Roma en el atardecer

En Roma el arte sale a tu encuentro en forma inopinada, en el altar oscuro de una humilde iglesia que celosamente guarda el cuadro de un genio de la pintura y no lo cede a ningún museo. Stendhal, al escribir sobre Roma, decía que “lo verdaderamente grande no debe tener ninguna afectación”. Es una clave para entender la relación de Roma con el arte porque nada resulta afectado, sino natural. Así ha sido durante siglos el quehacer de los artistas romanos
D

esde mi apartamento en las alturas de las alturas del monte Gianícolo —la octava colina romana, habría que llamarla con justicia— contemplo una vista única de la urbe: cúpulas y campanarios de magníficas iglesias, torres de soberbios palacios, fornidos muros imperiales y jardines con puntiagudos cipreses. También, a mis pies, los tejados de la cercana barriada del Trastevere y, más allá, trazando el fondo de este vivo retablo romano, la lejana curva de las cordilleras que descienden desde el norte y forman, por oriente, una irregular línea azulada. Tengo la impresión de que toda Roma está delante de mí, aunque la vista del Vaticano se me escapa, oculta entre arboledas hacia el oeste. Hoy es un fin de semana de otoño, cercano ya el atardecer, y los bandos de estorninos, que se retiran a dormir a las arboledas del Tíber, forman tupidos nubarrones móviles, en una danza regular y enloquecida cuyos ritmos tan solo ellos conocen.

Es la mejor hora para bajar a la antigua ciudad, a lo que queda de aquella imponente capital imperial cuyos palacios arrasaron los bárbaros y remataron, llevándose las viejas piedras para construir sus mansiones, los grandes señores renacentistas. El silencio domina los templos de los dioses y las colinas donde levantaron sus residencias los emperadores: el Palatino, el Capitolio. Si hay luna llena, ese silencio se hace aún más vivo, como si los dioses de ayer nos susurraran de pronto que aún siguen ahí. La antigua Roma murmura de noche en la vía de los Foros Imperiales, quiere hablarnos de su historia de guerras y de arte en los foros de Augusto y de Trajano, en el arco de Constantino y en las columnas Antonina y de Trajano. Pero el rey arquitectónico de la milenaria urbe imperial es, sin duda, el Coliseo, un estadio alzado, no para honrar a los dioses, sino para divertir al pueblo. El tiempo ha dejado huellas de su paso —y también los invasores de la ciudad— y hoy parece una dentadura mellada en su parte superior. Pero a pesar de los destrozos, es tan imponente como la Acrópolis de Atenas.

El antiguo circo, inaugurado por el emperador Tito en el año 80 de nuestra era, ya digo que tenía por objeto divertir al pueblo. ¡Pero qué forma de entretenerse tenían los antiguos romanos! El Coliseo era un teatro que, incluso, en ocasiones convertía la arena en piscina para representar batallas navales. Lo que sucede es que las batallas eran verdaderas y los hombres se acuchillaban ferozmente y morían por centenares. Entre los juegos que se proponían estaban los combates a muerte entre gladiadores y las luchas con tigres, leones y osos hambrientos. También, ya se sabe, el sacrificio de cristianos, bajo las fauces de los animales salvajes: se calcula que, en los años que duraron los espectáculos, unos setenta mil seguidores de Cristo perecieron en las arenas del Coliseo. Cuesta creer, en las noches de luna llena, que un lugar tan sereno y noble, en la última explanada de los foros antiguos, fuera el escenario de tanta barbarie. El poeta burlesco Gioachino Belli ironizó sobre ello en un soneto: “¡Antaño, tanto luto, tanto estrago, y ahora tanta paz! ¡Oh, humanos modos! ¡Cómo es el mundo!, ¡cómo cambia todo!”.

