Hotel Peninsular: uno de los patios más fotogénicos de la ciudad

El cartel del Peninsular entre otros muchos de la Calle de Sant Pau, en el corazón del Raval de Barcelona (Javier Ortega Figueiral)
El cartel del Peninsular entre otros muchos de la Calle de Sant Pau, en el corazón del Raval de Barcelona (Javier Ortega Figueiral)

Carrer de Sant Pau. Para el capítulo 28 de 'Hoteles con Historia0, la serie que cada quince días publicamos en The New Barcelona Post, volvemos a esta calle del Raval: casi 800 metros que unen la Rambla con la Ronda de Sant Pau.

(Periodista, consultor jurídico-aeronáutico y escritor)
16 de octubre de 2026 - 05:30

Ya hablamos de ella cuando visitamos el Hotel España para el octavo capítulo, y regresamos a ella para conocer otro establecimiento: el Peninsular. Un hotel con mucha historia, y con muchas historias, que en cierto modo es una excepción en la planta hotelera de la ciudad: se ha mantenido fiel al pasado, no ha sucumbido a planes de modernización o a subidas de precio, y conserva uno de los patios más sorprendentes de Barcelona.

Empiezo por el patio, porque es lo que se te queda. Entras por el número 34, junto al Liceu, cruzas una recepción que no presume especialmente, aunque notas que tiene sus años y tras un primer tramo de escaleras, tienes tres plantas de galerías abiertas, todas las habitaciones asomadas al mismo hueco y una enorme claraboya arriba. Los suelos son de mosaico hidráulico, los zócalos son verdes y las barandillas, de hierro colado y madera. Parece un claustro… y no es casualidad.

Y es que en este solar hubo frailes, aunque la historia tiene más vueltas de las que cuentan casi todas las guías. Tras 1714, cuando Barcelona cae y se construye la Ciutadella, el convento agustino de Sant Agustí de la Ribera queda mutilado. La orden se traslada al Raval y levanta otro, que resiste hasta el incendio de la bullanga de Sant Jaume de 1835.

El patio común a todas las habitaciones y sus plantas son la característica más singular de este establecimiento (Javier Ortega Figueiral)
El patio común a todas las habitaciones y sus plantas son la característica más singular de este establecimiento (Javier Ortega Figueiral) 

Treinta años más tarde se construye el edificio que hoy ocupa el Peninsular, que respeta la idea del gran patio con los cuartos alrededor: donde antes estaban las celdas, ahora hay habitaciones. La iglesia, esa sí, sigue en pie, pared con pared. Desde el terrado casi puedes tocar sus vidrieras, y a tu alrededor se alzan varios campanarios reconocibles, como los del Pi, la Mercè o la catedral. Más allá se distinguen el hotel W, el Barceló Raval, el enorme edificio Colón, las torres del teleférico y, a lo lejos, el Tibidabo y el MNAC.

En el sótano hubo, además, un túnel que comunicaba el antiguo convento con la iglesia. Sigue ahí, pero no se puede llegar a él: el acceso lo taparon. Nos quedamos con eso, con una historia a medias.

En el hall de entrada puede verse un bonito cartel de restaurante, aunque hoy el Peninsular únicamente sirve desayunos a sus huéspedes. Y es que, antes de hotel, el edificio fue restaurante, con un cocinero de lujo: Prudenci Bros, que había guisado para Isabel II. Entre 1875 y 1877, unos italianos que trabajaban en la Fonda Oriente de la Rambla (hablaremos de ella en un próximo capítulo) decidieron montárselo por su cuenta y lo convirtieron en casa de huéspedes. Entre ellos, un tal Francesco Totti, con el mismo nombre que el célebre futbolista de la Roma y de la selección italiana. No sabemos si hay parentesco, pero la coincidencia merecía una línea.

La apuesta hotelera funcionó: con los visitantes de la Exposición Universal de 1888, necesitados de alojamiento, les fue de maravilla. En 1889 anunciaban un establecimiento ‘construido expresamente para fonda’, con grandes departamentos para familias y cocina española y francesa. En 1909 la sociedad ya se había disuelto y la casa pasó a Regàs, Badó y Maulini, que la reformaron con ese modernismo discreto que hoy se admira. Aquí no hay firma de Gaudí ni de Domènech; eso lo tuvo la antigua fonda, hoy Hotel España, unos números más allá y en la acera opuesta.

