“Mi relación con la música es muy de oficio, de creer en algo y trabajar duro para hacerlo yo misma, sin esperar que otros hagan las cosas por mí”. La pianista y compositora Elbi Olalla se acoda a la barra y observa cómo el vino es escanciado en su copa al tenue compás del Sophisticated lady de Duke Ellington, puesto a volumen apenas perceptible “porque me avergüenza hablar por encima de la música”. Sonríe. Viene de tocar y esta nocturnidad post-recital es su descanso. “Esencialmente soy muy curranta”, añade.
Nació y creció en Mendoza, el oeste vinícola de la Argentina. “Es un lugar muy conservador a pesar de lo cual ha florecido una rica escena cultural y musical, que es una forma de resistir, de sobrevivir a todo lo que pasa en nuestro país”. La cultura como brote verde en el erial o, como ella lo define, “la flor del desierto”. El punto fértil.
“Mi padre es pianista y me llevaba a la iglesia bautista, donde había mucha música y donde, durante muchos años, me curtí tocando cada domingo”, rememora. Aquella fue una muy buena base que, a partir de la tarda adolescencia, enriqueció con incursiones en multitud de léxicos como el funk, el rock –militó durante una temporada en la banda Los Enanitos Verdes, del añorado guitar hero local, Felipe Staiti–, el jazz, la bossanova y la música electrónica, “en la que también me metí a fondo”.

Cuando dejó de tocar en la iglesia, dejó de gozar del respaldo familiar y tuvo que sacarse ella sola todas las castañas del fuego. “De ahí, mi relación con mi oficio que es muy práctica, muy proselitista, y muy poco, digamos, bucólica o poética”, sonríe. Nadie dijo que fuera fácil regar una flor en el desierto.
Tango Siglo XXI
Cuando el tango asomó en la vida de Elbi Olalla en forma de obsesión, era una música considerada vieja, pasto de gente mayor, nostálgicos y exploradores de remotos pasados sonoros. “Pero llegó un momento, a finales de los 90, en que el rock dejó de tener cosas que decir en Argentina”. Y una generación de jóvenes músicos decidió ir volviendo, poco a poco, a aquellas raíces. A aquellas formas musicales autóctonas, capaces de reflejar el alma de un pueblo siempre al filo de crisis y desastres.
“Fundamos Altertango en 2001 con la cantante Victoria di Raimondo, y enseguida tuvimos claro que queríamos desarrollar un proyecto profesional sólido, construir una carrera que nos permitiera trabajar cada día, viajar a dar conciertos, giras, grabar discos…”. Elbi y Victoria se emplearon a fondo para trascender Mendoza. “Tocábamos mucho en Chile, que está al lado y donde hay una gran escena y sensibilidad cultural”. Abonaron la flor del desierto con el sudor de sus frentes y el resultado es una trayectoria que casi suma un cuarto de siglo, con ocho álbumes de los cuales el último, el poético La saga dels marges (Club del Disco), ha salido muy recientemente.
De hecho, la solidez del proyecto es tal, que Altertango ha sobrevivido a la marcha de Victoria y al hecho de que, en 2019, Elbi se marchara de Mendoza para recalar en Barcelona, “donde me he sentido en casa desde el primer instante”. Y, mientras prepara el viaje para presentar La saga dels marges en Argentina, tras su puesta de largo aquí, ultima también los preparativos del álbum Piano canción 2, grabado a dúo con el cantante y escritor Alejandro Guyot, y compone material para su alias solista Món piano. “Me enorgullece escribir canciones y luchar para que tengan un recorrido”, reflexiona.
No se admiten críticas (de momento)
“Venir a Barcelona ha sido la mejor decisión de mi vida”. Así de claro. Aquí, la pianista ha liderado proyectos como Gattaca Nou Tango o Proyecta Tango y ha fundado su propio estudio: el Barcelona Piano Estudi, desde donde enseña y lleva a cabo una incansable labor de proselitismo musical. De contagiar pasión y conocimiento en partes iguales.

Aquí se siente plenamente integrada. “A pesar de que adolece de un modelo de gestión cultural que afecta a la capa intermedia de músicos, creadores y espacios, yo a esta ciudad tan diversa la sigo mirando como quien mira el amor de su vida”. Todavía no está en esa fase de barcelonidad en la que la relación con la urbe deviene de amor-odio. “La vida, acá, es linda –dice–. Y me molesta mucho la gente que critica esta ciudad”. Sorbe el último trago de vino, tras lo cual añade, riendo: “al menos, de momento”.
– Lo que convierte la vida de aquí en algo lindísimo es nuestra oferta gastronómica. Aún tenemos la cocina abierta por si quieres comer algo tipo bocata, plato combinado o tapa…
Elbi Olalla no necesita pensárselo mucho. Con su sonrisa amplia replica, al instante:
– Unas tapas, sin duda… ¡y, como buena mendocina, te pido otra copa de vino!
Bien elegido. El alimento perfecto para seguir floreciendo.
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