Entrar en la casa de Guillermo Lorca, donde las inocentes niñas duermen entre tigres

Guillermo Lorca junto a una de sus pinturas en la exposición 'La casa de la arena' en el MEAM. ©Antoni Bofilll
Guillermo Lorca junto a una de sus pinturas en la exposición 'La casa de la arena' en el MEAM. ©Antoni Bofilll

El MEAM reúne hasta el 27 de septiembre la primera gran muestra antológica en España de Guillermo Lorca, un pintor que llena sus enormes lienzos de niñas de cabellos de colores y felinos en escenas aparentemente dulces que esconden una inquietante tensión entre la inocencia, la violencia de la vida adulta y una naturaleza que puede ser tan protectora como despiadada.

(Redactora en The New Barcelona Post)
30 de agosto de 2026 - 05:30

Pálidas niñas con llamativos cabellos de colores. Felinos de ojos hipnóticos y oscura piel que las rodean, las acechan, las observan. Ellas permanecen inmóviles, con la mirada perdida, la tez muy blanca y los ojos clavados directamente en el espectador, como si traspasaran el cuadro, alejadas del peligro que parece acecharlas. A su alrededor, la naturaleza parece a punto de devorarlas. O quizá las esté protegiendo. Todo, pintado en grandes óleos —algunos de más de tres metros— en tonos pastel, casi naïf, que suavizan la escena y, precisamente por eso, la hacen todavía más inquietante. 

Esa mezcla de fascinación e inquietud es lo primero que provocan las pinturas de Guillermo Lorca, a quien el MEAM (Museo Europeo de Arte Moderno) de Barcelona dedica, hasta el 27 de septiembre, una muestra antológica, la primera gran exposición de estas características que se presenta en España. Con solo entrar en la exposición podemos observar una de las características de su obra: que las pinturas de Lorca despiertan sentimientos, aunque no necesariamente siempre los mismos según quienes las contemplan. Fascinan, inquietan, seducen o incomodan.

Además de estos sentimientos, en algunos casos contradictorios, quizá también nos sorprenda encontrarnos, en un museo que lleva el término ‘moderno’ en su propio nombre, con una pintura tan reconocible a primera vista, en la que podemos identificar los objetos que aparecen: la niña, el tigre, el gato… Sin ningún tipo de esfuerzo, por tanto, podemos saber qué estamos observando. Acostumbrados a encontrarnos en los museos de arte contemporáneo con formas abstractas, performances, instalaciones o arte digital, obras que a menudo nos obligan a buscar qué hay detrás de aquello que vemos, Lorca toma el camino contrario: pinta figuras que reconocemos al instante. La niña es una niña, el tigre es un tigre, el gato es un gato. Sin complicaciones. Y, sin embargo, nada resulta tan sencillo de interpretar.. 

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El MEAM dedica, hasta el 27 de septiembre, una muestra antológica, la primera gran exposición de estas características que se presenta en España. 

Por ese motivo, sus cuadros más que contemporáneos, parecen llegados de otro tiempo. Hay ecos de los grandes maestros clásicos como Rubens, Velázquez o Caravaggio, que se dejan ver en un virtuosismo técnico que se descubre en cada pliegue de las sábanas, en cada cabello o piel de las niñas y en el pelaje de los animales. También las habitaciones en las que transcurren muchas de sus escenas parecen pertenecer a otra época, alejadas de nuestro presente. Pero basta con mirar un poco más para descubrir que a ese clasicismo también se añaden referencias contemporáneas —desde el arte japonés o el manga al imaginario del Studio Ghibli—.

Por tanto, aunque en apariencia sean clásicas, las pinturas de Lorca tienen mucho de contemporáneo. Y, pese a que no exijan un esfuerzo para entender qué estamos viendo, sí lo requieren para entender qué significa. ¿Están las niñas siendo atacadas o protegidas por los felinos? ¿Hay detrás de esas escenas una metáfora sobre la pérdida de la inocencia, sobre una infancia que poco a poco es devorada por la ferocidad de la vida adulta? ¿Son sus obras simplemente sueños, pesadillas o incluso pequeñas escenas apocalípticas? 

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En las obras de Lorca hay ecos a los grandes maestros clásicos como Rubens, Velázquez o Caravaggio, pero también al arte japonés. © Antoni Bofill / MEAM

Entrar en el universo de Lorca

Porque detrás de esa aparente claridad, que nos permite reconocer las figuras que aparecen, se esconden escenas que no parecen conducir a una única interpretación definitiva. Lo que para algunos visitantes puede resultar perturbador, para otros puede ser una imagen dulce o incluso tierna. Una niña junto a un tigre puede parecer a punto de ser devorada o, por el contrario, protegida por él. 