La iglesia de Sant Agustí desde en terrado del Peninsular(Javier Ortega Figueiral)
La iglesia de Sant Agustí desde en terrado del Peninsular (Javier Ortega Figueiral) 

Con la nueva propiedad el hotel llegó a las 90 habitaciones, que vinieron muy bien para alojar a los visitantes del otro gran evento barcelonés: Exposición Internacional de 1929. Como tantos establecimientos de la ciudad, en los primeros años de la Guerra Civil el Peninsular se destinó también a usos ajenos a la hostelería por las necesidades especiales de una ciudad que resistía el golpe de Estado de 1936 y se veía arrastrada a la guerra. La recuperación posterior fue lenta y hubo varios cambios de propiedad. Otros establecimientos se ganaron el favor de los viajeros y este, que había sido muy apreciado en las primeras décadas del siglo XX, perdió brillo a marchas forzadas. Aun así, algunos anuncios de principios de los años cincuenta hablaban de ‘esmerada cocina’ y de 70 habitaciones y 40 baños.

En los sesenta el negocio iba de capa caída y lo compró la familia Herrero-Catalán, de origen turolense, como bastantes hoteleros que hicieron carrera en el centro de Barcelona a mediados del siglo pasado. Hoy el Peninsular lo regentan dos primos, Silvia Catalán y Àlex Herrero, la tercera generación de una familia que no renuncia a su casa, por más ofertas que haya recibido. Silvia aún no sabe si la siguiente generación querrá seguir en el negocio, y se muestra sorprendida de que incluyamos su hotel en la serie junto a tantos nombres ilustres de la ciudad.

Y la verdad, y ahora toca hablar brevemente de la filosofía de esta serie, es que, si solo nos hubiéramos centrado en esos hoteles de relumbrón, los 27 capítulos anteriores habrían sido demasiado fáciles. En Hoteles con Historia arrancamos con un dos estrellas y hemos pasado por establecimientos de cinco estrellas y Gran Lujo, aunque también por hoteles familiares y otros de nueva planta. Lo importante es que forman parte de la historia de la ciudad y que en ellos se han vivido historias de todo tipo.

Una de esas historias marcó a todos los hoteles de Barcelona y todo el mundo la recuerda: la pandemia de 2020. El Peninsular cerró y lo hizo tapiando con ladrillo puertas y ventanas, por miedo a que lo ocuparan. Durante dos años, su fachada fue una de las imágenes más fotografiadas de la ciudad parada. Aguantó porque no había hipoteca ni alquiler que pagar: sin esa ventaja, dicen, habría sido imposible. Reabrió el 10 de febrero de 2022. Silvia admite que fue una etapa singular y que nunca habría imaginado que, por algo ‘que no era una guerra’, se quedarían tanto tiempo sin huéspedes. ‘Cuando pudieron, reabrieron los grandes establecimientos con precios impensables y no tenía sentido reabrir nosotros cuando podíamos haberlo hecho’, reconoce.

Lo curioso, volviendo al interior del hotel, es que el patio no tiene ninguna protección patrimonial. Es modernista, es bonito y no consta autor, y ninguna ley impide que alguien lo cambie. En una ciudad que ha tirado abajo edificios modernistas o hasta murales de grandes artistas, eso da miedo. Hoy el patio sigue en pie gracias a una familia que quiere mucho su casa y su sustento, y eso es todo.

Acceso al hotel. En el cartel de la derecha siempre anunciada la temporada del Liceu. El teatro de la ópera es vecino del Peninsular (Turisme de Barcelona)
Acceso al hotel. En el cartel de la derecha siempre anunciada la temporada del Liceu. El teatro de la ópera es vecino del Peninsular (Turisme de Barcelona) 

Hay otras cosas: la escalera de mármol que conserva los ganchos donde colgaban las lámparas de gas, el suelo ajedrezado, los detalles de madera y hasta la caja para las llaves de las habitaciones. Pero de lo que hablo cuando hablo de este hotel es de cómo lo han cuidado sin retocarlo. Entras, subes un par de plantas, te apoyas en la barandilla y no sabes si estás en 1865, en 1920 o en 2026.

Desde la calle no te imaginas lo que hay dentro: unas banderas y un cartel de letras verdes sobre fondo blanco, Hotel Peninsular. Un histórico detenido en el tiempo, con precios razonablemente moderados para estar en pleno centro y en un sector donde las tarifas se han disparado.

Hoy siguen llegando clientes de todo el mundo que, buscando su habitación, caminan fascinados por unas galerías llenas de plantas colgantes, en el mismo solar donde hace mucho, mucho tiempo paseaban en silencio los frailes agustinos.

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Sobre el autor

Javier Ortega Figueiral
Javier Ortega Figueiral

Periodista, consultor jurídico-aeronáutico y escritor

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