Asistimos a una revolución silenciosa en la economía global que generará un importante impacto en la competitividad de nuestras empresas y territorios. Durante décadas, hemos medido el progreso en inversiones en fábricas, infraestructuras, maquinaria y capacidad productiva. Hoy, una parte cada vez más importante del valor de las empresas y de los territorios se construye sobre activos que no son físicos. No los vemos ni los podemos tocar, pero cada vez más determinan nuestra capacidad para crecer y competir en una economía cada vez más compleja y sofisticada.
La llamada sociedad del conocimiento, sumada a la economía digital y tecnológica, se sustenta en la tecnología, los datos, el talento, las marcas, el diseño, la cultura organizativa y la reputación. Según el informe World Intangible Investment Highlights 2026, elaborado conjuntamente por la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI) y la Luiss Business School, la inversión mundial en activos intangibles superó por primera vez los 10 billones de dólares en 2025. En las economías analizadas, la inversión en activos intangibles creció aproximadamente un 57 % entre 2020 y 2025, frente al 3,2 % de la inversión tangible. Es decir, la inversión en la economía de los intangibles crece más rápidamente que la tradicional y ya representa el 12,8 % del PIB agregado de estas economías.
Así pues, no estamos ante una moda conceptual ni ante uno de esos términos sofisticados del lenguaje empresarial que suelen acuñar las escuelas de negocios o laboratorios de marketing. Asistimos a un cambio estructural en la manera de crear, capturar y distribuir valor de nuestras economías. Ya no se trata únicamente de producir más, más rápido y a menor coste. La economía del conocimiento ha incorporado una capa de innovación y diferenciación tecnológica, pero se complementa con una nueva capa de valor imprescindible, la capacidad de generar confianza, legitimidad y por lo tanto de preferencia.
Es precisamente en este terreno donde la economía de los intangibles conecta con la llamada economía de la reputación. La reputación no es simplemente una estrategia de comunicación para ganar notoriedad. Tampoco es una audaz y creativa campaña de marketing, que sin duda ayudan. La reputación es un activo estratégico basado en la percepción y las creencias compartidas que tienen los diferentes grupos de interés sobre una empresa, una organización o un territorio. Se trata de hacer visible y coherente el propósito, el comportamiento, la fiabilidad, la transparencia, el impacto positivo de su actividad.
En mercados cada vez más saturados y volátiles, la reputación y la capacidad de generar confianza puede ayudar a reducir la incertidumbre, facilita las relaciones institucionales, empresariales y comerciales, fideliza clientes y permite avanzar posiciones en segmentos de mayor valor añadido. El mismo informe de la OMPI pone el foco en esta cuestión. La inversión global en marcas alcanzó los 1,4 billones de dólares en las economías estudiadas durante 2025, con un crecimiento anual compuesto del 4,2 % desde 2015. No es una cifra menor: demuestra que construir significado, reconocimiento y confianza también exige inversión productiva.
Todo esto es especialmente relevante con la irrupción de la inteligencia artificial. Si bien las inversiones en fábricas, infraestructuras y maquinaria son imprescindibles, no garantizan por sí solas una transformación económica sostenible. El valor diferencial aparece cuando las empresas y los territorios desarrollan los activos complementarios para convertir la tecnología en productividad, en datos de calidad, conocimiento especializado, capacidades organizativas, investigación, formación y marcas empresariales y territoriales capaces de generar confianza y atraer talento e inversión.
La apuesta por la economía de la reputación y la inversión en intangibles debería interpelar directamente a nuestras empresas y administraciones. Lo que denominamos el no-mercado, es decir, integrar de manera coherente el conocimiento, el talento y la cultura de la innovación tecnológica y social en sus procesos, en su gobernanza y en su comunicación, será un factor de competitividad estructural. Muchas empresas y territorios continúan evaluando la competitividad a partir de captación de inversiones en activos físicos, la disponibilidad de suelo industrial, las infraestructuras o la competencia en costes. Todos estos factores continúan siendo importantes, pero son del todo insuficientes para explicar por qué determinados ecosistemas y territorios atraen talento, empresas innovadoras, capital y proyectos y otros no.
"La ventaja competitiva de Barcelona no dependerá únicamente de lo que producimos, sino también de cómo nos proyectamos y cómo nos organizamos, pero sobre todo de la confianza que somos capaces de generar como territorio"
Una parte de la respuesta se encuentra precisamente en la falta de inversión en intangibles. Ya no basta con disponer de buenos activos territoriales o empresariales. Hay que proyectarlos y conectarlos con las principales cadenas de valor global para convertirlos en una propuesta de valor reconocible, atractiva y creíble. En el caso de Barcelona, Catalunya y España, el reto consiste en transformar las capacidades que actualmente tenemos en ventajas competitivas sostenibles. La reputación de un territorio no pertenece exclusivamente a una institución, tampoco se puede fabricar mediante una campaña de marketing. Es el resultado de la colaboración entre empresas, universidades, administraciones y sociedad civil para articular la investigación y el desarrollo, la profesionalización de la gestión de las marcas, promover y proteger la propiedad intelectual, invertir en formación, construir una propuesta de valor atractiva y diseñar una narrativa territorial y empresarial basada en datos verificables.
En definitiva, en un mundo donde el capital, la tecnología y el talento circulan globalmente, la ventaja competitiva de Barcelona o Catalunya no dependerá únicamente de lo que producimos, sino también de cómo nos proyectamos y cómo nos organizamos, pero sobre todo de la confianza que somos capaces de generar como territorio y como comunidad de destino. Y es que la próxima frontera de la competitividad no está solo en apostar en activos industriales, que también es imprescindible, sino en desarrollar aquellos otros que permiten transformar conocimiento en valor y el valor en confianza. Las economías y los territorios que comprendan esta nueva relación no solo estarán mejor preparadas para competir, también tendrán más posibilidades de decidir qué lugar quieren ocupar en este mundo fast and furious.
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