Pero la vieja Roma se queda coja si no te asomas al Panteón de Agripa, algo alejado de los foros, por donde cruzo casi a diario durante mis paseos romanos y donde siempre entro aunque sea unos minutos. Es el templo mejor conservado de toda la Antigüedad y ello a causa de un emperador bizantino, Flavio Focas. Se lo regaló al papa Bonifacio IV, quien decidió mantenerlo tal y como era, tan solo cambiando en los altares las estatuas de dioses paganos por santos y vírgenes. Impresiona su cúpula, la más grande de la ciudad hasta que se construyó la del Vaticano. Dicen los expertos que, en su centro, se construyó el gran agujero que hoy la domina para que los dioses entraran a comunicarse con los hombres. Pero yo tengo la sensación contraria: la de que puedo escapar por el hueco y charlar con los dioses de ayer. Aquellas deidades eran pecaminosas en grado sumo y eran más próximas al hombre precisamente por eso. Y tal vez ello era la causa por la que, con solo traspasar un agujero, ya estabas en sus estancias.

En el Panteón hay algo más: un sarcófago de mármol, la tumba del gran Rafael. Y lo es, no solo porque reposen allí sus restos, sino por el hermoso epitafio labrado en recuerdo del pintor. Traduzco del latín los versos, debidos al cardenal-poeta Pietro Bembo: “Aquí yace Rafael. Cuando vivió, la Naturaleza temió ser vencida por él. Cuando murió, temió morir con él”. Es probable que no haya otro texto en el mundo que más honre a un artista en su sepulcro. Roma es una ciudad extraña en su relación con el arte, una relación que no recuerda a la de ninguna otra urbe del mundo. En Florencia, en Nueva York, en París o en Madrid, para disfrutar de las creaciones que atesoran debes de ir a los museos. Roma, en cambio y como decía Byron, “es un museo al aire libre”. Aquí puedes encontrarte un taller de bicicletas en las ruinas de un palacio antiguo o una oficina bancaria con una columnata de un foro imperial o un monolito del Egipto faraónico en una plaza. Y el arte, a menudo, sale a tu encuentro en forma inopinada: por ejemplo, en el altar oscuro de una humilde iglesia que celosamente guarda el cuadro de un genio de la pintura y no lo cede a ningún museo.

Stendhal, que escribió un magnífico libro sobre sus paseos romanos, decía que “lo verdaderamente grande no debe tener ninguna afectación”. Y esa puede ser una de las claves para entender la relación de este ciudad con el arte a la que antes me refería: nada resulta afectado, sino natural. Y ese intento de aproximarse a la naturaleza ha dominado durante siglos el quehacer de los artistas romanos. Por eso, la tarea de buscarlos resulta a veces ardua. Es curioso que, a las tres grandes figuras del Renacimiento italiano, en su país las traten con el nombre de pila y todos sepamos quiénes son: Leonardo —da Vinci—, Rafael —Sanzio— y Miguel Ángel —Buonarroti—. O sea: se les llama como a un pariente o un vecino próximo. Y es curioso también que, a excepción del primero —apenas hay obra suya en Roma—, a los otros dos haya que buscarlos por la ciudad en numerosos y diferentes lugares. Para “ver” a Rafael y Miguel Ángel se hace preciso dedicar al menos un día a cada uno, con un buen calzado para caminar por el insufrible adoquinado romano, sobre los famosos sanpietrini.

Buscamos a Rafael, el niño prodigio y mimado del Renacimiento, el genio nacido con toda la precocidad de los grandes artistas. Dejando aparte sus obras en otros lugares de Italia y del mundo —como el magnífico Retrato de cardenal del madrileño Museo del Prado o los cartones del Royal Albert Hall de Londres—, hay una ruta casi secreta de Rafael en la Roma de hoy. Cuando bajo del Gianícolo a la ciudad, tengo dos alternativas: o la Via Garibaldi o los empinados jardines que llevan al Viale di Trastevere. Escojo la primera y, al llegar al pie de la colina, en una plazuela, tuerzo a la izquierda bajo un arco y voy a dar a la Villa Farnesina, la que fuera residencia de un riquísimo tesorero papal. Hay varios frescos del taller del genio en el palacio y, sobre todos, destaca el de la Galatea, debido directamente a la paleta del pintor. Y en otra sala, un techo bellamente decorado con motivos mitológicos en buena parte autoría del mismo. Los desnudos abundan en estas obras: los renacentistas nunca se cortaron a la hora de pintar un sexo masculino o un pecho de mujer. Sin embargo, púdicamente, el sexo femenino lo ocultaban siempre.

