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Realización y edición: Morrosko Vila-San-Juan

Leyla Acaroglu: “Las cosas que diseñamos, a su vez, nos diseñan”

Leyla Acaroglu es una diseñadora y socióloga que ha recibido diversos reconocimientos por su vivo compromiso con la conservación del medio ambiente, entre los cuales el Champion of the Earth de la ONU. A través de sus diferentes proyectos educativos y su labor como conferenciante (muy interesante su charla TED, así como la impartida en Google) pone el énfasis en la necesidad de aplicar cambios que mejoren los sistemas de producción y consumo, a través de un diseño inteligente. Según se desprende de las palabras, apasionadas y precisas, que nos dedica en el marco del Summit de la Barcelona Design Week, la perpetuación razonablemente feliz de la especie requiere de una toma de conciencia, una mayor sensibilización acerca de las condiciones de vida que habiliten la sostenibilidad futura

En sus intervenciones Leyla Acaroglu desborda sentido común y una actitud positiva que contrasta con la crudeza del diagnóstico que hace a propósito del impacto del hombre en la naturaleza: “Estoy obsesionada con el diseño, porque la mayor parte del mundo circundante es construido”. Desde el momento en que nacemos prácticamente todo lo que hay es artefacto, creado para satisfacer las necesidades mínimas y, al mismo tiempo, proponer pautas de conducta que son adoptadas de un modo no siempre consciente. “El diseño es el guionista silencioso que más influye socialmente en el mundo, condiciona cada segundo de nuestras vidas”, ha explicado. Nos condiciona física y cognitivamente, por lo general de forma inadvertida. De ahí la importancia de prestar atención a las reales posibilidades de mejora que ofrece la creación consciente y respetuosa de productos, el diseño de experiencias que provoquen “cambios intrínsecos” en los sistemas humanos.

La maravillosa capacidad del hombre, consistente en crear orden desde el caos, no siempre ha supuesto progreso, en un sentido sostenible. Hay indicios razonables –advierte Leyla Acaroglu- que apuntan a una regresión, un retorno al caos. Pues contra los pronósticos más optimistas –propios, por ejemplo, de la ilustración- el ser humano no es en lo fundamental racional, y se deja llevar por hábitos. Inducir, a través de ciertos objetos, unos mejores hábitos, puede ser clave para la sostenibilidad. “Creemos tener control autónomo” pero –explica, abundando con buen humor en una paradoja de consecuencias no siempre positivas- “los humanos somos predeciblemente irracionales”. Lo cierto es que la bioquímica, los neurotransmisores condicionan sobremanera nuestros comportamientos. Un hecho que no debe ser pasado por alto para determinar qué producto y qué tipo de consumo son idóneos en el contexto específico en que cada individuo se encuentra. Recuerda Leyla Acaroglu, en este sentido, que no existe “una norma ideal”, y lo que resulta sostenible en un contexto puede no serlo en otro, del mismo modo que no hay “materiales buenos o malos”, sino que depende de su aplicación.

En un fenomenal discurso, titulado This is Water, el malogrado escritor David Foster Wallace puso el énfasis en una cierta configuración predeterminada, unos “ajustes por defecto” (default settings) que sustentan nuestra cosmovisión subjetiva. Los “condicionantes cognitivos” (cognitive biases) –en palabras de Leyla Acaroglu- que impiden que realmente reparemos en lo esencial: el privilegio de que haya vida en el planeta. Con múltiples ejemplos, y una contagiosa dosis de actitud positiva -que evita el derrotismo o la mera culpabilización, ambos estériles- Acaroglu invita a enfrentar el reto de la sostenibilidad, quizá el más acuciante en el presente s. XXI. Reto a asumir  a través de una producción eficiente y respetuosa, realizada mediante el diseño de productos que tengan en cuenta las verdaderas necesidades del ser humano. “Soluciones sofisticadas” –explica- que minimicen el gasto para posibilitar aquello que Aristóteles, filósofo especialmente atento a la particularidad de las circunstancias vitales, ya definió en sus reflexiones sobre ética como eudaimonia, o “buena vida”.