Y esa es también la idea que el MEAM quiere recordarnos con su colección permanente, que se puede visitar en las plantas superiores y que está incluida en la misma entrada: que el arte contemporáneo no tiene por qué ser abstracto ni difícil de reconocer. También puede expresarse a través de figuras, personajes y escenas que, aunque sepamos reconocer, no siempre sepamos cómo interpretar. 

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Lo que para algunos visitantes puede resultar perturbador, para otros puede ser una imagen dulce o incluso tierna. © Antoni Bofill / MEAM

Pero además de sorprender lo que cuentan los cuadros, también sorprende la forma en la que están pintados. El virtuosismo técnico de Lorca asombra especialmente si tenemos en cuenta la juventud del artista. Nacido en Santiago de Chile en 1984, empezó a pintar con tan solo ocho años y se considera, en buena medida, un pintor autodidacta. Sin embargo, también estudió Artes en la Pontificia Universidad Católica de Chile, y su formación estuvo también marcada por los grandes maestros que descubrió desde niño y, más tarde, por su experiencia como aprendiz y asistente del pintor noruego Odd Nerdrum.

Desde entonces, su pintura ha recorrido Europa, Asia y Latinoamérica. Tampoco es un desconocido en Barcelona: sus obras forman parte de la colección del MOCO Museum y ya había participado en exposiciones colectivas del propio MEAM. Pero La casa de arena es diferente. La exposición reúne por primera vez en España una selección amplia de su trayectoria y permite contemplar, juntas y en un mismo espacio, las distintas piezas de su universo. 

Pero un cuadro que nos permite adentrarnos especialmente en este universo ---en esa particular casa de arena que ha construido en la exposición---: La Sirena, que es, a su vez, la pintura más reciente de la muestra (pintada este mismo año, en 2026). En el reverso del lienzo, Lorca permite al visitante mirar aquello que normalmente permanece oculto: fotografías, anotaciones, referencias e imágenes que forman parte del proceso de creación. Porque sus cuadros no nacen de una única imagen. Lorca parte de una idea, de un paisaje o de una sensación y va incorporando elementos. Como si de una especie de diario de su inconsciente se tratase una forma de ordenar y transformar en imágenes aquello que sucede en su mundo interior. 

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En el reverso de La Sirena Lorca incorpora referencias, imágenes y anotaciones que le han inspirado a crear la pintura. 

Cuando la infancia empieza a ser devorada

Y en ese mundo hay una presencia que se repite contínuamente: la infancia. Niñas de rostros pálidos, cuerpos frágiles —en algunas ocasiones desnudos, lo que añade todavía más incomodidad a unas escenas que ya son ambiguas de leer— y cabellos de colores aparecen rodeadas de animales que parecen protegerlas y amenazarlas al mismo tiempo. 

La pérdida de la inocencia con el paso a la vida adulta se convierte, así, en una de las posibles lecturas de su obra: ese momento en que el mundo de los cuentos y los juegos empieza a ser devorado por el miedo y la violencia de la adultez. En los cuadros, las niñas están todavía en ese mundo de infancia y fantasía —reforzado por los cabellos de colores—, pero ya aparecen rodeadas por esa violencia que representan los animales. Una imagen que también remite a Petit Indi, la película de Marc Recha, protagonista de Luces, cámara y… ¡Barcelona! de esta semana, donde la inocencia del protagonista es arrebatada de golpe por un animal: un zorro que le hace descubrir que el paso a la vida adulta puede ser feroz. 

Guillermo Lorca junto a una de sus pinturas expuestas en La casa de la arena ©Antoni Bofill / MEAM
Guillermo Lorca junto a una de sus pinturas expuestas en La casa de la arena. © Antoni Bofill / MEAM

Pero esa lectura no agota las posibilidades de las pinturas de Lorca. Porque quizá el conflicto no esté únicamente entre la infancia y la edad adulta, sino también entre el ser humano y la propia naturaleza. 

Infancia y adultez, humanidad y naturaleza, belleza y violencia. Los cuadros de Lorca parecen construirse siempre entre mundos que a simple vista deberían ser opuestos, pero que en su pintura terminan conviviendo. Como esas niñas de cabellos de colores que permanecen inmóviles junto a los felinos: no sabemos si están a punto de ser devoradas o si, de algún modo, han encontrado en esos animales refugio. Y quizás tampoco importe resolverlo, a veces basta con mirar y sentir. 

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Sobre el autor

Ainara Valadez
Ainara Valadez Medina

Redactora en The New Barcelona Post

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