Balas sobre Babilonia

24 d'abril: Festa dels Sometents al passeig de Gràcia, en desfilen 40.000
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Mientras el horror de la I Guerra Mundial alteraba el rostro que en adelante iba a tener el mundo, Barcelona se convirtió en la Gran Fiesta de Europa. Industriales haciéndose ricos de la noche a la mañana, el Paralelo en ebullición. Cocaína, champán y prostitutas en una ciudad que nunca dormía. Aunque, también, un polvorín en el que pistoleros de los sindicatos y de la patronal regaron las calles de sangre, en lo que fue un ensayo de lo que había de venir.

(Escritor, periodista, gestor cultural)
23 de diciembre de 2025

“Los locos años 20 empezaron en Barcelona durante los años de la I Guerra Mundial. La ciudad fue la gran beneficiada de la neutralidad española, gracias a que tenía puerto, industria y que estaba cerca de Francia”, explica David Revelles, periodista, escritor y entusiasta buceador de la Historia, coautor, junto con Jesús Martínez, de Pistolerisme a Barcelona. Laberint de sang i plom (Efadós). “En aquellos años, esto se convirtió en Babilonia”, añade.

Aquella frenética Babilonia, “donde cualquiera que tuviera un barco, y los arrestos para sortear los submarinos alemanes, se podía hacer rico en pocos meses”, se convirtió en el oasis de una Europa devastada por la guerra de trincheras. Las fábricas metalúrgicas, textiles y químicas trabajaban a tres turnos para satisfacer la demanda brutal de pieles y uniformes, de armamento, de comida y medicinas. Los contrabandistas se forraban cruzando los Pirineos o adentrándose en el Mediterráneo. La noche enloquecía en locales como el Lion D’Or, el Excelsior o el Edén Concert, donde el baile desenfrenado se alimentaba con cocaína y champán. Cafés como el Maison Dorée o el Español bullían, los prostíbulos como el de Madame Petit de la calle Lancaster no daban abasto y personalidades del mundo del arte como Francis Picabia, Olga Sacharoff o Pablo Picasso, se establecían en la ciudad.

Aventureros, buscavidas, prostitutas, espías, artistas, desertores, poetas, nobles, inadaptados, anarquistas, cronistas, músicos, vedettes, sicarios, obreros y ladrones acudían a Barcelona, atraídos por el sinfín de oportunidades que aquella urbe magnética, loca y corrupta ofrecía. “Imagínate ---prosigue Revelles---, mientras a doscientos cincuenta kilómetros de aquí la gente moría masacrada, La Rambla era un hervidero de gente de todo tipo, con dinero entrando a espuertas, transformando el rostro de esta ciudad que, sin duda, hubiese sido muy diferente sin esta situación de neutralidad durante la contienda”.

Pero aquella Gran Fiesta tenía un precio, que, entre 1917 y 1923, la ciudad pagó con mucha sangre y violencia, “en lo que se puede definir un ensayo general, una prueba piloto, de lo que luego acabaría siendo años después la Guerra Civil, y es que piensa que muchas de las armas con las que la gente salió a la calle en julio de 1936 se conservaban todavía de esta época”.

Los años del pistolerismo

Al mismo tiempo que la burguesía catalana acumulaba riqueza “y pedían botellas de Veuve Clicquot a 30 pesetas cada una, el jornal de un trabajador era de 6 pesetas, y más de la mitad era lo que le costaba comprar un kilo de bacalao para alimentar su familia”, explica el coautor de Pistolerisme a Barcelona. Mientras unos se hacían inmensamente ricos en poco tiempo, los otros veían cómo eran cada vez más pobres.

“La historia se repite. Unos pocos se hacían de oro aprovechando el conflicto, mientras que la mano de obra seguía explotada con salarios que cada vez compraban menos cosas”. Los bienes empezaban a escasear y la inflación hacía perder poder adquisitivo. “Las familias obreras, que venían aquí desde otras regiones a trabajar en turnos de 12 o 13 horas, se encontraban con que apenas podían subsistir con lo que ganaban”.

El desenlace era inevitable, y más en una ciudad “que no olvidemos que era la Rosa de Foc, y que tenía vivos en la memoria episodios como la Semana Trágica de 1909, que se originó por el descontento de las familias obreras ante el llamamiento a filas de sus hijos para la guerra de Melilla”. La CNT se había fundado en 1910 y en aquellos años fue ganando adeptos de forma exponencial, alimentando el resentimiento hacia los explotadores.

