Cuando tenía nueve años, rebuscando chucherías en casa de sus abuelos, abrió un armario y ahí estaba aquella guitarra que parecía estar llamándole. “Recuerdo que me pasé horas acariciando sus cuerdas, repasando sus contornos, hipnotizado”. El ritmo del In’n’out de Wes Montgomery acompasa el atardecer en el Bar mientras, acodado en la barra, Alejandro Latinez degusta un negroni. “Creo que encontrarme aquella guitarra fue la semilla de todo lo que vino después”, añade.
Para entender cómo este limeño fue alimentando su pasión musical no se puede dejar de hablar de Aldo, “era mi tío, el hermano de mi madre, y, aunque se ganaba la vida como camarógrafo, había tocado en varios grupos como Juego Sagrado. Él me enseñó los primeros acordes y nos inculcó a mi hermano y a mí el amor por la música progresiva”. Bandas y artistas como Yes, Genesis, Spinetta o (sobre todo) Rush, fueron los primeros grandes amores de Alejandro que, con su hermano, iban en busca de aquellos CDs difíciles y caros de encontrar en el Perú de finales de los 90.
Estudiante mediocre, la cosa mejoró cuando pasó de un colegio castrense a la escuela Los Reyes Rojos, más abierta a las inclinaciones artísticas de los alumnos. A los trece se integró en la banda de reggae Ya Vamos Jah y se dio cuenta de que lo que le hacía de verdad ilusión, lo que le motivaba realmente, era tocar. Seguir aprendiendo. “Cuando terminé los estudios yo tenía claro que quería ser músico. Tenía el apoyo de mi madre y de mi tío Aldo y fue entonces cuando Teresa, la mujer de él, que es catalana, me ofreció la posibilidad de venir a Barcelona”.

Hace dos décadas, sin tener aún los 18 cumplidos, el músico llegó aquí y se sintió inmediatamente como en casa. Empezaron a pasar muchas cosas, claro. “Mi primer gran proyecto fue tocar con Dani Lança durante varios años, con él me fogueé en giras y conciertos para miles de personas”. Otros proyectos interesantes fueron militar en la Always Drinking Marching Band, o escribir y arreglar repertorio para el disco Jatarishun, de Winiaypa, “una banda de música andina ecuatoriana mezclada con reggae y pop con los que aún giramos por Estados Unidos y Latinoamérica”. Pero, a pesar de una actividad cada vez más frenética, había algo, un hueco, que el músico sentía que tenía que llenar.
Acabar acudiendo a la llamada del jazz
Más que su propio sueño, Alejandro Latinez parecía estar sublimando las aspiraciones frustradas de su tío Aldo. “A él no le gustaba el jazz, pero desde que había tenido mi primer contacto con esta música, de la mano del guitarrista Andrés Prado, sentía como que me llamaba”. Esta necesidad de crecer musicalmente fue la que lo llevó a apuntarse al conservatorio del Liceu. Ahí, entre estudios y escuchas apasionadas de discos de Bill Frisell, se fueron sentando las bases de hacia dónde iba a ir su carrera musical.
El paso final que lo empujó hacia el mundo del jazz, apartándolo definitivamente de aquella inercia de tocar rock y pop, fue cuando se apuntó al programa de máster New York Comes to Groningen. “Me mudé a Holanda y estudié muchísimo. Tenía que practicar, tocar todas las horas que pudiera, no dejar las otras músicas de lado, claro, pero sí enfocarme hacia el jazz”. El contrabajista Joris Teepe, director del máster, se dio cuenta de la seriedad de aquel alumno. “Se convirtió en mi mentor y con él me fui a Nueva York, donde me di cuenta del nivel enorme de los músicos de ahí. Se puede decir que ahí encontré el sentido, la dirección, que venía buscando. Mi sueño, y no el de mi tío Aldo”.

Una noche, en Nueva York, Joris lanzó una propuesta increíble. “Planteó la posibilidad de grabar un álbum a mi nombre y al final de la velada ya estaba todo listo: tenía ocho días para preparar el repertorio, porque íbamos a grabar él y yo junto con Mike Clark, el mítico baterista de los Headhunters de Herbie Hancock”. Así se forjó Introducing Alejandro Latinez Trio (Club del Disco), el aplaudido debut del guitarrista, que anuncia que tendrá continuidad en forma de gira por España y segundo álbum ya en preparación.
Alimentar el sentido de pertenencia
“Mi abuelo siempre me decía que la vida va a ser difícil, pero que siempre hay que mirar hacia adelante”. La persistencia del músico se basa, en buena medida, en esta enseñanza de vida. “He trabajado de un millón de cosas antes de poderme dedicar a la música, sobre todo siendo un pésimo camarero”, ríe. Aun así, lo que para él no ha sido difícil ha sido integrarse en Barcelona. “Me he sentido bienvenido. Desde el primer momento sentí que era mi hogar, enseguida me puse a estudiar catalán y ahora lo hablo con cierta fluidez”.

De la ciudad destaca sobre todo el sentido de comunidad, de pertenencia al lugar de acogida. Incluso en tesituras cada vez más difíciles —“como la de la vivienda siempre más inaccesible”— puede haber magia, “como la que se dio en la temporada en que una comunidad de músicos estuvimos viviendo en un edificio ocupado de La Ribera, llenando aquel barrio de música y estrechando lazos con los vecinos”, rememora, mientras echa el último trago de su negroni.
— Lo que crea mucho caliu y comunidad es nuestra oferta gastronómica. Quizás te apetece cenar alguna cosa, que ya es hora.
Un redoble de batería anticipa el inicio de The villa del trompetista Kenny Dorham. El cielo ha oscurecido y el paisanaje del Bar se anima. Alejandro Latinez se deja arrastrar por la atmósfera.
— Podríamos empezar con una ensalada de burrata y luego una buena carne, acompañada de un buen vino tinto —aventura, sonriente.

— ¡Tú sí que sabes!
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