Grand Hotel Central, la casa de Francesc Cambó

Imagen aérea del Grand Hotel Central de Barcelona
Imagen aérea del Grand Hotel Central de Barcelona

Érase una calle y un edificio nuevos. Además de los carteles de la compañía constructora, durante las obras, el número 30 de Vía Laietana lucía un letrero poco frecuente: Cardellach. La entonces joven casa de ascensores anunciaba con orgullo que la finca estaría dotada con uno de sus elevadores. El promotor, un célebre empresario y político, también quería que se supiese.

07 de agosto de 2026 a las 05:30h

En 1924, Francesc Cambó encargó que construyeran su nueva casa de Barcelona en una calle que todavía no existía del todo. La Vía Laietana llevaba años abriéndose paso a golpe de derribo por el tejido medieval de Ciutat Vella, y la mayoría de los inversores esperaban a que la avenida estuviera hecha antes de apostar por ella. Cambó no. Puso su dinero en el 30 antes de que hubiera vecinos, antes de que hubiera tráfico y antes de que nadie pudiera saber con certeza si aquello iba a funcionar.

Además, hizo algo que nadie había hecho en la ciudad: puso su dormitorio, despacho, biblioteca y vida privada en el ático del que fue en su momento el edificio más alto de la Vía Laietana. Ese lugar es hoy el Grand Hotel Central, protagonista del capítulo 23 de Hoteles con Historia, la serie que cada 15 días publicamos en The New Barcelona Post.

Hasta entonces, la burguesía barcelonesa prefería los pisos nobles del Eixample: de ahí lo de los "principales" y entresuelos, viviendas de techos altos y acceso fácil. Los áticos eran para el servicio. Cambó invirtió el orden. Instaló su vivienda familiar en la planta más alta, y reservó los pisos intermedios para oficinas. No era un capricho sino una declaración de principios de alguien que entendía que la tecnología acababa de cambiar las reglas de la ciudad y que los primeros en entenderlo ganarían.

Todavía subió más su apuesta por las alturas. En la azotea, sobre los tejados de Barcelona, Cambó pidió construir un jardín que desde la calle era invisible. Lo diseñó Jean Claude Forestier (el paisajista que había transformado Montjuïc), junto a su colaborador Nicolau Rubió i Tudurí. Naranjos, limoneros, cipreses, buganvillas, fuentes, esculturas… más de mil metros cuadrados de Mediterráneo suspendido sobre la ciudad. El primer jardín sobre una cubierta urbana construido en Barcelona. Un lugar del que casi nadie sabía nada y al que casi nadie tenía acceso.

El primer jardín sobre una cubierta urbana construido en Barcelona.

Ese gusto por lo elevado, por lo que no se ve desde la calle, por lo que hay que merecer para encontrar, define a Cambó mejor que cualquier biografía oficial. Empresario, político y mecenas en proporciones difíciles de separar, fue la figura más influyente del catalanismo conservador en el primer tercio del siglo XX. Fundó la Bernat Metge, una fundación responsable de traducir casi 450 clásicos griegos y latinos al catalán también reunió una colección de arte que a su muerte repartió entre el MNAC y el Prado, e impulsó instituciones culturales con la misma energía con que negociaba votos en Madrid. También tuvo una relación con el franquismo que la historia ha juzgado con dureza. Era eso: una figura compleja, como casi todos los que dejan huella.

De aquella pasión bibliófila queda un testigo directo dentro del propio hotel. Situada en la octava planta del edificio, la Biblioteca de Cambó se ha mantenido intacta. Estanterías que se elevan de piso a techo, paneles de madera, suelos de parquet y molduras de caoba en el techo nos remiten a la estética de los años veinte. Alberga parte de su colección personal de libros y funciona hoy como espacio de eventos privados. Es, junto al jardín de la azotea, el rincón que mejor resume al personaje: culto, reservado y selecto.

Foto antigua del Grand Hotel Central

La materialización del edificio recayó en Adolf Florensa, uno de los nombres que más ha moldeado Barcelona y que menos veces aparece en las guías. Nacido en Lleida en 1889, titulado en 1914, Florensa fue nombrado arquitecto municipal del Ayuntamiento de Barcelona en 1924, el mismo año en que Cambó le encargó el edificio de la Vía Laietana. Desde esa doble posición de arquitecto privado y de la ciudad dejó una huella que hoy se mide en kilómetros lineales de fachada y en siglos de patrimonio preservado. Si se fijan en la fachada, a la derecha verán su nombre firmando la casa de Cambó.

