Hay un piano de cola en el restaurante del Alma que casi no se ve. Buena parte del día permanece detrás de una elegante cortina que lo resguarda y solo aparece cuando la sala está en funcionamiento. Sin embargo, suena. Suena con la precisión y la calidez de un gran concertista, porque es un Steinway & Sons con sistema Spirio, la tecnología que la propia casa fabrica para que el instrumento interprete, en alta resolución, las grabaciones de los mejores pianistas del mundo.
No hay músico en la sala. Solo el piano, la pieza y quien la quiera escuchar. Es un detalle tan discreto que resulta casi filosófico, y dice mucho del Hotel Alma, protagonista del capítulo 24 de Hoteles con Historia e Historias, la serie que cada dos viernes publicamos en The New Barcelona Post.
Discreción: esa es la palabra que lo define todo aquí. Y es también, si uno se detiene a pensarlo, una elección radical en el contexto del Eixample más turístico y exhibicionista del siglo XXI.
Dreta de l’Eixample
El edificio de Mallorca 269-271 lleva grabado en piedra y sobre una de sus entradas el año de su nacimiento: 1910. Lo construyeron en los primeros años del siglo, cuando la cuadrícula del Eixample todavía se estaba llenando y cada solar era una nueva casa para la burguesía barcelonesa. La fachada es Eixample canónico: piedra contenida, proporción correcta y presencia sin ostentación. El tipo de edificio que en la Barcelona de 1910 marcaba una posición social sin necesidad de llamar demasiado la atención.
Treinta y siete años después de su construcción, en 1947, llegó un inquilino que encajaba perfectamente con ese espíritu: Solvay Ibérica, la filial española del gigante belga, instaló allí su Dirección General y oficinas para la península. Solvay era (y sigue siendo) una de las grandes empresas químicas europeas. Fue fundada en 1863 por el ingeniero belga Ernest Solvay a partir de un proceso revolucionario para producir carbonato sódico.

Su primera fábrica española había abierto en 1904 en Torrelavega, con presencia del rey Alfonso XIII. Una empresa técnica, discreta y poco dada al escaparate (tampoco lo necesitaba) eligió este rincón del Eixample como cuartel general ibérico durante casi seis décadas. En 2005, cuando Solvay se mudó al edificio L'Illa en la Diagonal, el número 269 de Mallorca quedó libre. Y alguien supo leerlo bien.
Poco después Alma Hotels compró el inmueble y encargó su rehabilitación al estudio Habitan Architecture, con el interiorismo a cargo de Nori Furlan y Paco Llonch, de Studio Coriumcasa. El proyecto tomó una decisión que define el carácter del resultado: no se quiso hacer un hotel nuevo escondido bajo una piel antigua, sino que se intentó fusionar lo clásico con lo actual.
La fachada de la calle Mallorca conserva el estilo clásico del Eixample y la que da al jardín interior es contemporánea, con cristal, acero y madera de cedro. En el centro del establecimiento, un atrio de siete plantas iluminado por una claraboya ejerce de ‘bisagra’ entre las dos fachadas, inundando de luz natural unos pasillos que de otro modo podrían haber quedado cerrados sobre sí mismos.
El hotel abrió sus puertas en 2011, y desde entonces lo dirige la familia Ausejo, que ha mantenido intacta esa mezcla de lujo tranquilo y discreción desde el primer día.

El jardín
Se podría decir que el gesto más importante del proyecto no es estrictamente arquitectónico, sino paisajístico. Es, casi, un acto de justicia urbana con la historia de la ciudad. El jardín interior, ese pulmón verde que los huéspedes contemplan desde las habitaciones, y donde se puede desayunar o tomar una copa al caer la tarde, fue recuperado tal como Ildefons Cerdà lo había imaginado en 1860.
Cuando el ingeniero trazó la cuadrícula del Eixample, los interiores de manzana estaban concebidos como espacios verdes y semipúblicos: jardines compartidos. La Barcelona real traicionó casi sistemáticamente ese sueño: los patios interiores fueron devorados por almacenes, talleres, ampliaciones o aparcamientos. La ciudad ganó metros cuadrados, aunque perdió zonas verdes y aire.
El Alma es uno de los poquísimos casos en que ese jardín no solo se conservó, sino que fue devuelto a su espíritu original. El Ayuntamiento de Barcelona lo reconoció así y lo incluyó en las Setmanes d'Arquitectura precisamente por eso. Si Cerdà pudiera asomarse hoy allí, reconocería algo de lo que imaginó en su idea de ciudad.
El Eixample tiene estas curiosidades. A unos pasos del Passeig de Gràcia, que es una de las avenidas más fotografiadas, transitadas y tumultuosas de Barcelona, existe un hotel donde el silencio es una política. No el silencio sin más, sino el silencio habitado: el del jardín, el del piano que suena sin pianista, el de las 72 habitaciones de más de 50 metros cuadrados que miran al verde y a la calle aisladas de su ruido. Hasta el acceso a ellas es discreto: se abren con huella dactilar, sin tarjetas ni ruido de llaves en la puerta.

Esa discreción tiene, además, reconocimiento oficial: el Alma ostenta una Llave Michelin, la distinción con la que desde hace apenas un par de años la guía señala alojamientos de carácter singular, al margen de las estrellas que reserva para restaurantes. Y hay huéspedes que valoran, sobre todo, no ser reconocidos.
El chef y escritor Yotam Ottolenghi, que no se prodiga en elogios hoteleros, ha recordado públicamente que en el Alma probó el mejor desayuno de su vida. No es el tipo de publicidad que un hotel discreto busca, aunque es exactamente la que merece.

Sant Jordi
Esa norma de la casa, sin embargo, se salta una vez al año, y de manera deliberada. La víspera de Sant Jordi, La Vanguardia traslada su fiesta literaria a los jardines y al terrado del Alma. Ahí el hotel se convierte, por una noche, en uno de los epicentros sociales de Barcelona: editores, autores, políticos y buena parte del papel cuché de la ciudad se cruzan entre las mismas plantas que el resto del año solo ven a huéspedes empeñados en pasar inadvertidos.
Es la excepción que confirma la regla, y quizás por eso funciona: un jardín pensado para el silencio, prestado por una noche a la fiesta más ruidosamente literaria del año.

Fuera de esa fecha, la discreción vuelve a ser ley, y se aplica sobre todo a los huéspedes. En la mayoría de los hoteles de lujo la dirección no revela jamás quién se aloja en sus habitaciones; en el Alma esa norma se vive casi como una cuestión de fe. Sacar a la luz una anécdota protagonizada por una cara conocida es, prácticamente, misión imposible: las hay, pues en sus 72 habitaciones o suites y más de quince años de historia, algo pasa siempre, aunque el empeño de todo el personal, de la recepción a la limpieza o dirección, consigue que esas historias se queden exactamente donde tienen que quedarse: dentro de sus muros.
Junto al Passeig de Gràcia, sin estar en él. Con toda la ciudad al alcance, tan cerca y tan lejos. Un piano que suena, aunque no se vea. Un jardín que existía en los planos de 1860 y que tardó ciento cincuenta años en materializarse.
Silencio, discreción y elegancia. Eso, en la Barcelona de hoy, es quizá el lujo más difícil de encontrar.
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