De vez en cuando, supongo que por herencia materna, me levanto de una forma compulsiva y arbitraria con una frenesí enfermiza para deshacerme de objetos y papeles. Es una consuetud demencial que me ha llevado a desprenderme de toneladas documentos inservibles, libros que quizás me habían emocionado pero que no tendré tiempo de volver a zamparme (los dejo en la Baixada de Santa Eulàlia, para endulzar el martirio eterno de nuestra patrona) y todo tipo de souvenir. No conservo prácticamente ninguna fotografía mía, de amigos o de mis señoras (ni siquiera de mis quiet days in Harlem); adoro el pasado pero no quiero embutirlo en los baúles para no caer en la nostalgia y, cuando despache el último aliento, de mí sólo quedarán miles de artículos en la nube virtual que gestionan unos pocos frikis judíos. Quizá por ello siento una secreta fascinación por la gente que dispone de la paciencia y tesón suficiente como para garantizarnos la memoria en su fondo de armario.
Los archiveros son, básicamente, el apogeo de esta especie de animalitos entrañables que salva nuestra indiferencia a base de guardar el máximo de cosas posibles. Esta pasada semana, Barcelona celebró la Setmana Internacional dels Arxius 2026, y servidor la ha aprovechado para escapar del insufrible embutido papal (en versión olímpica algo desganada y, como tal, notoriamente socialista) hacia la paz de sus cementerios documentales. Gracias a Glòria Gimeno, directora del Arxiu Municipal Contemporani de nuestra ciudad, pude asomarme a una muestra bellísima de planos urbanos originales de Antoni Gaudí. Gocé muchísimo comprobando cómo, con el paso del tiempo, unos documentos que nuestro genio presentó a la administración como simple condición para obtener una licencia constructora ahora son auténticas obras de arte. Así por ejemplo el plano original de la casa Milà, una fumada tremenda que ---vista en picado--- parece una nube llena de golosinas inquietas.
Repasando la obra gaudiniana en el archivo, me embobo especialmente con los proyectos del señor Antoni que no llegaron a hacerse realidad, farolas de aire románico y quioscos proustianos que los jefazos de Barcelona debieron recibir con tanta incredulidad como los vieneses los últimos cuartetos de Beethoven. Entre tanta belleza, me detengo arrodillado ante el documento donde Josep Batlló encarga la reforma integral de una casa que ahora conoce todo el mundo (y por donde los habitantes del Eixample ya no pueden deambular, porque siempre hay manadas de japoneses y otros animales tocándoles los picarols). Éste es un breve documento esencial, testigo de una burguesía industriosa que se dirigía al mundo en lengua catalana y que no tenía ningún miedo en promocionar a los arquitectos más atrevidos de su tiempo, contraste evidente con los riquitos de ahora, castellanizados, orgullosamente analfabetos, directores de periódicos absurdos.

Barcelona cuenta con una serie de archivos espléndida y unos profesionales dedicadísimos pero excesivamente parapetados; esto no es responsabilidad suya, sino también de nuestra desidia al descubrir los tesoros que custodian con tanta ciencia. En el caso del presente archivo, el Municipal facilita asesoramiento para un total alucinante de 15.000 consultas documentales cada año y, de ponerse todos sus archivos en fila, llegaríamos a 23 kilómetros de papeleo. Su tarea no consiste únicamente urdir un fondo armario de interés patrimonial importantísimo, como certifica el caso de los planes urbanísticos (que comporta el 85% de consultas de usuarios de la ciudad), un tipo de documentos que son el acta notarial de un urbanismo que siempre debería regularse desde el poder. Los archiveros del Municipal han tenido trabajo, porque la digitalización de los planos urbanos llegó en 2019, certificando que la administración prevé la innovación en adagio sostenuto.
La Setmana Internacional se cierra hoy mismo en el Canòdrom con la V Jornada de Recerca Històrica dels Barris de Barcelona, reunión de pratrimonialistas que no debería ser únicamente una madriguera de expertos en la materia, porque ahí se charlará sobre los recursos documentales relativos a la ciudad de los que dispone el Ayuntamiento (hay que recordarlo, ¡están disponibles para toda la ciudadanía!). Antes de ir a un acto de este tipo, uno piensa que todo lo que se discute en el lugar no nos interpela; pero cuando visito los archivos con otros conciudadanos siempre me encuentro a gente común la mar de interesada en nuestro pasado urbanístico, arquitectónico y etcétera. De cara al próximo año, me queda pendiente descubrir los archivos de los distritos, que también han abierto sus puertas (desgraciadamente y necesaria, para grupos reducidos) y donde seguramente deben guardar tesoros como estos bellos planos de Gaudí que dormitaban casi en el olvido.
Hoy canto "Archivos, ¡Oh, Archiveros!" para reivindicar la labor soterrada de la gente que no hace como yo, malgastador y basurero compulsivo de trascendencia, y nos custodian las cosas para que, superada tanta pereza, tengamos la bondad de mover el culo para admirarlas y celebremos la suerte de poder consultarlas. Amadlos, conciudadanos, os lo ordena el factótum de esta vuestra Punyalada.


