaciable apetito de modernidad de aquel joven manresano que aprende francés e inglés, hasta el punto de traducir artículos y obras de teatro, o de hacer de cicerone a figuras como Francis Carco o Henry de Montherlant en sus visitas a una noche barcelonesa que acabará plasmada en sus obras. Una noche que Planes conoce a fondo.
“Hay poca información sobre su vida privada, y más si la comparamos con la enormidad de la obra que logra desarrollar en poco más de una década”, explica Finestres, quien, sin embargo, reivindica a Planes como "alguien profundamente sensible, trabajador y entregado a su trabajo, cosa en la que incidía mucho su amigo Avel·lí Artís Gener, Tísner, en las conversaciones que tuvimos en los años 90”. Si la imagen de Planes era la de un frívolo dandi con una gran capacidad para escribir y explicar su mundo, la verdad es que detrás de su obra hay mucho trabajo, muchas horas de lectura, escritura y reflexión y un gran afán de ser bueno en lo que hace. Ser el mejor.
También fue una cuestión de estar en el lugar adecuado en el momento adecuado. El periodista y catedrático Josep Maria Casasús describiría su trabajo en los siguientes términos: “La modernidad de la prosa periodística de Planes, funcional, ligera y a la vez atractiva e intencionada, ligaba con todo un clima profesional de renovación profunda en la prensa catalana de su tiempo”. Y es que "abres las páginas de cualquier diario catalán de la época, como La Publicitat o La Veu de Catalunya, y ves firmas como la Pla, la de Sentís o la Soldevila ¡y es una antología de las letras catalanas!”. Y una de esas firmas, claro está, es la de Planes.

Nocturnidad y alevosía
Cuando llega a Barcelona, Planes se convierte en el típico urbanita bon vivant, “podríamos decir en un pijo, aunque sin la carga peyorativa del término. Pero vamos, el típico al que le gusta vivir en un buen piso de la plaza Molina, vestir ropa bonita, comer en buenos restaurantes, salir de noche por la Ciutat Vella a los cabarets, a escuchar Jazz…”, explica Jordi Finestres.
El periodista cruza su camino con Francisco Madrid, autor del esencial Sangre en Atarazanas, Sebastià Gasch, autor de Barcelona de nit, y con Domenec de Bellmunt, autor de Les catacumbes de Barcelona o L’àngel bohemi. En la Barcelona febril que jamás duerme de los años 20 y 30, estos son sólo algunos nombres del periodismo vivencial, social, a menudo narrado en primera persona, que otros nombres como Francisco Oliva o Ángel Zúñiga utilizan para glosar la urbe a través de libros y reportajes más o menos sensacionalistas.
En este contexto, en 1931, un libro recoge algunas crónicas que el periodista hace de algunos lugares de la noche barcelonesa para varios medios. Prologado por Sagarra y epilogado por Soldevila, y con ilustraciones de Oleguer Junyent, Nits de Barcelona explica el paisanaje y esencia de rincones como el Excelsior, el Café Catalán, el Grill del Ritz, La Criolla, el Bar Americano del Colón o el Pompeya, entre muchos otros. Y, para ello, echa mano de una prosa sorprendentemente sobria, casi como si lo que explicara no fuese con él.

“Es más bien un análisis, casi una disección en la que él se sitúa como un observador que va mirando a su alrededor, va describiendo sin excesivas florituras, con ese punto humorístico tan suyo. Y opina, pero sin pringarse. Y, sobre todo, no inventa nada. Por eso, un siglo después seguimos hablando de estas crónicas”, matiza Finestres, que añade: “Leer a Planes nos ayuda mucho a entender y a imaginarnos aquella Barcelona, con todas esas ganas de cambio, esa hambre de libertad y, también, con todas sus contradicciones, que también las hubo”.
La verdad que casi aflora en el teatro
Entre 1929 y 1933, Planes combina su faceta de periodista en La Publicitat y director del semanario satírico El Be Negre con la escritura y estreno de varias obras de teatro. Debuta en abril 1930 en el Novetats con L'home que s'havia de morir, comedia irónica deudora de Jardiel Poncela, tono que marca sus siguientes obras: Qui l'ha vist i qui el veu!, estrenada también en el Novetats en diciembre de ese año, y Un dinar fred, estrenada en marzo de 1932 en el Romea.
No obstante, en enero del año siguiente estrena la que será su última obra, Amor, donde indaga más en la naturaleza humana. Quizás sea este su trabajo más personal, el que mejor refleja lo que tiene dentro este hombre del que apenas sabemos nada de su vida privada, más allá de que compartía piso con su pareja, una francesa llamada Lilian, de la que hasta se desconoce su apellido y que, al parecer, era una amiga de veraneos infantiles reencontrada en Barcelona. En esta cuarta obra es donde, más que nunca, se atreve a enseñarle al mundo algo de su alma. El lugar donde, más que en ningún otro, aflora algo de su verdad íntima.
“Amor es seguramente su obra más profunda. En las anteriores hay un punto de costumbrismo, de comedia breve, rápida y efectiva. Aquí abarca temas más filosóficos y existenciales”, analiza Finestres, quien destaca otras labores de Planes como traductor al catalán de obras como Primera plana, de Ben Hecht y Charles MacArthur, o El crit del carrer, de Raymond Massey, además de una quinta obra inédita, Déu el va castigar, que jamás se llegó a estrenar.

