Los sentimentales, gente funesta y muy peligrosa, dicen que la música es el último refugio de las penurias del mundo. Debo admitir que, con el paso del tiempo, mi orgullo racionalista ha cedido un poco y puedo llegar a admitir que los espíritus ramplones tienen razón. El pasado jueves notaba el alma terriblemente embutida; en Barcelona llevamos idiotizados una semana a raíz de la visita de un monarca absoluto de toga blanca que dice ser la encarnación de la divinidad el cual, de momento, sólo nos ha regalado incomodidades en todo el barrio (tendré la desgracia de dormir a pocos metros de su madriguera). Por otro lado, la ciudad también se ha teñido de amarillo, no porque vuelvan los pérfidos lacitos, sino debido al citrino persistente de unos profes que, felizmente, le han recordado al Govern (¡y a sus patéticos representantes sindicales!) que no van a la huelga para llenase los pantalones de billetes, sino para trabajar con mínimas garantías. Pero la administración tiene un sentido más bien creativo de la democracia y ha dicho a los maestros que gracias por su opinión pero que si acaso nosotros continuaremos haciendo lo que nos salga de los picarols.
Con todo este panorama espantoso a las espaldas y con la cabeza tullida por el ruido del mundo, me refugié en el Palau de la Música, donde el Trío Fortuny ponía fin a una residencia de tres años en Can Domènech i Muntaner. Sólo existe un placer superior a descubrir por primera vez una pieza; la alegría de reencontrarla tiempo después y que todavía te deje más abrumado. Es así como volví a quedarme tieso con esta animalada monumental que es el Andante con moto del Trío D929 de Schubert (¡sí, el de Barry Lyndon de Kubrick!), un movimiento que -en sí mismo- justificaría la entrada al Olimpo de los compositores de todos los tiempos. Tiene cierta coña, porque el tempo que se utiliza en esta bestialidad de pieza -el andar depende de la situación histórica y contextual de cada individuo- marca las palpitaciones de una época determinada. En la grabación clásica de Serkin y los Busch (1953), de triste áurea de posguerra, el deambular es agónico y el movimiento dura 11 minutos; a medida que se acelera el tiempo, vemos como el paseo vira hacia el optimismo capitalista; los Grumiaux (1972) bajan a 10,07 y los Florestan (2002) se cascan el invento en 8,33.
No fui tan friki como para contar el minutaje que urdieron el violinista Joel Bardolet, el chelista Pau Codina y el pianista Marc Heredia. Sin embargo, diría que los Fortuny se ubicaron justo al medio de los extremos para dar un sentido de estoicismo al movimiento, pero con cierto temple mediterráneo. Ésta es una formación catalana y somos gente más bien mortuoria, con lo que el tema principal -¡qué sonido saca Pau de su bello instrumento!- se notó fúnebre, pero también tenía esa gracia tan sexy de las frases schubertianas. Pero bueno, todo esto resulta anecdótico, porque la Punyalada de hoy quiere hacer constar que tocar este trío, el segundo de Schubert, requiere una formación de primer mundo y tengo la bondad de afirmar que los Fortuny ya son uno de los mejores tríos de Europa y que el concierto al que asistí podría triunfar en cualquier sala de cámara del mundo. Por ello fue doloroso contemplar la sala peque del Palau de la Música, con esa mala acústica prototípica de los constructores socialistas, tan vacía de peña. Barceloneses, debéis aprender negligir lo superfluo con tal de abrazar lo más trascendente.
Los Fortuny son un ensemble de una musicalidad desbordante. La mayoría de tríos del planeta se desayunan el Allegro de esta obra canónica con demasiada rapidez, para marcar paquete sonoro; pero los nuestros lo sirvieron con la calma que exige la partitura. Joel es un violinista demencial y su capacidad para gestionar el vibrato sin renunciar a una precisión inmaculada en la afinación es de otro planeta. Pau, decía antes, ha devuelto esta grandeza tan de nuestra patria al violonchelo (lejos las verduritas fuera de tono de tipo Capuçon y más musculatura de la escuela Gary Hoffman; muy a favort). Y lo de Marc Heredia también tiene mucha gracia, porque nuestro pianista es todo un señor de Barcelona pero criado en la escuela rusa, con lo que te ahorra cualquier mandanga amanerada a la hora de tocar y asegura una columna vertebral harmónica esculpida en mármol. Todo esto se notó especialmente al inicio de la Passacaille del La menor del gran Ravel, dificilísima obra que los Fortuny se merendaron con una alegría flamenca (del otro entremés del programa no hablaré, porque no vale la pena).
"Los Fortuny son un ensemble de una musicalidad desbordante"
Hay que felicitar de nuevo la labor de los programadores del Palau, en este caso bajo el impulso de Mercedes Conde Pons, que nos han acostumbrado a la mejor programación sonora de la ciudad (a la xul, si puedo ponerme quisquilloso, sólo pediría aún más conciertos de cámara, porque sesiones como ésta demuestran que en este repertorio se encuentra lo mejor de los mejores). Antes hablaba de la música como refugio y, en semanas como ésta, una velada así no sólo te serena el espíritu, sino que me permitió salir del barrio de Sant Pere con el alma limpia. El jueves pasado por la noche, tras la versión bellísima del lied Morgen que cerró el concierto como bis, estaba tan contento que, ciutatvellí militante como ahora soy, salí de can Domènech i Muntaner para volar directo al bar Conesa donde, aún con este Andante con moto en la sesera, envié la dieta a tomar por el saco gracias a un bocadillo de butifarra con ajos tiernos (mi alegría devino tal que incluso debo confesar que mojé las patatas en un platillo de alioli). Espero que Franz y los Fortuny me perdonen tanta pornografía, pero la música me excita sobremanera.
Lo vuelvo a decir y a escribir, que tanta anécdota quizás puede hacernos olvidar lo esencial. Está la Barcelona de la sordidez, de los fastos y la pasarela continua de vedetes religiosas y laicas; pero después está la ciudad donde uno puede asistir a conciertos del primer mundo, donde sólo falla la desidia de los conciudadanos a la hora de cuidar el alma con aquello que les conviene de verdad. Exijo que este trío vuelva pronto a nuestras salas y que hagáis el fotut favor, hermanos barceloneses, de rendirles la servitud que merecen.


