La industria de la euforia

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20 de junio de 2026 a las 05:30h

Desde hace aproximadamente un lustro, las plataformas están currando de lo lindo para amorrar la generación Z a la pequeña pantalla. Esto se ve en las series de tele y los programas de influencers (la mayoría de los cuales altamente risibles y vomitivos) con los que TV3 promueve la juventud nacional y también, en lo que toca a can yanqui, en una narrativa más interesante que se gusta conjugando la mandanga del no future.

El producto más paradigmático de este fenómeno es Industry, historia de un grupo de jóvenes aspirantes a inversores de banca que sólo puede descubrir algo similar al amor y la trascendencia a base de ejercitarse en la crueldad. En cierta forma, la serie culmina la ética del capitalismo que, en obras maestras como Mad Men, todavía guardaba el glamur del dandismo, pero que ahora expone abiertamente a unos personajes que, vengan o no de buena familia, sólo serán aceptados por la industria si se prestan a ser desgraciados (nota importante; fijaros como uno de los personajes secundarios del show, la grácil Kiernan Shipka, ha pasado de ser la adorable hijita mona de los Draper a secretaria-proxeneta de jovencitas).

Los americanos son gente muy astuciosa y han encargado productos como Industry a Mickey Dona y Konrad Kay, dos antiguo financieros de la generación millennial reinventados a guionistas que conocen bien el mundo de las corbatas londinenses. Sin embargo, la obra no deja de caer en los tópicos boomers que asociamos a la juventud, describiendo una generación blanda sin raíces morales que sólo es capaz de olvidar momentáneamente sus daddy issues mediante altas dosis de metesaca y cocaína. Así ocurre con su protagonista, Harper Stern, una joven –de hecho, una actriz con un físico demoledor para los pedófilos como es Myha'la- que ha recabado en la empresa de inversión Pierpoint a base de falsificar su título universitario y de asesinar (laboralmente) a alguno de sus compañeros. A pesar de los tópicos, Industry acaba digiriéndose bien porque describe un estadio del capitalismo donde la psicología de los mermados afecta por igual a la masa y las élites o, dicho de otra forma, donde incluso gente como Musk y Altman pueden acabar dilapidándolo casi todo porque no saben gestionar sus taras pasionales.

Esta aparente complejidad de análisis presente se deforma todavía más en la archifamosa Euphoria de Sam Levinson, una serie que comienza con cierta gracia, mostrando el lado oscuro de la idílica vida de los institutos suburbiales americanos de los años noventa (pensad en cosas como Salvados por la campana, que ahora darían bastante vergüenza) a base de regalarnos el ego a la gente que nos criamos en la antigua clase media mediante el retrato de una generación actual permanentemente dopada a la que sólo se ofrece el privilegio de gestionar creativamente su fracaso. Éste es un producto con cierta mala leche dado que su protagonista, la excelsa Zendaya, fue una niña criada en las nubes del Disney Channel que aquí ejerce como drogata que tiene la suerte relativa de acabar sobreviviendo (spoiler alert, también palmando) gracias al tráfico de estupefacientes. Hay que reconocer al autor de Euphoria una sobredosis de inquina machista, pes tras sexualizarnos Sydney Sweeney ad nauseam, a la desdichada Cassie nos la acaban casando con un farsante arruinado de tres al cuarto al que solamente puede salvar gracias a su impresionante delantera. 

"Industry y Euphoria fracasan en la descripción de la generación Z, no solo porque se pasen de vueltas en su degradación"

El sotobosque moral de todo esto resulta claro; no sólo nos encontramos ante una regurgitación espumosa del precepto capitalista de la lucha a muerte por sobrevivir, aunque sea al precio de acabar prostituidos, sino también a la conclusión fatal de que uno sólo puede encontrar la paz a base de urdir su propio colapso (el colega Eudald Espluga habla de todo esto en un buen libro aunque comunisteante, Imaginar la fi, publicado en Raig Verd). Yo podría compartir la desgracia de una generación que, en cierto modo, va perdida por el mundo porque vive alienada de sus raíces. Pero diría que caer en la filigrana argumental de cargar la responsabilidad de esta vida líquida a la gente joven, sin prestar atención a la cultura que les han regalado las generaciones anteriores, resulta una fraudulenta empresa. Industry y Euphoria fracasan en la descripción de la generación Z, no sólo porque se pasen de vueltas en su degradación, sino sobre todo porque se lavan las manos a base de caer en lo que más critican a los púberes; crear una industria de la euforia sin autores ni causa alguna.

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