Este resquemor fue cocinándose a fuego lento hasta que, en 1917, la situación estalló. Entre mayo y julio de aquel año, los asesinatos del tintorero Frederic Roigé, el del sindicalista Josep Climent y el del industrial Joan Tàpies convirtieron Barcelona en escenario bélico urbano que iba a durar hasta 1923, “cuando Miguel Primo de Rivera dio el golpe de estado”.

Trabajador de una fábrica textil de Barcelona (Fondo Francesc Espuña).

Trabajador de una fábrica textil de Barcelona (Fondo Francesc Espuña).

Entretanto, se sucedió un lustro de guerra en las calles entre anarquistas y terroristas de la patronal aglutinados en la Banda Negra, una organización parapolicial comandada por el policía y espía Manuel Bravo Portillo ---que acabaría asesinado por los anarquistas en la calle Santa Tecla en septiembre de 1919--- y por el misterioso espía, estafador y aventurero Friedrich Rudolf Stallmann. Haciéndose pasar por barón (el barón de Köening), este se encargaría de seguir organizando asesinatos de líderes sindicales ---y, de paso, chantajes a industriales--- en aquella Barcelona, antes de desaparecer, oculto bajo muchos otros pseudónimos y nombres en clave, “aunque se sabe que durante la II Guerra Mundial ejercía de espía para los aliados y fue el que tomó las primeras fotografías a la máquina Enigma”, aclara Revelles.

El antes y el después

El pistolerismo barcelonés se divide en dos momentos clave: el de antes y el de después del fin de la I Guerra Mundial. “Ya lo vio claro Josep Pla en El quadern gris cuando, el 11 de noviembre de 1918, veía La Rambla tomada por masas entonando La marsellesa y aplaudiendo el fin del conflicto, y dijo aquello de que la guerra de los otros había terminado, y ahora empezaba la nuestra”, razona el periodista.

De pronto, con el final de la contienda, se terminaba la demanda de bienes, el dinero dejaba de fluir, se acababan los negocios, las prostitutas se marchaban y la bonanza tocaba a su fin. Quien no se hubiese hecho rico entonces, ya no iba a tener tantas oportunidades. Pero la cólera seguía ahí, pegando sus dentelladas entre la masa obrera y la patronal.

“Tan sólo tres meses después del fin de la guerra, en febrero de 1919, la huelga de La Canadiense, convocada por la CNT paralizó la ciudad durante cuarenta y cuatro días y lo transformó todo”. Aquella revuelta no sólo se saldó con mejoras salariales, la readmisión de obreros despedidos de la Barcelona Traction, Light and Power Company y la liberación de muchos de los detenidos durante el tiempo que duraron los paros, sino que supuso la primera implantación de la jornada laboral de ocho horas. Un gran hito histórico de la lucha obrera del Siglo XX.

Directivos de 'El Noticiero Universal' en el Paseo de Gracia. © Josep Brangulí (Arxiu Nacional Catalunya)

Directivos de 'El Noticiero Universal' en el Paseo de Gracia. © Josep Brangulí (Arxiu Nacional Catalunya)

Aun así, la violencia se recrudeció. Los somatenes, patrullas urbanas de civiles armados por el ejército para defender a la patronal, patrullaban las calles de Barcelona fumando caliqueños y liándose a tiros con quien se terciara. “Pero la gota que colmó el vaso fue cuando, en noviembre de 1920, el gobernador civil de la ciudad, Severiano Martínez Anido, impuso la Ley de Fugas, por la que la policía y la Guardia Civil podían disparar a los detenidos bajo pretexto de que estaban intentando escapar. Aquello derivó en masacre”.

Esta situación terminaría en 1923 con la llegada al poder de Miguel Primo de Rivera y la sustitución del Gobierno Constitucional por el Directorio Militar. Una de las primeras medidas del dictador fue ilegalizar la CNT, como preámbulo a una etapa de fuerte represión social y política en favor del ejército y la burguesía. En este contexto, la Barcelona marginal se iba a volver a arreplegar en las calles de un Distrito Quinto que, en breve, iba a ser rebautizado por el periodista Francisco Madrid como Barrio Chino.

