Tengo una memoria muy nítida de mi infancia vinculada a la experiencia de los castillos de fuegos artificiales que se hacían en la gran avenida de mi ciudad. Recuerdo esa suspensión del aliento, la boca ligeramente abierta, la vibración en el pecho antes incluso de que el sonido llegara a mis oídos y esa luz deslumbrante que creaba constelaciones efímeras en la noche.
Decía la crítica de arte norteamericana Rosalind Krauss que el arte contemporáneo, a menudo, busca desplazar nuestros sentidos para obligarnos a habitar el presente. Durante años, mis visitas a los centros de arte se veían influidas por toda una cantidad de conocimientos que condicionaban mis impresiones y aparcaban mi experiencialidad. Pero llegó un momento en que esa armadura crítica se desmoronó por el peso de la emoción abrumadora que experimentaba.
Me he dado cuenta de que algo parecido nos ocurre cuando la tecnología deja de ser una fría herramienta de cálculo y se convierte, de repente, en un espectáculo de pura magia visual. Y eso es exactamente lo que veo que sucede cada vez que aparece en escena un nuevo proyecto de New Media Art en Barcelona.
La ciudad, que durante décadas ha alimentado su imaginario internacional con la arquitectura de Gaudí, el trazo orgánico de Miró o la luz mediterránea capturada en lienzo, vive una metamorfosis silenciosa pero irresistible. Hoy, las nuevas piezas artísticas de Barcelona se programan en líneas de código, se alimentan con millones de datos en tiempo real y se proyectan sobre arquitecturas que parecen revivir.

Por eso podemos decir que nuestra metrópolis se ha convertido no solo en un escenario donde se exhiben estas obras, sino también en el laboratorio donde se piensan, se calculan y se exportan al resto del planeta. Y en el epicentro de esta revolución hay una catedral laica que no acostumbra a figurar en los itinerarios turísticos convencionales, pero que sostiene el pulso de esta nueva etapa: el Barcelona Supercomputing Center (BSC-CNS).
Bajo una urna de cristal, se encuentra alojado en una antigua capilla desacralizada (la capilla de Torre Girona) el MareNostrum 5 -el contraste perfecto entre la memoria de la piedra y la vertiginosa velocidad de los bits-. El MareNostrum 5, es uno de los supercomputadores más potentes de Europa y del mundo, y no solo está diseñado para predecir el cambio climático, diseñar fármacos o simular la física de partículas; es también un motor invisible de la cultura del siglo XXI.
En la intersección entre la supercomputación y la creación plástica, el BSC se ha consolidado como un polo pionero a escala continental. Lejos de ser un experimento esporádico, este diálogo fructífero se ha oficializado con el lanzamiento del Creative Intelligence Lab, el primer laboratorio europeo de arte y ciencia integrado en un centro de supercomputación. Como me explica Fernando Cucchietti, director del laboratorio, esta unidad nace después de casi catorce años articulando investigación científica y artística.
A través de tres ejes —residencias, experimentos públicos y programas culturales—, el centro pone la potencia del MareNostrum 5 a disposición de la imaginación para demostrar que la inteligencia artificial y los datos masivos no son entes fríos, sino amplificadores de la experiencia estética. "No hay ningún otro centro de supercomputación en Europa que tenga un programa tan desarrollado como el nuestro; estamos liderando la iniciativa para transferir esta forma de trabajar", afirma Cucchietti. Un claro ejemplo de este cruce de caminos es el reciente lanzamiento de la residencia INTERIOR, un proyecto concebido específicamente para investigar y desentrañar desde el lenguaje plástico qué significa, en esencia, habitar y pensar un supercomputador.

Cuando observamos una visualización de datos climáticos o una simulación de fluidos generada por computación de alto rendimiento, no solo contemplamos rigor científico, también presenciamos una nueva estética. Cuando a mediados de los años 80 empezó a popularizarse el arte digital, poco se sabía sobre cómo el código acabaría por convertirse en un pincel capaz de calcular cómo se mueve la luz en el aire o cómo fluye una corriente marina con una precisión matemática que raya en la poesía.
Barcelona ha sabido entender que tener un supercomputador en el corazón de la ciudad implica también tener una fábrica de nuevos imaginarios visuales.
Si el BSC es la máquina que procesa el conocimiento, el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB) es el espacio que lo traduce, lo disecciona y nos lo entrega para que aprendamos a formularnos las preguntas incómodas. Pocos centros artísticos en Europa han tenido la lucidez del CCCB a la hora de abordar el impacto cultural de la inteligencia artificial y la algoritmización de la existencia.
Entrar en una exposición sobre cultura digital en el CCCB exige despojarse del clásico rol de espectador pasivo. Aquí uno no viene a mirar cuadros a una distancia prudencial de seguridad, viene a interactuar, a ser escaneado, a ver cómo nuestro reflejo o nuestros movimientos alimentan un algoritmo en tiempo real. Es en esta fricción donde el centro demuestra su capacidad, cuando consigue que el público entienda el trasfondo ético del mundo digital mientras experimenta la sorpresa estética de la obra.
El visitante barcelonés habitual, tradicionalmente exigente con sus instituciones culturales, ha respondido a este cambio de paradigma con una curiosidad desbordante que ha animado a nuevos espectadores normalmente alejados de ciertos entornos artísticos o culturales.
Hay algo profundamente democratizador en las artes digitales cuando se comisarian con astucia. Y es que rompen las barreras invisibles que a menudo alejan a las nuevas generaciones de los museos tradicionales. Una pantalla interactiva o una instalación de luz envolvente no requieren un manual previo de teoría del arte para causar impacto, apelan directamente a la percepción, al sentido del espacio y, de nuevo, a ese asombro infantil ante la luz y el sonido.

