“La vida me ha llevado por sitios increíbles, y he tenido la suerte de haber estado siempre preparado para subirme a los trenes que pasaban delante de mí”. El solo de trompeta de un joven vecino que está practicando en un piso de la calle se cuela en el Bar, mientras Carles Benavent degusta un café y un bocadillo –“no grande, pero bueno”– para almorzar. “Lo de trabajar y estudiar para estar preparado para aquello que te venga de frente es muy importante y es algo que siempre les digo a mis alumnos”, añade.
A los trece años trabó amistad con Emili Baleriola –“que por entonces ya tocaba la guitarra eléctrica”– y ahí entró en contacto con el bajo eléctrico. “La verdad es que elegí ese instrumento porque tenía cuatro cuerdas, y parecía más fácil. Pero yo lo tocaba imitando la guitarra, tocando con púa y fijándome más en frases de Eric Clapton que en las de Jack Bruce. Esta forma de tocar es la que, luego, me ha abierto una serie de puertas”.
Al cabo de un año, Emili, Carles y Salvador Font (hijo) fundan su primera banda, Crak. Llegan a telonear a Los Brincos y se integran, al poco tiempo, en la segunda formación de Máquina! de Enric Herrera, con la que graban dos singles y el mítico álbum En directo. Finalizada esta etapa, el músico participa en varios proyectos de Jazz y de música brasileña, como Les Etoiles de Rolando Faria y Luiz Antonio. “La música siempre me ha impactado por su ritmo, el funk, el jazz, la música de Brasil y, claro, el Flamenco. ¡Me fascina el control del contratiempo, de las emociones a través del compás!”, exulta.

Conocer a Joan Albert Amargós fue otra vuelta de tuerca. “Su forma de componer, de base clásica, era increíble. Nadie escribía y arreglaba así aquí”. Fundaron la banda Música Urbana, uno de los grandes nombres de aquella Onda Layetana de finales de los 70, “en los que mi generación tuvo la gran suerte de vivir el final de una dictadura y la apertura hacia muchas libertades, y lo expresó a través de una escena musical diversa, donde cabían desde los sonidos latinos, hasta los progresivos, el jazz o el funk”. Su paso por esta formación fue lo que le dio “las tablas para acabar tocando con Paco de Lucía”. Y, tras un breve instante, aclara: “ojo, me refiero a tocar con él, no a limitarme a acompañarlo”.
En defensa del bajo eléctrico
Carles Benavent cruzó su camino con el de Paco de Lucía por la intermediación de los músicos Jorge Pardo y Rubem Dantas. “Enseguida vimos que caminábamos de maravilla, que aquello tenía futuro, mucho recorrido. Piensa que el primer tema que trabajamos juntos fue Monasterio de sal, que es un diálogo de guitarra y bajo y, te diré: si tuviese que volverlo a hacer, lo haría exactamente igual”.
Pero no fue un camino fácil. No sólo por todo el trabajo y el estudio, sino para vencer el prejuicio generalizado que había hacia su instrumento. “Fíjate que, de entrada, mi padre ni siquiera sabía lo que era un bajo eléctrico. Luego, en el conservatorio, el mestre Sala, mi profesor de contrabajo, me decía que no tocara ‘esa guitarra baja’. Los puristas del jazz lo veían fatal y ya no te digo, más adelante, los del flamenco, que se referían despectivamente al bajo como ‘guitarra china’”, ríe. Músicos de su generación como Jaco Pastorius, Stanley Clarke o el mismo Carles dignificaron el instrumento más allá del pop.

Un viaje a Japón hizo coincidir a Carles y a Paco con Chick Corea, con el que se generó enseguida una profunda sintonía. “La gira que recuerdo con más cariño de mi vida fue una que hice al lado de estas dos moles musicales en 1982”. Con Corea grabaría varios álbumes en los 80 y a principios de milenio, destacándose el último, The ultimate adventure, de 2006, “donde participan monstruos como Steve Gadd o Hubert Laws”.
Empeñado en no perder la ilusión por las cosas y por un oficio que ama, el músico ha liderado sus propios proyectos –“mi debut de 1983 fue el que inauguró el catálogo de Nuevos Medios”–, ha atesorado un sinfín de galardones –el más reciente, el del festival San Javier de Murcia– y ha estado al lado de grandes como los citados Pardo y Dantas, Vlady Bas, Don Alias, Alex Acuña o el mismísimo Miles Davis. Este contó con él en 1991 para interpretar algunos temas de Sketches of Spain en Montreux. “Fue como una especie de sueño” recuerda Carles, único español en haber tocado con el maestro. Lo que está claro es que aquello le pilló, como siempre, preparado. Y, por cómo le brilla la mirada al explicarlo, es obvio que no ha perdido ni un ápice de esa ilusión que mantiene intacta.

El embrujo de Gaudí
“Actualmente no bajo mucho a Barcelona, vivo con mi mujer en Begues, en una casa al lado del bosque, y me agobia ir a la ciudad, con tanto tráfico, tanta polución y, sobre todo, tanta gente arrastrando maletas de ruedecitas por la calle”. Aunque serpentee en medio del tránsito con su moto, el músico –oriundo del Poble Sec– apuesta por la tranquilidad de un pueblo donde también vive su hija “y donde por la mañana oigo los pajaritos”.
De la ciudad sigue amando con locura a Gaudí. Confiesa que cuando vio la ceremonia de bendición e inauguración de la Torre de Jesucristo de la Sagrada Familia, “se me saltaron las lágrimas”. De hecho, el bajo eléctrico que toca –al que ha llamado Barcelona– “está diseñado inspirándose en las formas del visionario arquitecto”, aclara.
Se hace un breve silencio, únicamente roto por el solo de trompeta del aplicado alumno. Carles Benavent se siente a gusto. Capaz de mirar atrás, hacia una trayectoria singular llena de momentos mágicos, pero también de hacerlo hacia adelante, ayudando y enseñando a jóvenes músicos a estar siempre listos para todo lo bueno que ha de venir.
– Ya que has bajado hasta aquí, ¿te apetece otro café?
El músico sonríe y se encoge de hombros.
– Claro, ¿por qué no?– responde.
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