La niña afgana, la joven de la perla del siglo XXI

La niña afgana, de Steve McCurry, en la exposición del Palau Martorell
La niña afgana, de Steve McCurry, en la exposición del Palau Martorell

El Palau Martorell ha vuelto a posicionarse con 'Icons' de Steve McCurry como uno de los mejores centros expositivos de la ciudad

05 de junio de 2026

Si hablando de pintura os pregunto si os suena La joven de la perla, casi todas las personas describiréis inmediatamente el cuadro centrado en el sutil reflejo de un pendiente, y muchas, incluso, me daréis sin dudar el nombre de Vermeer. Es el poder que tiene la pintura, capaz de fijar un instante en la memoria colectiva durante siglos. Sin embargo, si cambiamos el foco temático hacia la fotografía y os pregunto si os suena La niña afgana, lo primero que vendrá a vuestra mente no será un objeto, ni un color de fondo, sino unos ojos verdes de una intensidad casi insoportable.

Estos ojos, me atrevería a decir, cambiaron para muchos de nosotros nuestra visión del retrato documental, expandieron los límites del fotoperiodismo tradicional y nos abrieron nuevas perspectivas sobre cómo es posible mirar y ver el mundo que nos rodea. El hombre detrás de esta icónica fotografía es Steve McCurry, y el Palau Martorell nos ofrece ahora la oportunidad de sumergirnos en su universo a través de una de las retrospectivas más extensas y completas que hemos tenido la fortuna de ver en la capital catalana.

Recuerdo con claridad la primera vez que vi esta mirada. Fue en la portada de una de las revistas National Geographic que mi tío Cele recibía y coleccionaba con orgullo en su casa como suscriptor fiel de la publicación. Aquellas revistas eran como pequeños tesoros, ventanas a mundos remotos que yo, siendo solo una niña, devoraba con curiosidad. El impacto que esta portada en particular me causó, esta mezcla de magnetismo, vulnerabilidad y fuerza aún resuena con fuerza en mí.

Steve Mccurry al Palau Martorell
Steve Mccurry durante la inauguración de la muestra en el Palau Martorell. 

Visitando esta exposición, siento que este impacto también resuena en gran parte de la fotografía documental que se ha construido a partir de entonces. Hay algo de esta estela inconfundible, por ejemplo, en algunas de las imágenes más impactantes que se recopilan anualmente para el World Press Photo, o en trabajos contemporáneos tan increíbles como el de la fotógrafa Mihaela Noroc, quien recorre el mundo retratando mujeres para su proyecto The Atlas of Beauty.

Influida por mi profunda pasión por el arte, aquel retrato casi pictórico de La niña afgana activó en mi cerebro unas conexiones estéticas e intelectuales que ya nunca han cesado. Me hizo entender, a una edad muy temprana, que la fotografía no es un simple registro de la realidad, sino una vertiente más de la creación artística pura. La cámara puede, tal como ocurrió en su momento con las vanguardias históricas del siglo XX, modificar totalmente el camino de los movimientos artísticos, alterar nuestra sensibilidad y transformar radicalmente nuestra percepción del entorno físico y humano.

Más que la cámara, la mirada de la persona que la sostiene y la utiliza como medio de expresión

Esta exposición en el Palau Martorell, que bajo mi humilde prisma es una absoluta maravilla y vale la pena visitar varias veces, está concebida de manera implacable bajo tres ejes temáticos fundamentales: los retratos, las miradas de infancia y los animales, distribuidos de manera orgánica en plantas independientes que invitan a un tránsito físico y emocional.

Nada más entrar, no solo nos encontramos con las imágenes, sino que también podemos escuchar al propio McCurry a través de los recursos de la muestra, hablando con una humildad honesta sobre aquello que verdaderamente le mueve. Sorprende oír a un gigante de la fotografía hablar del profundo agradecimiento y la fortuna que siente por haber podido dedicar su vida a este oficio. En sus reflexiones emerge algo que considero clave e imprescindible para los tiempos que corren: la necesidad imperiosa de aprender a mirar.

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Podemos escuchar al propio McCurry a través de los recursos de la muestra, hablando con una humildad honesta sobre aquello que verdaderamente le mueve. 

McCurry nos propone entrenar la contemplación, ejercitar la espera atenta y cultivar el augurio de la belleza en los lugares más insospechados. En una sociedad contemporánea que nos está acostumbrando a la prisa sistemática para todo, donde consumimos impactos visuales de manera efímera y anestesiada, habitar el mundo de verdad requiere tiempos muy diferentes. Necesitamos recuperar esa pausa que nos permita algo tan profundamente humano y necesario como dejarnos conmover ante aquello que nos parezca bello o terrible.