Las mujeres toman las calles

Profusamente ilustrado y documentado, el libro de David Revelles y Jesús Martínez profundiza en personajes y episodios no tan conocidos, pero relacionados con el pistolerismo, como es el caso de la Revuelta del Pan que, a imagen y semejanza del Rebombori del Pa de 1789, movilizó a las mujeres de Barcelona en el frío enero de 1918 para protestar contra los precios de los productos básicos de consumo.

“Las artífices fueron María Marín y Amàlia Alegre y todo arrancó cuando esta fijó en una pared de la calle Om, donde vivía, un escrito convocando a todas las mujeres del barrio a marchar hacia el Gobierno Civil para protestar contra los precios abusivos de los bienes básicos y la negativa a vender el carbón al precio de tasa”. Total, más de 500 mujeres, cogidas del brazo “muy estrechamente, para evitar que se metieran los hombres”, avanzaron por la calle, tomaron Las Ramblas y se plantificaron en el paseo de Isabel II exigiendo poder llenar sus despensas con algo más que aire.

El retorno del 'Rebombori del pà', en enero de 1918. © Josep Brangulí (Arxiu Nacional de Catalunya)

El retorno del 'Rebombori del pà', en enero de 1918. © Josep Brangulí (Arxiu Nacional de Catalunya)

“Fue la primera gran manifestación feminista de este siglo, y no me resisto a citar una crónica de Ángel Samblancat, que terminaba con la frase lapidaria: 'Si comeremos huevos en las próximas semanas, no será por los nuestros [de los hombres] sino que será por los suyos [de las mujeres]”. Sobre este episodio destaca la reciente publicación del libro Amàlia Alegre i la revolta de les dones (El Lokal) por Carmen Jiménez Guillamón e Inma Guillamón Chalé.

Homenaje a Opisso, Sagarra y Brangulí

Para explicar aquel babilónico laberinto de guerra urbana, Pistolerisme a Barcelona echa mano de innumerables fuentes, sobre todo cronistas y prensa de la época. En sus páginas, vemos reflejadas crónicas e ilustraciones.L’Esquella de la Torratxa, La Campana de Gràcia, Mundo Gráfico, Nuevo Mundo, La Esfera, La Publicidad y un sinfín de cabeceras más aparecen reflejadas como testimonios directos de aquel momento de caos, opulencia y revuelta. No faltan fotografías de Josep Maria de Sagarra, Carles Fargas i Bonell, Josep Maria Co, Gabriel Casas, Josep Maria Brangulí e ilustraciones del genial Ricard Opisso, para Revelles “el gran cronista gráfico del pistolerismo barcelonés, el que mejor lo supo retratar en forma y fondo a través de sus dibujos para L’Esquella de la Torratxa”.El volumen es, claramente, un homenaje a muchos de aquellos periodistas, dibujantes y cronistas que atestiguaron lo que ocurría en aquellas calles peligrosas.

El laberinto del Minotauro

Como su propio subtítulo indica, Laberint de sang i plom, el volumen indaga “en cómo la situación se fue complicando cada vez más, convirtiendo esta ciudad en un dédalo del que parecía imposible salir, un laberinto del Minotauro que acabó devorando a algunos de los mejores hijos e hijas de Barcelona”.

Ilustración de Ricard Opisso en 'L'Esquella de la Torratxa' (Biblioteca de Catalunya)

Personajes como el abogado Francesc Layret, asesinado por pistoleros del Sindicato Libre carlista en noviembre de 1920; Salvador Seguí, alias El noi del sucre, “que ya era un mito viviente de su momento” y que fue asesinado en marzo de 1923, o Francesc Comas, el anarquista que murió a consecuencia del mismo atentado que había acabado con la vida de Seguí, “representan lo mejor que podía haber dado esta ciudad y, con ellos vivos, la política catalana y española de los años posteriores hubiese sido, sin duda, muy distinta y mejor”.

En el caso de Comas, alias Paronas, los autores de Pistolerisme a Barcelona han recuperado la libreta que llevaba en el bolsillo en el momento del atentado y que fue atravesada por una de las balas disparadas por Inocencio Feced.Un documento de enorme valor histórico porque explica por sí solo, de una forma escalofriantemente exacta, todo lo que aquel laberinto de sangre y plomo significó en aquella Babilonia descontrolada donde cualquier bala podía llevar tu nombre.

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Sobre el autor

Alberto Valle
Alberto Valle

Escritor, periodista, gestor cultural

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