Hay que seguir husmeando río arriba, en las arboledas tejidas sobre el Tíber por los plátanos y los castaños, hasta llegar al Vaticano. Y allí, en el interior del gran complejo sede de los papas, cumplir el rito de la larga cola para visitar los museos. Merece la pena porque, después de una larga caminata por galerías repletas de cuadros y frescos imponentes, están las llamadas stanze de Rafael quien, con sus ayudantes, creó una de las obras cumbres del Renacimiento: los frescos de cuatro salas, de los cuales fue autor de dos el propio Rafael, mientras que en las otras dirigió a sus asistentes y alumnos. En la Stanza di Eliodoro reina sin dudarlo el fresco de La liberación de San Pedro. Pero es en la Stanza della Segnatura, donde se encuentra la que, en mi opinión, es la obra suprema del artista: La escuela de Atenas. ¿Cómo explicar la grandeza de esta pintura? Solo se me ocurre una respuesta cada vez que la contemplo: la naturalidad. Rafael crea en este fresco un espacio imaginario en el tiempo y en el espacio para exaltar la sabiduría humana, representada por la antigua Grecia y recuperada por la Roma renacentista. Platón y Aristóteles son las figuras principales, que entran en la gran arcada, serenos, solemnes, ante la mirada de Sócrates. Y por todas partes asoman los hombres sabios: Euclides, Homero, Zoroastro. Y lo más curioso, como si de una broma se tratara, es que Rafael pone los rostros de algunos de sus contemporáneos a las figuras señeras del pasado. Para el rostro de Platón, eligió a Leonardo; para el de Euclides, a Bramante, y para el de Heráclito, ¡a Miguel Ángel, su gran rival! Rafael era un artista generoso que sabía reconocer el talento de sus adversarios. Y La escuela de Atenas refleja la fe de un hombre bueno en la esperanza, mientras que otros contemporáneos suyos representaron el desconsuelo, como Caravaggio, y a menudo el propio Miguel Ángel, el artista volcánico por excelencia en la historia de la humanidad, además de espléndido pintor, sublime arquitecto —Rafael también diseñó edificios— y un escultor magnífico. Tal vez solo le igualaría en grandeza Leonardo. Y en Roma se pueden seguir las trazas de sus mejores obras. La primera de todas, por supuesto, la sublime cúpula del Vaticano, de trazas clásicas, influida por la del Panteón, y que es la más grande de la Cristiandad. Si el poder de los papas —antes político y hoy espiritual— ha sido uno de los más soberbios de la historia humana, su mejor representación es la basílica de San Pedro, por su explanada, la imponente fachada de su templo y la grandiosa cúpula. Y Miguel Ángel fue uno de los autores más renombrados de tan magna obra. Allí dentro hay, además, dos de los mejores ejemplos de su versatilidad: la Pietá, una escultura en mármol que representa a la Virgen llorando el cadáver de su hijo, un hombre demasiado joven para morir; y la fastuosa Capilla Sixtina, donde no se sabe bien si es Dios quien toma el papel del hombre o si es el hombre quien de súbito se convierte en Dios para administrar la ley del Juicio Final. Subimos las escaleras que llevan a San Pietro in Vincoli y admiramos el Moisés que el artista cinceló para la tumba del papa Julio II. ¡Qué vigor el del guardián de las Tablas de la Ley! Yo le veo, sin embargo, algo asustado ante el peso de tanta responsabilidad. Miguel Ángel no se acaba ahí. Está el diseño de la bonita plaza del Campidoglio, con su solemne escalinata y los dos bellos edificios que guardan sendos museos de escultura, en uno de los que se encuentra la hermosa estatua ecuestre de Marco Aurelio, obra de la Antigüedad clásica. Y está la fachada del severo palacio Farnese, que hoy es sede de la embajada de Francia. Y el Cristo de mármol que sostiene la cruz frente al altar mayor de Santa Maria Sopra Minerva.