Pero toda esta infraestructura científica e institucional no serviría de nada sin la materia prima fundamental: los creadores. Barcelona se ha convertido en el hogar de un puñado de estudios independientes de New Media Art que son auténticos alquimistas contemporáneos. Firmas radicadas en barrios como Poblenou o el Eixample son hoy reclamadas desde Tokio, Nueva York, Dubái o París para transformar fachadas monumentales y espacios museísticos en experiencias inmersivas memorables.
Estudios como Onionlab, Tigrelab o Sixmedia encarnan esta nueva estirpe de artistas. En sus talleres no hay olor a trementina ni caballetes, hay pantallas de altísima resolución, procesadores gráficos al límite de su capacidad y equipos multidisciplinares donde conviven programadores, diseñadores 3D, arquitectos y compositores de sonido espacial.
Pero lo verdaderamente fascinante de este tejido de estudios es su capacidad para mantener el sello de producción local. Crean desde Barcelona porque la ciudad les ofrece una densidad creativa única, también relacionada con otros festivales de referencia internacional como MIRA Digital Arts Festival o Sónar+D; la facilidad para tejer alianzas con centros de investigación y, sobre todo, una calidad de vida que atrae al mejor talento internacional en diseño de interacción y computación gráfica.
Esta efervescencia no es una percepción aislada; responde a una consolidación que sitúa a la capital catalana en la primera línea internacional. Como señala Marc Gomariz, codirector del festival MIRA, la ciudad es hoy "puntera a nivel mundial en talento, eventos, centros de formación y exhibición, y recursos públicos y privados; está al mismo nivel que Berlín, NYC, París, Londres y Ámsterdam". En su opinión, el vigor de los creadores emergentes demuestra que vivimos "un momento histórico que no parará de evolucionar".
Sin embargo, en medio de este vértigo tecnológico, surge también una postura crítica que reclama recuperar la textura y lo tangible frente a la hegemonía de la pantalla. El propio Gomariz no oculta su rechazo hacia la deriva de los nuevos algoritmos generativos: "La IA por goleada, para bien y para mal, pero esto ya es subjetivo 100%. Yo la odio con toda mi alma. Me gusta mucho más ver, tocar, sentir, oír e interactuar con proyectos sonoros y escultóricos cuidados y sutiles que las realidades extendidas y virtuales. Ya cansa un poco todo esto". Una reflexión provocadora que recuerda que la verdadera fascinación no reside en la acumulación de potencia de cálculo, sino en la delicadeza con la que una obra logra conmover la piel del espectador.
Este ecosistema no funcionaría como un circuito cerrado sin la presencia de catalizadores comunitarios. Eventos como el MIRA Digital Arts Festival actúan como el gran punto de encuentro donde el programador de un estudio independiente se cruza con el investigador del BSC, el comisario del CCCB y el público joven. En estas citas se comprueba que el arte digital ha superado la atracción de feria para convertirse en un lenguaje de pleno derecho. Las tecnologías emergentes —desde la IA generativa hasta el sonido holofónico o la realidad extendida— no son artificios vacíos, sino los instrumentos con los que nuestra época registra sus dudas, sus miedos y sus bellezas.
Nuestra ciudad ha encontrado en estas series de ceros y unos su nuevo gran lenguaje cultural. No ha necesitado renunciar a su historia ni a su arquitectura tradicional para abrazarlo; al contrario, ha puesto su supercomputación, sus centros culturales y sus estudios al servicio de una nueva belleza. Una belleza que no se expone en una vitrina ni se cuelga en una pared, sino que se enciende, nos envuelve y, por unos instantes, nos vuelve a dejar sorprendidos y sin aliento.
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