El primer espacio de este viaje está dedicado completamente a los retratos, una disciplina donde el autor despliega su máxima genialidad. El mismo fotógrafo define su metodología con una frase que condensa su filosofía: “La mayoría de mis imágenes se centran en las personas. Busco el momento de descuido, el alma esencial que asoma, la experiencia grabada en el rostro de una persona. Si esperas, la gente se olvidará de tu cámara y el alma saldrá a la luz”.

McCurry defiende que, si se espera,
McCurry defiende que, si se espera, la gente se olvidará de tu cámara y el alma saldrá a la luz. 

En estos retratos de Steve McCurry, el rostro humano es el protagonista. Aunque las personas retratadas pertenecen a mundos que nos resultan lejanos, ante su objetivo, toda distancia geográfica o cultural desaparece por completo. Se da un cara a cara de valor supremo, y sentimos absoluto respeto. No hay una búsqueda simple de la estética ni del exotismo fácil, al contrario, hay una absoluta dignidad, nunca una actitud de sumisión o desamparo.

Quienes observamos las fotografías nos encontramos con estos rostros en un plano de estricta igualdad, de ser humano a ser humano. Y luego, inevitablemente, está esa mirada directa, limpia, de una intensidad que traspasa. El fotógrafo logra establecer un diálogo auténtico y bidireccional a pesar de las barreras idiomáticas o culturales. Hay un entendimiento universal. Para McCurry, todos pertenecemos a la misma familia humana. Y me fascina la premisa de que, quizás no somos nosotros quienes los observamos a ellos, sino que son ellos quienes nos observan a nosotros.

Steve McCurry: "Busco el momento de descuido, el alma esencial que asoma, la experiencia grabada en el rostro de una persona. Si esperas, la gente se olvidará de tu cámara y el alma saldrá a la luz"

En el piso superior, la muestra nos traslada a un territorio tan tierno como complejo: el de los niños. Las palabras de McCurry vuelven a situarnos ante la crudeza de la realidad global cuando afirma: “He visto niños trabajando en campos, fábricas, zanjas, túneles, minas y astilleros de desguace. Cientos de millones de niños pasan su infancia trabajando y no tienen la oportunidad de jugar, ir al colegio ni vivir en un entorno saludable”.

Pero a través de su cámara, esta infancia tampoco entiende de fronteras y diferencias. Todos estos niños comparten la misma energía, la alegría de vivir y la capacidad innata para el juego, incluso en las condiciones de vida más hostiles. La infancia, tal como nos recuerda la mirada de McCurry, no es solo una etapa biológica de la vida, sino el fundamento ético sobre el cual se construye el futuro de cualquier sociedad que pretenda ser justa. Cada una de las fotografías de esta sección es un recordatorio de nuestra responsabilidad colectiva hacia las nuevas generaciones. 

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Cada una de las fotografías de la sección de la infancia es un recordatorio de nuestra responsabilidad colectiva hacia las nuevas generaciones. 

Finalmente, en la planta inferior, la exposición nos reserva el espacio dedicado a los animales, un ámbito que comparte protagonismo con un rincón conmovedor reservado a las imágenes tomadas durante los convulsos días posteriores al atentado del 11 de septiembre en Nueva York.

Respecto a su experiencia con el mundo animal, McCurry evoca una de sus misiones más duras: “Trabajar en Kuwait después de la primera Guerra del Golfo fue una experiencia surrealista e inolvidable. Había 600 yacimientos petrolíferos en llamas, animales aterrorizados y hambrientos vagaban por todas partes, y el paisaje estaba salpicado de soldados iraquíes muertos. Era desgarrador ver a estos animales moribundos, de los cuales se suponía que éramos los guardianes...”.

McCurry decidió documentar el impacto de la catástrofe en el ecosistema cubierto por una densa capa de humo negro que tapaba el sol. De aquella durísima experiencia surgieron imágenes imperecederas que ya forman parte indiscutible de nuestra memoria colectiva universal, como las impactantes siluetas de los camellos recortadas contra un horizonte completamente en llamas, o la ya icónica fotografía de un pequeño pájaro de ojos rojos atrapado de manera agónica en el alquitrán del petróleo.