Roma es aún más que Miguel Ángel. Cada día, debo seguir husmeando este museo abierto en la calle para admirar, por ejemplo, el legado del Barroco. El sombrío Caravaggio está presente al menos en tres iglesias romanas y en los museos de la Villa Borghese y del palacio Barberini. Para admirar las dotes de escultor y de arquitecto de Bernini, hay que recorrer un buen número de plazas y unos pocos palacios y villas. En cuanto a nuestro Velázquez, para rendirle pleitesía es necesario acercarse a la galería Doria Pamphili y estremecerse ante la mirada perversa el papa Inocencio X. Casi son precisos dos días para recorrer los escenarios donde el gran Borromini hizo los planos de sus edificios religiosos y civiles o diseñó sus fachadas y sus interiores: los palacios de la Sapienza y de Falconieri, el Oratorio dei Filippini, Santa Agnese di Agone, San Juan de Letrán y esa pequeña joya que es la “perspectiva” del palacio Spada. Esta galería flanqueada de columnas con un pequeño patio y una estatua al fondo, más que una obra arquitectónica, es un juego de la razón, un engaño de los tamaños de las piezas, una visión presumiblemente real de algo que es irreal. Como el arte mismo. Desde arriba, en el Gianícolo, miro otra vez Roma en el atardecer. Queda mucho por descubrir. Roma es eterna porque no termina nunca.

Roma en el atardecer

En Roma el arte sale a tu encuentro en forma inopinada, en el altar oscuro de una humilde iglesia que celosamente guarda el cuadro de un genio de la pintura y no lo cede a ningún museo. Stendhal, al escribir sobre Roma, decía que “lo verdaderamente grande no debe tener ninguna afectación”. Es una clave para entender la relación de Roma con el arte porque nada resulta afectado, sino natural. Así ha sido durante siglos el quehacer de los artistas romanos
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esde mi apartamento en las alturas de las alturas del monte Gianícolo —la octava colina romana, habría que llamarla con justicia— contemplo una vista única de la urbe: cúpulas y campanarios de magníficas iglesias, torres de soberbios palacios, fornidos muros imperiales y jardines con puntiagudos cipreses. También, a mis pies, los tejados de la cercana barriada del Trastevere y, más allá, trazando el fondo de este vivo retablo romano, la lejana curva de las cordilleras que descienden desde el norte y forman, por oriente, una irregular línea azulada. Tengo la impresión de que toda Roma está delante de mí, aunque la vista del Vaticano se me escapa, oculta entre arboledas hacia el oeste. Hoy es un fin de semana de otoño, cercano ya el atardecer, y los bandos de estorninos, que se retiran a dormir a las arboledas del Tíber, forman tupidos nubarrones móviles, en una danza regular y enloquecida cuyos ritmos tan solo ellos conocen.