Florensa apostó por el orden y la proporción. Bebía del Noucentisme, pero también había mirado atentamente a la Escuela de Chicago: la nueva arquitectura americana que apostaba por el acero, el hormigón, los pilares sin muros de carga y los grandes ventanales horizontales. La fachada del 30 Via Laietana lo resume de manera elegante: base de inspiración neoclásica, cuerpo de oficinas racionalista y coronamiento de aire palaciego. Por cierto: el del político no es el único edificio suyo en esa misma calle: el número 28, la Inmobiliaria Catalana, el Casal del Metge, el edificio del Foment del Treball. Para el observador, la Vía Laietana de los años veinte es, en buena medida, un catálogo de Adolf Florensa.

La Vía Laietana de los años veinte es, en buena medida, un catálogo de Adolf Florensa.

El salto a hotel llegó en 2005. Sin embargo, la casa de Cambó tardó más en desprenderse del todo de su pasado: su única hija, madre a su vez de sus catorce nietos, ocupó hasta 2021 las plantas superiores del edificio, con acceso directo y privativo al jardín de la azotea. Un piso que durante casi un siglo ha sido territorio exclusivamente familiar y cuyo futuro, ahora que ha quedado vacío, todavía está por decidir.

La remodelación más reciente, terminada en 2024 con el estudio londinense Sagrada al frente (firma detrás de proyectos como el London Art's Club, la Maison Breguet de París o el St. Regis de Venecia), ha sabido no equivocarse en lo fundamental: la azotea sigue siendo el corazón del edificio. Catalogado como Bien cultural de interés local, el jardín de Cambó, con su vegetación mediterránea y sus esculturas, sigue siendo lo que siempre fue: un secreto en las alturas.

Detalle del jardín en la azotea 

Desde esa misma terraza se puede contemplar, a mano derecha, un gran mural esgrafiado de los años veinte, una joya artística solo visible en su totalidad desde aquí. Encargado por Cambó para compensar la pérdida de vistas al mar cuando se levantó el edificio contiguo del número 28, es un ejemplo del renacimiento del esgrafiado impulsado por el Noucentisme: la superposición de capas de yeso de distintos colores que, al retirar la superior, revela formas decorativas elegantes. Hoy está catalogado como Bien de Interés Cultural por la Generalitat de Cataluña.

También en lo más alto, una icónica piscina infinita (considerada una de las más bellas piscinas urbanas de Europa) y el bar y restaurante de la terraza, uno de los mejores lugares de la ciudad para la salida del sol sobre el Born o su puesta de sol sobre el Gótico. Un gong marca cada atardecer, como si el edificio recordara que aquí, desde el principio, lo mejor siempre estuvo arriba.

Desde la terraza se ve la Barcelona que Cambó ayudó a imaginar.

Cien años después de aquella apuesta, el Grand Hotel Central, con 57 habitaciones y suites, dos restaurantes, spa, gimnasio, la biblioteca de época y esa azotea, vuelve a mirar más allá de lo evidente. Coincidiendo con el centenario del edificio y con la designación de Barcelona como Capital Mundial de la Arquitectura, el hotel ofrece a sus huéspedes este año el Noucentisme Tour. Más allá de Gaudí, un recorrido guiado que sigue por la Vía Laietana la huella de Sagnier, Domènech i Mansana o Puig i Cadafalch hasta llegar al Edificio de Correos. Frente al protagonismo omnipresente de Gaudí, la ruta reivindica lo que Cambó entendió el primero: que la modernidad de Barcelona también se construyó con orden, proporción y contención.

La biblioteca de Francesc Cambó en el Grand Hotel Central 

Desde la terraza se ve la Barcelona que Cambó ayudó a imaginar. Una ciudad que decidió ser moderna antes de saber exactamente cómo hacerlo. Y que, por eso mismo, sigue sorprendiendo, como sorprende el maravilloso flan que se puede degustar en Can Bó, el restaurante mediterráneo-italiano que está en su entrada. Me van a permitir el apunte dulce. El caso es que quien esto escribe no ha probado postre más rico y simple en su vida.