Europa 2050: suicidio demográfico

Con la gran crisis demográfica de Europa, la baja natalidad y el envejecimiento de la población harán que la presión migratoria para las sociedades europeas sea más fuerte que nunca. Agrava el diagnóstico el hecho de que los economistas rechacen ver la relación entre crecimiento económico y dinámica demográfica. “Europa 2050: suicidio demográfico” apareció inicialmente en el “Informe Schuman sobre Europa: estado de la Unión 2017”
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Qué silencio ensordecedor ante el suicidio demográfico de Europa en el horizonte 2050! Las proyecciones demográficas de las grandes regiones del mundo hasta mediados de siglo son conocidas y reevaluadas cada dos años por las Naciones Unidas y regularmente por Eurostat para todos los Estados miembros de la Unión Europea —un total de 511 millones de habitantes—, pero hay que ser un especialista en bases de datos para usarlas. De hecho, nadie habla de ellas, sobre todo en Bruselas, donde prefieren elaborar informes sobre las revoluciones tecnológicas, el desarrollo sostenible o la transición energética. Nos corresponde alertar —es nuestra función—, aunque sepamos que en 2050 no estaremos aquí para lamentarnos de que no se nos haya escuchado. Contrariamente a lo que ocurrirá en América del Norte, que verá aumentar su población en 75 millones de habitantes —alrededor de dos veces menos que América del Sur—, Europa podría estancarse en torno a los 500 millones de habitantes y perder 49 millones de personas en edad de trabajar en la franja de 20-64 años, 11 millones de ellas en Alemania. España e Italia, por su parte, perderían entre 7 y 8 millones de activos potenciales, en tanto que Francia podría contentarse con no alcanzar a Alemania, algo que, sin embargo, sí haría Reino Unido. No puede alegrarnos una perspectiva semejante porque los vecinos también son sus principales mercados: un 87% de lo que se produce en Francia se consume en Europa, un 70% en el propio país y un 17% fuera de sus fronteras. Eso supone un 56% del 30% que se exporta en el mundo.

LA TECTÓNICA DEMOGRÁFICA

Las demás predicciones de la tectónica demográfica hasta 2050 no son más alentadoras: China, Japón y Rusia perderían, respectivamente, 38 millones, 20 millones y 15 millones de habitantes, mientras que la India incrementaría su número de habitantes en unos 400 millones, sobrepasando a China al menos en unos 300 millones. La sangría será especialmente considerable para la franja de edad entre 20 y 64 años: 22 millones menos en el caso de Rusia, 20 millones menos para Japón y 195 millones menos para China. Estados Unidos vería aumentar sus activos potenciales en casi 20 millones en ese periodo.

Europa podría estancarse en torno a los 500 millones de habitantes y perder 49 millones de personas en edad de trabajar en la franja de 20-64 años. España perdería entre 7 y 8 millones de activos potenciales

Se necesitará mano de obra y talento para compensar estas pérdidas de activos. ¿Posibilidades? Según los mismos datos, la población de África aumentaría 1.300 millones, 130 millones solo en el norte de África. Es decir, que la presión migratoria para Europa será más fuerte que nunca. Sin embargo, Europa ni habla ni se prepara para este shock demográfico —implosión interna y explosión externa—, como si el tsunami demográfico fuese menos importante que la oleada de números. Para poner fin a ese silencio, invitamos a nuestros interlocutores a suponer varios millones de refugiados climáticos procedentes de Asia o, más aún, de refugiados políticos y económicos procedentes de África y el Oriente Próximo. Digamos que si un 1% del aumento de la población africana se instalara en Francia en los próximos treinta y cinco años —lo que está tan cerca de nosotros como 1980—, esto supondría 13 millones de habitantes más dentro del Hexágono en los próximos treinta y cinco años, es decir, ¡un 20% más! Si pensamos en la Unión Europea sacudida y debilitada en 2015 por un millón de refugiados, en su mayoría políticos, es evidente que Europa debería empezar a prepararse ante tales perspectivas. Debería inspirarse en Canadá, que no duda en practicar una política de cuotas en función de las necesidades del mercado de trabajo. Y fomentar la reactivación de la fecundidad en el Viejo Continente, porque la integración de las culturas empieza en las escuelas. Cuando hay mucha arena, el cemento no cuaja. Para acoger más arena hace falta más cemento, es decir, niños que hablen la lengua del país, sea cual sea su color. En resumen, para seguir abiertos al mundo, hay que reactivar la fecundidad en Europa ya. ¿Pero quién habla de política familiar en una Europa que permite los hoteles y complejos turísticos solo para adultos, prohibidos a los niños y que toleran solo los animales domésticos?