Es la mejor hora para bajar a la antigua ciudad, a lo que queda de aquella imponente capital imperial cuyos palacios arrasaron los bárbaros y remataron, llevándose las viejas piedras para construir sus mansiones, los grandes señores renacentistas. El silencio domina los templos de los dioses y las colinas donde levantaron sus residencias los emperadores: el Palatino, el Capitolio. Si hay luna llena, ese silencio se hace aún más vivo, como si los dioses de ayer nos susurraran de pronto que aún siguen ahí. La antigua Roma murmura de noche en la vía de los Foros Imperiales, quiere hablarnos de su historia de guerras y de arte en los foros de Augusto y de Trajano, en el arco de Constantino y en las columnas Antonina y de Trajano. Pero el rey arquitectónico de la milenaria urbe imperial es, sin duda, el Coliseo, un estadio alzado, no para honrar a los dioses, sino para divertir al pueblo. El tiempo ha dejado huellas de su paso —y también los invasores de la ciudad— y hoy parece una dentadura mellada en su parte superior. Pero a pesar de los destrozos, es tan imponente como la Acrópolis de Atenas.

El antiguo circo, inaugurado por el emperador Tito en el año 80 de nuestra era, ya digo que tenía por objeto divertir al pueblo. ¡Pero qué forma de entretenerse tenían los antiguos romanos! El Coliseo era un teatro que, incluso, en ocasiones convertía la arena en piscina para representar batallas navales. Lo que sucede es que las batallas eran verdaderas y los hombres se acuchillaban ferozmente y morían por centenares. Entre los juegos que se proponían estaban los combates a muerte entre gladiadores y las luchas con tigres, leones y osos hambrientos. También, ya se sabe, el sacrificio de cristianos, bajo las fauces de los animales salvajes: se calcula que, en los años que duraron los espectáculos, unos setenta mil seguidores de Cristo perecieron en las arenas del Coliseo. Cuesta creer, en las noches de luna llena, que un lugar tan sereno y noble, en la última explanada de los foros antiguos, fuera el escenario de tanta barbarie. El poeta burlesco Gioachino Belli ironizó sobre ello en un soneto: “¡Antaño, tanto luto, tanto estrago, y ahora tanta paz! ¡Oh, humanos modos! ¡Cómo es el mundo!, ¡cómo cambia todo!”.

Pero la vieja Roma se queda coja si no te asomas al Panteón de Agripa, algo alejado de los foros, por donde cruzo casi a diario durante mis paseos romanos y donde siempre entro aunque sea unos minutos. Es el templo mejor conservado de toda la Antigüedad y ello a causa de un emperador bizantino, Flavio Focas. Se lo regaló al papa Bonifacio IV, quien decidió mantenerlo tal y como era, tan solo cambiando en los altares las estatuas de dioses paganos por santos y vírgenes. Impresiona su cúpula, la más grande de la ciudad hasta que se construyó la del Vaticano. Dicen los expertos que, en su centro, se construyó el gran agujero que hoy la domina para que los dioses entraran a comunicarse con los hombres. Pero yo tengo la sensación contraria: la de que puedo escapar por el hueco y charlar con los dioses de ayer. Aquellas deidades eran pecaminosas en grado sumo y eran más próximas al hombre precisamente por eso. Y tal vez ello era la causa por la que, con solo traspasar un agujero, ya estabas en sus estancias.

En el Panteón hay algo más: un sarcófago de mármol, la tumba del gran Rafael. Y lo es, no solo porque reposen allí sus restos, sino por el hermoso epitafio labrado en recuerdo del pintor. Traduzco del latín los versos, debidos al cardenal-poeta Pietro Bembo: “Aquí yace Rafael. Cuando vivió, la Naturaleza temió ser vencida por él. Cuando murió, temió morir con él”. Es probable que no haya otro texto en el mundo que más honre a un artista en su sepulcro. Roma es una ciudad extraña en su relación con el arte, una relación que no recuerda a la de ninguna otra urbe del mundo. En Florencia, en Nueva York, en París o en Madrid, para disfrutar de las creaciones que atesoran debes de ir a los museos. Roma, en cambio y como decía Byron, “es un museo al aire libre”. Aquí puedes encontrarte un taller de bicicletas en las ruinas de un palacio antiguo o una oficina bancaria con una columnata de un foro imperial o un monolito del Egipto faraónico en una plaza. Y el arte, a menudo, sale a tu encuentro en forma inopinada: por ejemplo, en el altar oscuro de una humilde iglesia que celosamente guarda el cuadro de un genio de la pintura y no lo cede a ningún museo.