No casarse con nadie
Si se consultan fuentes relacionadas con determinadas sensibilidades políticas, Josep Maria Planes sale a menudo retratado como un periodista de régimen, un juntaletras domesticado por la burguesía catalana de su tiempo, un talento al servicio de determinados patrones. Con todo el conocimiento que le otorga haber leído, estudiado y analizado su obra y su vida, Jordi Finestres niega esto categóricamente. “Y la prueba fehaciente es El Be Negre, el semanario satírico y el gran medio de contra-crónica de su tiempo, que Planes dirigía y desde el que él y la redacción repartían leña a todo el mundo. No se salvaba nadie: el lerrouxismo, Estat Català, Esquerra, la monarquía, la Lliga Regionalista, la iglesia, la FAI, la CNT, el fascismo… ¡Nadie!”.
No se puede negar el sesgo político del periodista, muy vinculado a Acció Catalana y, más adelante, y aun no comulgando con Esquerra, fiel a Macià y a Companys, encuadrado en un catalanismo de centroizquierda “con el que, sin embargo, también fue crítico”. La necesaria virtud periodística de saber morder la mano que da de comer. “Tenía sus simpatías y su ideología, claro está, pero lo que no se puede decir es que era un periodista domesticado o que escribía a dictado de nadie —objeta el biógrafo—. Eso no es verdad”.

Cuando la FAI ejecutó a los hermanos Badia en la calle Muntaner, fue uno de los periodistas que de manera más furibunda arremetió contra los anarquistas, que los culpó de forma directa iniciando una cuita periodística con Solidaridad Obrera, desde donde recibió insultos y amenazas (que lamentablemente se harían realidad). “Sin embargo, y en ese contexto de condena categórica por el atentado, también confesaba en un artículo que, con Miquel Badia, por entonces jefe de la policía, había tenido muchas diferencias por los métodos que empleaba”.
Independiente, atento a todo lo que ocurría en el ámbito nacional e internacional, viajado a París y a Berlín, donde vio con sus propios ojos cómo maceraba el nacionalsocialismo en las almas de los alemanes, Planes alcanzaría a vaticinar no sólo el golpe de estado y la Guerra Civil que iba a destrozar su país, sino también la Guerra Mundial que iba a hacer lo propio con Europa. “Por eso, en un momento dado hace campaña para el Frente de Izquierdas en las elecciones de 1936, sabedor que cualquier otra alternativa, como la Lliga de Cambó, puede llevar al fascismo”.
Los gángsters de Barcelona
Para Finestres, “Planes no se posiciona tanto contra el anarquismo por un motivo estrictamente ideológico, sino que le molesta que algunos elementos, sobre todo venidos de fuera de Catalunya, se integren en las filas de la FAI y la CNT para delinquir”. De hecho, además de un marcado antifascismo, no habla mal de personajes como Layret o Seguí y no condena a todos los sindicatos como asociaciones de delincuentes, aunque sí advierte de que todos los delincuentes sobre los que habla en sus reportajes sí están vinculados, de un modo u otro, al anarquismo.
Entre abril y mayo de 1934 publica en La Publicitat ocho reportajes sobre Els gàngsters de Barcelona, donde vincula a delincuentes comunes con la CNT/FAI. A estos siguen otros 22 sobre L’organització de l'anarquisme a Catalunya i Espanya. Estas dos series suponen un antes y un después en la práctica del periodismo de investigación hecho en este país del que el Josep Maria Planes es pionero, junto a Carles Sentís y a Irene Polo. Esos reportajes, sumados a los artículos de denuncia abierta contra la FAI a raíz del atentado contra los Badia, a finales de abril de 1936, serán los que harán que su nombre entre en la lista negra del sindicato que, cuatro meses después, se cobrará su venganza.
— Pero, ¿quiénes ejecutaron a Planes aquella tarde de agosto de 1936?
Noventa años después sigue habiendo muchos interrogantes abiertos, y casi ninguna certeza. Casi. “No existe ninguna prueba sobre quién fue el autor material de los siete disparos que acabaron con la vida de Planes en la Rabassada, pero tampoco tengo muchas dudas de que, como mínimo, Justo Bueno Pérez, el mismo que había ejecutado los Badia y le había declarado la guerra a Planes, estaba metido en el ajo”, lamenta Jordi Finestres.

Fuentes consultadas, ligadas a CNT y FAI, niegan la implicación directa de Bueno, aunque una anécdota de Tísner, que se cruzó con el anarquista en el frente del Ebro, apunta a que este estaba muy al tanto. “Fundamentalmente, Bueno le vino a decir a Tísner que, si lo hubiesen encontrado a él también, habría corrido la misma suerte que su colega y amigo Planes”.
Josep Maria Planes fue enterrado en el cementerio de Sants el 25 de agosto de 1936, en una ceremonia que se ofició de forma casi secreta, en vista de las posibles represalias en aquel denso ambiente de retaguardia de la Guerra Civil. Se iba un auténtico pionero en muchos ámbitos. Un periodista moderno, tan joven como el siglo que le vio nacer, crecer, brillar y morir prematuramente en una Barcelona tan colorista y magnética como peligrosa y sangrienta.
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