CANAS Y CRECIMIENTO DÉBIL

Los medios de comunicación tímidamente comienzan a alarmarse de que en 2016 por vez primera, en Europa, el número de fallecimientos superara al de nacimientos. Es interesante destacar que es el caso de Alemania desde 1971, de Italia desde 1991, de España desde 2016, de Rusia desde 1991, de Japón desde 2006. A China le tocará el turno en 2028. El fenómeno no debería producirse en Francia, ni en Estados Unidos, hasta después de 2050. No nacen niños de los muertos. El suicidio demográfico de la vieja Europa es una muerte anunciada, pero aún estamos a tiempo: la buena previsión no es forzosamente la que se realiza sino la que conduce a la acción para evitarlo.

Para seguir abiertos al mundo, hay que reactivar la fecundidad en Europa ya. ¿Pero quién habla de política familiar en una Europa que permite los hoteles y complejos turísticos solo para adultos, prohibidos a los niños y que toleran solo los animales domésticos?

Es un clásico atribuir el fuerte crecimiento económico de la posguerra en Europa a la reconstrucción y la recuperación respecto a Estados Unidos. Esas tres décadas gloriosas coincidieron con la ola demográfica. Sin embargo, no es tan habitual destacar que en los años cincuenta y sesenta, cuando no había ordenadores y no se hablaba de revolución tecnológica, el aumento de la productividad aparente del trabajo fue dos o tres veces más elevado que en los años ochenta y siguientes. ¿Cómo no ver en esa elevada productividad un efecto de curva de experiencia y de descenso de los costes unitarios de producción en los mercados en expansión continua? Contrariamente, desde principios de los años ochenta el crecimiento económico y el de la productividad no han dejado de ralentizarse en Estados Unidos, en Europa y en Japón.

Los investigadores se preguntan sobre las causas de esta ralentización concomitante del crecimiento y de la productividad precisamente cuando las revoluciones tecnológicas de la información y la comunicación —TIC—, de las biotecnologías, las nanotecnologías o las energías —renovables y reservas— son más que nunca perceptibles. Es la famosa paradoja de Solow: “Veo ordenadores por todas partes menos en las estadísticas de productividad”. Curiosamente, estos mismos investigadores no se preguntan por la relación que podría haber entre esa ralentización del crecimiento y el envejecimiento demográfico de las viejas zonas desarrolladas: Estados Unidos, Japón, Europa.

En Europa y en Japón el crecimiento del PIB fue superior en los años ochenta al de los noventa: un 2,5% frente al 2,3% en Europa y un 4,6% frente a un 1,1% en Japón. En el transcurso de estas dos décadas, el crecimiento del PIB en Estados Unidos superó en torno a un punto porcentual al de Europa. La explicación es en esencia —para más de la mitad— demográfica, dado que la desviación del crecimiento del PIB per cápita es solo 0,2 puntos más elevado al otro lado del Atlántico que en Europa para los mismos periodos. En efecto, el crecimiento demográfico, del orden del 1% anual en Estados Unidos, es desde principios de los años sesenta dos o tres veces más elevado que en Europa. Otra parte de la explicación de este crecimiento más elevado del PIB en Estados Unidos hay que buscarla en las tasas de empleo y en una duración anual del trabajo más elevados. Si los estadounidenses avanzan más deprisa, es porque son más y trabajan más.