Stendhal, que escribió un magnífico libro sobre sus paseos romanos, decía que “lo verdaderamente grande no debe tener ninguna afectación”. Y esa puede ser una de las claves para entender la relación de este ciudad con el arte a la que antes me refería: nada resulta afectado, sino natural. Y ese intento de aproximarse a la naturaleza ha dominado durante siglos el quehacer de los artistas romanos. Por eso, la tarea de buscarlos resulta a veces ardua. Es curioso que, a las tres grandes figuras del Renacimiento italiano, en su país las traten con el nombre de pila y todos sepamos quiénes son: Leonardo —da Vinci—, Rafael —Sanzio— y Miguel Ángel —Buonarroti—. O sea: se les llama como a un pariente o un vecino próximo. Y es curioso también que, a excepción del primero —apenas hay obra suya en Roma—, a los otros dos haya que buscarlos por la ciudad en numerosos y diferentes lugares. Para “ver” a Rafael y Miguel Ángel se hace preciso dedicar al menos un día a cada uno, con un buen calzado para caminar por el insufrible adoquinado romano, sobre los famosos sanpietrini.

Buscamos a Rafael, el niño prodigio y mimado del Renacimiento, el genio nacido con toda la precocidad de los grandes artistas. Dejando aparte sus obras en otros lugares de Italia y del mundo —como el magnífico Retrato de cardenal del madrileño Museo del Prado o los cartones del Royal Albert Hall de Londres—, hay una ruta casi secreta de Rafael en la Roma de hoy. Cuando bajo del Gianícolo a la ciudad, tengo dos alternativas: o la Via Garibaldi o los empinados jardines que llevan al Viale di Trastevere. Escojo la primera y, al llegar al pie de la colina, en una plazuela, tuerzo a la izquierda bajo un arco y voy a dar a la Villa Farnesina, la que fuera residencia de un riquísimo tesorero papal. Hay varios frescos del taller del genio en el palacio y, sobre todos, destaca el de la Galatea, debido directamente a la paleta del pintor. Y en otra sala, un techo bellamente decorado con motivos mitológicos en buena parte autoría del mismo. Los desnudos abundan en estas obras: los renacentistas nunca se cortaron a la hora de pintar un sexo masculino o un pecho de mujer. Sin embargo, púdicamente, el sexo femenino lo ocultaban siempre.

