El ambiente en las inauguraciones de temporada del Palau tiene ese regusto de reencuentro familiar, pequeño-burgués y menestral, que viste un palacio pero que nos recuerda que este trozo de palacio lo fundó un joyero. Me lo recuerda un asiduo del Liceu, que nota perfectamente la poca pompa del palco y a la vez esa manera nuestra de poner pompa al cargo institucional autonómico, a la pequeña empresa, a la presidencia de una fundación.
Todo queda muy cercano, en el Palau, hasta el punto de que todo el mundo parece poder convertirse en cualquier cosa y se crea así esta especie de ficción del “sueño catalán” donde el plural, el “nosotros”, acaba siendo aunque sea un poco reconfortante en estos tiempos tan descarnados. Quizás por eso también reconforta el programa: homenaje a Pau Casals, con motivo de la conmemoración del 150 aniversario de su nacimiento, y un Beethoven omnipresente y bien iluminado. “No es por ti”, me puntualiza el director Joan Oller: “es por aquello de la guerra”.
Para quien no lo sepa, ilustraremos: Casals dirigió la Novena en 1931 en un concierto multitudinario en Montjuïc para celebrar la proclamación de la República (me dice una persona del Orfeó que fue la primera vez que se interpretó en el Estado, y que fue con la traducción de Joan Maragall). Un año más tarde, con la Orquesta Pau Casals, lo hizo en el Palau de la Música. Y justamente el fatídico 18 de julio de 1936, mientras estallaba la Guerra Civil española, Casals se encontraba ensayando esta sinfonía de Beethoven en el Palau de la Música, con motivo de la próxima inauguración de la Olimpiada Popular (una oposición a los Juegos Olímpicos de Hitler que nunca se llevó a cabo), con la misma orquesta y el Orfeó Gracienc.
Según el relato del propio maestro, "Cuando el coro estaba a punto de subir al escenario, un hombre corrió hacia la sala. Me dio un sobre y, sin respirar, dijo: es del ministro Gassol. Se espera una revuelta en la ciudad en cualquier momento (...) Leí en voz alta el mensaje a la orquesta y al coro y dije: ‘Queridos amigos, no sé cuándo volveremos a estar juntos. Como despedida de cada uno a los demás, ¿podemos tocar el final?’ Y respondieron: ‘Sí, ¡toquemos el final!’ La orquesta tocó y el coro cantó como nunca antes. Las lágrimas no me dejaron ver las notas. Me despedí de mis amigos, eran como mi familia."

Esta es la familia que se plegó este 28 de septiembre en el Palau de la Música, con el protagonismo del gran violonchelista Pablo Fernánez, primer merecedor de la beca Pau Casals (y que nos interpretó un Cant dels Ocells versión Vivancos con literalmente pajaritos cantando, y toda la Suite para violonchelo núm. 1 en Sol mayor de Bach); el Quartet Casals, que con un preciosismo sorprendente nos descubrió qué quiere decir el Cuarteto para cuerdas en Do mayor de Schubert y por qué Casals estaba tan enganchado a él (lejos de los -para mí- insufribles lieder invernales cantados, y dignos discípulos de la sensibilidad de Beethoven); la Escolania de Montserrat, con un Nigra Sum y un O vos omnes del mismo Casals, ambas conectadas históricamente a la montaña serrada; y evidentemente el Orfeó Català, que acompañó a la Orquestra Simfònica del Vallès (y los solistas Roger Padullés, Ferran Albrich, Gemma Coma-Albert y Marta Mathéu) con el Finale coral de la Novena. Esto último bajo la dirección del entusiasta Xavier Puig, director del Orfeó, lo cual completa esta gran foto de familia que bajo el busto de Beethoven rendía homenaje a Casals, con una nostradísima compilación de talento autóctono, arte de proximidad, interpretación de kilómetro cero, marca de la casa del Palau. ¿La Aida del Liceu? Muy bien, también.
En los palcos presidenciales (entre otros) una notable representación de la conselleria de Cultura, el Padre Abad, el exalcalde y exministro Narcís Serra, la directora y el patronato de la Fundació Catalunya-La Pedrera, el arquitecto jefe de la Sagrada Familia y evidentemente buena parte del patronato del Palau y la Junta del Orfeó Català, ufanos de la exhibición de calidad mostrada y de las diversas promesas, aún embargadas por secreto, que guarda la institución para esta temporada (algunas de tipo artístico, algunas más de carácter urbanístico), dirigidas por el buen equipo de Joaquim Uriach.
Tal vez el Cant de la Senyera es nuestra Novena, o como mínimo nuestro enésimo canto a la libertad
El acto enlazó la Novena con el Cant de la Senyera con una continuidad casi musical, y no solo poética (ambas piezas contenían letra de Joan Maragall). La humanidad, la hermandad, la paz, la libertad. Tal vez el Cant de la Senyera es nuestra Novena, o como mínimo nuestro enésimo canto a la libertad, y tal vez ha sido prohibido varias veces como si fuera un himno subversivo y no el himno de un orfeón. Existir, a veces, es subversivo por sí mismo. Y el Palau ha decidido existir, y existir mucho.
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