EL TSUNAMI DEMOGRÁFICO QUE SE OCULTA

En la Comisión Europea, pero también en la mayoría de las instancias internacionales y nacionales, raras veces se evoca la relación entre demografía y crecimiento. Los informes sobre tecnología, innovación y competitividad abundan; sin embargo, el hombre solo es abordado como capital humano, y bajo la perspectiva de la formación, considerada con toda la razón como una inversión y un factor de crecimiento a largo plazo. La demografía se trata solo desde la perspectiva del envejecimiento “por arriba” y los problemas que de él se derivan para el equilibrio de los sistemas de pensiones, los gastos en sanidad y en hacerse cargo de la dependencia, pero prácticamente nunca en lo relativo a las consecuencias del envejecimiento “por abajo” sobre el crecimiento y sobre la situación de Europa en el mundo.

En el año 2000, la ambiciosa estrategia de Lisboa para el crecimiento y el empleo apostaba esencialmente por las tecnologías de la información y la economía de crecimiento para asegurar el futuro y la fuerza de la Unión Europea en la escena internacional en el horizonte del 2010. Casi a la mitad del periodo, el Informe Wim Kok (2004) mantenía su enfoque en la sociedad del conocimiento y el desarrollo sostenible para una Unión Europea ampliada, y dedicaba —y eso era una novedad— una pequeña página al envejecimiento de Europa. Este podría reducir el potencial de crecimiento de la Unión un punto —en torno al 1% en lugar del 2%— hasta 2040. Pero nada se dijo de las comparativas de las evoluciones demográficas en Europa y Estados Unidos, un olvido más destacable aún si consideramos que esas comparaciones son sistemáticas para el esfuerzo de la investigación, la innovación y la medición de la productividad.

LOS EFECTOS MULTIPLICADORES DE LA DEMOGRAFÍA

Como decía Alfred Sauvy, los economistas “rechazan ver” la relación entre crecimiento económico y dinámica demográfica, así que no buscan verificarla. Sin embargo, la edad de oro del capitalismo y el baby-boom fueron de la mano, y el despegue de Estados Unidos se explica, sin duda, también, por una mejor salud demográfica. Desde hace tres décadas, su tasa de fecundidad se mantiene en un promedio de casi 2,1 hijos por mujer, mientras que en Europa se sitúa en el 1,5 y la población, de hecho también por los importantes flujos migratorios, sigue aumentando con fuerza. La comparación de las tasas de crecimiento entre Europa y Estados Unidos recurre generalmente a la técnica para explicar diferencias a largo plazo. Podemos preguntarnos si no existe también un efecto de “multiplicador demográfico”.

Esta hipótesis permite comprender mejor por qué el crecimiento y, sobre todo, las ganancias de productividad de los años cincuenta y sesenta han sido de media dos veces más elevados que en las décadas de los ochenta y los noventa, sin embargo marcadas por las revoluciones técnicas, fuentes teóricas de ganancias de productividad. Con la nueva economía, la cuestión parecía resuelta, conociendo Estados Unidos un periodo de fuerte crecimiento económico con ganancias de productividad —aparente del trabajo— muy superiores a las de Europa. ¿No era la prueba de que Europa se descolgaba tecnológicamente respecto de Estados Unidos? Podemos dudar de esta explicación ahora que conocemos las estadísticas validadas para el pasado. En los años ochenta el crecimiento del PIB por activo era comparable en las dos zonas —alrededor del 1,5%—, con una ligera ventaja por parte de Europa en esa década. No obstante, desde los años noventa, Europa parece descolgarse respecto a Estados Unidos, cuya actividad aparente —PIB/activos ocupados—aumentó más del 2% anualmente en los años noventa y un 1,5% anual hasta 2007, un 1% después de la crisis. En el mismo periodo, el alza de la productividad en Europa pasó del 1,7% en la década de los noventa al 1% anual entre 2000 y 2007, para caer hasta el 0,3% a partir del 2008. La cuestión es evidente: ¿hay que atribuir esta brecha al gap tecnológico o al gap demográfico? Avanzamos la hipótesis de que este último factor desempeña un papel determinante, dado que la brecha demográfica se está ampliando cada vez más.