Hay que seguir husmeando río arriba, en las arboledas tejidas sobre el Tíber por los plátanos y los castaños, hasta llegar al Vaticano. Y allí, en el interior del gran complejo sede de los papas, cumplir el rito de la larga cola para visitar los museos. Merece la pena porque, después de una larga caminata por galerías repletas de cuadros y frescos imponentes, están las llamadas stanze de Rafael quien, con sus ayudantes, creó una de las obras cumbres del Renacimiento: los frescos de cuatro salas, de los cuales fue autor de dos el propio Rafael, mientras que en las otras dirigió a sus asistentes y alumnos. En la Stanza di Eliodoro reina sin dudarlo el fresco de La liberación de San Pedro. Pero es en la Stanza della Segnatura, donde se encuentra la que, en mi opinión, es la obra suprema del artista: La escuela de Atenas. ¿Cómo explicar la grandeza de esta pintura? Solo se me ocurre una respuesta cada vez que la contemplo: la naturalidad. Rafael crea en este fresco un espacio imaginario en el tiempo y en el espacio para exaltar la sabiduría humana, representada por la antigua Grecia y recuperada por la Roma renacentista. Platón y Aristóteles son las figuras principales, que entran en la gran arcada, serenos, solemnes, ante la mirada de Sócrates. Y por todas partes asoman los hombres sabios: Euclides, Homero, Zoroastro. Y lo más curioso, como si de una broma se tratara, es que Rafael pone los rostros de algunos de sus contemporáneos a las figuras señeras del pasado. Para el rostro de Platón, eligió a Leonardo; para el de Euclides, a Bramante, y para el de Heráclito, ¡a Miguel Ángel, su gran rival! Rafael era un artista generoso que sabía reconocer el talento de sus adversarios. Y La escuela de Atenas refleja la fe de un hombre bueno en la esperanza, mientras que otros contemporáneos suyos representaron el desconsuelo, como Caravaggio, y a menudo el propio Miguel Ángel, el artista volcánico por excelencia en la historia de la humanidad, además de espléndido pintor, sublime arquitecto —Rafael también diseñó edificios— y un escultor magnífico. Tal vez solo le igualaría en grandeza Leonardo. Y en Roma se pueden seguir las trazas de sus mejores obras. La primera de todas, por supuesto, la sublime cúpula del Vaticano, de trazas clásicas, influida por la del Panteón, y que es la más grande de la Cristiandad. Si el poder de los papas —antes político y hoy espiritual— ha sido uno de los más soberbios de la historia humana, su mejor representación es la basílica de San Pedro, por su explanada, la imponente fachada de su templo y la grandiosa cúpula. Y Miguel Ángel fue uno de los autores más renombrados de tan magna obra. Allí dentro hay, además, dos de los mejores ejemplos de su versatilidad: la Pietá, una escultura en mármol que representa a la Virgen llorando el cadáver de su hijo, un hombre demasiado joven para morir; y la fastuosa Capilla Sixtina, donde no se sabe bien si es Dios quien toma el papel del hombre o si es el hombre quien de súbito se convierte en Dios para administrar la ley del Juicio Final. Subimos las escaleras que llevan a San Pietro in Vincoli y admiramos el Moisés que el artista cinceló para la tumba del papa Julio II. ¡Qué vigor el del guardián de las Tablas de la Ley! Yo le veo, sin embargo, algo asustado ante el peso de tanta responsabilidad. Miguel Ángel no se acaba ahí. Está el diseño de la bonita plaza del Campidoglio, con su solemne escalinata y los dos bellos edificios que guardan sendos museos de escultura, en uno de los que se encuentra la hermosa estatua ecuestre de Marco Aurelio, obra de la Antigüedad clásica. Y está la fachada del severo palacio Farnese, que hoy es sede de la embajada de Francia. Y el Cristo de mármol que sostiene la cruz frente al altar mayor de Santa Maria Sopra Minerva.

Roma es aún más que Miguel Ángel. Cada día, debo seguir husmeando este museo abierto en la calle para admirar, por ejemplo, el legado del Barroco. El sombrío Caravaggio está presente al menos en tres iglesias romanas y en los museos de la Villa Borghese y del palacio Barberini. Para admirar las dotes de escultor y de arquitecto de Bernini, hay que recorrer un buen número de plazas y unos pocos palacios y villas. En cuanto a nuestro Velázquez, para rendirle pleitesía es necesario acercarse a la galería Doria Pamphili y estremecerse ante la mirada perversa el papa Inocencio X. Casi son precisos dos días para recorrer los escenarios donde el gran Borromini hizo los planos de sus edificios religiosos y civiles o diseñó sus fachadas y sus interiores: los palacios de la Sapienza y de Falconieri, el Oratorio dei Filippini, Santa Agnese di Agone, San Juan de Letrán y esa pequeña joya que es la “perspectiva” del palacio Spada. Esta galería flanqueada de columnas con un pequeño patio y una estatua al fondo, más que una obra arquitectónica, es un juego de la razón, un engaño de los tamaños de las piezas, una visión presumiblemente real de algo que es irreal. Como el arte mismo. Desde arriba, en el Gianícolo, miro otra vez Roma en el atardecer. Queda mucho por descubrir. Roma es eterna porque no termina nunca.