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Para McCurry, su tarea sigue teniendo una dimensión casi arqueológica y urgente: la de recopilar información testimonial, veraz y artística de cómo se vivía en nuestro planeta. 

La fuerza expresiva y la verdad que contenían estas imágenes fue reconocida de manera unánime por un jurado muy especial del World Press Photo, el Jurado Infantil, formado exclusivamente por niños de diferentes países del mundo, que seleccionaron la imagen de los camellos.

Una lección de arte, humanidad y respeto

Más allá de lo extraordinariamente icónicas que se han vuelto estas fotografías de Steve McCurry con el paso de las décadas, impresas en millones de pósters, libros y revistas por todo el globo, resulta profundamente inspirador comprobar que el fotógrafo sigue pensando, con la misma firmeza del primer día, que lo verdaderamente importante son las personas, sus historias individuales y el contexto social en el que habitan. Para él, su tarea sigue teniendo una dimensión casi arqueológica y urgente: la de recopilar información testimonial, veraz y artística de cómo se vivía en nuestro planeta antes de que estas formas tradicionales de existencia se pierdan definitivamente para siempre bajo el yugo de la globalización.

Hay una magia verdaderamente especial y esquiva operando en cada una de sus obras, una intrahistoria latente que adivinamos tras lo aparente y que nos habla de una experiencia vital compartida: la de la conexión real y honesta entre dos seres humanos que se reconocen mutuamente más allá del idioma, la religión o la cultura. Y es precisamente esta verdad desprovista de artificios lo que hace que nosotros, como espectadores que paseamos hoy por las salas del Palau Martorell, nos sintamos tan íntimamente interpelados por sus imágenes.

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Cada sujeto que vemos en la exposición ya sea un monje budista, un pastor nómada o un niño de un suburbio, nos está mirando directamente a los ojos, de tú a tú, como un igual absoluto. 

Porque cada sujeto que vemos en la exposición, ya sea un monje budista, un pastor nómada o un niño de un suburbio, nos está mirando directamente a los ojos, de tú a tú, como un igual absoluto. Esa mirada limpia es la que rompe nuestros prejuicios coloniales o paternalistas y nos permite, acto seguido, asomarnos a su mundo particular para apreciarlo, comprenderlo y valorarlo con y desde el más absoluto de los respetos, empujándonos también a involucrarnos activamente en él y no permanecer como simples espectadores pasivos del dolor o la belleza ajenos.

Este compromiso ético de involucrarse en la realidad de los sujetos fotografiados no es, en el caso de McCurry, una simple declaración de intenciones de cara a la galería, sino una praxis vital que el fotógrafo ha demostrado con hechos a lo largo de su carrera. Dice la historia que, obsesionado de manera sana por el destino de aquella niña afgana que saltó a la fama mundial desde la portada de National Geographic, Steve McCurry hizo todo lo humanamente posible durante años para volver a encontrar a su misteriosa protagonista. 

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Este compromiso ético de involucrarse en la realidad de los sujetos fotografiados no es, en el caso de McCurry, una simple declaración de intenciones. 

Después de una búsqueda incansable que parecía abocada al fracaso a causa de las turbulencias políticas de la región, consiguió finalmente localizarla casi dos décadas después en una remota zona de Afganistán. Aquella niña se había convertido ya en una mujer madura y en madre, y se llama Sharbat Gula. Su rostro reflejaba de manera evidente las inexorables marcas del tiempo, la dureza del clima y las dificultades extremas de una vida de privaciones, pero conservaba intacta e inconfundible la icónica fuerza de sus ojos verdes.

La exposición es una lección magistral de arte, una celebración de la diversidad de la vida y un espejo imprescindible que nos obliga a detener nuestro ritmo frenético para volver a aprender

McCurry no solo consiguió la proeza de volver a fotografiarla para documentar el reencuentro, sino que, demostrando la coherencia humanista que impregna toda su obra, se involucró personalmente y de manera activa haciendo todo lo que estuvo a su alcance para ayudarla económicamente y mejorar de manera significativa su delicada y vulnerable situación legal y residencial como refugiada.

Es este trasfondo de solidaridad real lo que acaba de otorgar una dimensión trascendental a la muestra del Palau Martorell; una exposición que es, en última instancia, una lección magistral de arte, una celebración de la diversidad de la vida y un espejo imprescindible que nos obliga a detener nuestro ritmo frenético para volver a aprender, con humildad y respeto, el noble arte de mirar.

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Júlia Cruz
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