DINÁMICA DEMOGRÁFICA Y PRODUCTIVIDAD APARENTE

La totalidad de la población no está en activo, pero el número de horas trabajadas explica en esencia la diferencia de nivel de productividad aparente del trabajo por activo empleado, ya que los estadounidenses trabajan un 46% más que los franceses cada año. Si trabajan es porque hay una demanda que satisfacer, quizá también más sostenida que en otros lugares debido a la expansión demográfica. Si renunciamos a la hipótesis de independencia entre las dos variables “PIB por habitante” y “crecimiento demográfico”, podemos avanzar una nueva hipótesis, la de un multiplicador demográfico que estaría en el origen de una parte importante de las ganancias de productividad más elevadas en Estados Unidos que en Europa. En general, los economistas —refiriéndose a la famosa función de producción de Cobb-Douglas— explican el crecimiento por tres factores: el capital, el trabajo y el progreso técnico. Volvamos a las fuentes: la productividad es el residuo de crecimiento suplementario, que no se explica por el aumento de los factores de producción (capital y trabajo). A falta de algo mejor, atribuimos este incremento del crecimiento del PIB por activos al progreso técnico (en este caso, la expansión de las tecnologías de la información), que es una forma positiva de señalar el residuo no explicable.

La cuestión es evidente: ¿hay que atribuir esta brecha al ‘gap’ tecnológico o al ‘gap’ demográfico? Avanzamos la hipótesis de que este último factor desempeña un papel determinante, dado que la brecha demográfica se está ampliando cada vez más

El crecimiento del PIB depende de dos factores: el PIB por activo ocupado y el número de activos ocupados. El aumento del PIB por activo ocupado es de hecho mucho mayor en Estados Unidos que en Europa desde mediados de los años noventa. En realidad, la variación del PIB por activo (productividad aparente del trabajo) es más significativa que el número de trabajadores activos, y las oportunidades de empleo aumentan en una población en expansión. El progreso técnico, el aprendizaje y las economías de escala combinan sus efectos para reducir los costes unitarios, mejorar la calidad, en resumen, aumentar el valor agregado, es decir, el PIB por activo. El multiplicador de la dinámica demográfica sigue jugando a favor de Estados Unidos, ciertamente menos que en los años sesenta, pero ya no para una Europa envejecida. Los economistas no encuentran este multiplicador demográfico porque no lo buscan. Sin embargo, esta hipótesis arrojaría más luz sobre la disminución del crecimiento del PIB por activo, constatada entre principios de los años 2000 entre Estados Unidos y Europa, que el retraso en las tecnologías de la información y la comunicación. El crecimiento a largo plazo de los países desarrollados está condenado por la demografía: sin capital humano, el crecimiento está limitado por la falta de oxígeno.

LOS ÁRBOLES Y EL BOSQUE

Con un indicador coyuntural de fecundidad próximo al 1,5, Europa tendrá mañana generaciones de jóvenes activos un tercio menos numerosas que las actuales. Una caída del número de nacimientos para un país equivale a lo que supone una reducción en la inversión para una empresa: permite beneficiarse, durante un tiempo, de una tesorería más cómoda, al precio de graves problemas posteriores. De ello se deduce que la política familiar que respalda el crecimiento demográfico es una inversión a largo plazo. Algunos podrían argumentar que el déficit de nacimientos en Europa y su impacto negativo sobre el crecimiento económico futuro y el incremento de los niveles de vida podrían ser recompensados por flujos migratorios cada vez más grandes. Se emocionan, como muestran acontecimientos recientes como la salida de Reino Unido de la Unión Europea, y como muestran también las reacciones de las poblaciones de la práctica totalidad de los países europeos a los flujos de migrantes procedentes de África y del Oriente Próximo.

Los países europeos son como bosques cuyos árboles, a pleno rendimiento durante cuarenta años, han llegado a su madurez sin haber previsto su sustitución por brotes jóvenes. Ahora bien, para invertir y consumir, debemos tener confianza en el futuro y necesitamos equiparnos, características que, por desgracia, retroceden con la edad. Los resortes del dinamismo son los mismos en los ámbitos económico y demográfico: el placer de vivir se expresa tanto por la iniciativa económica como por la acogida de niños. ¡El espíritu de empresa es primo del espíritu de familia!