¿Qué pasa cuando una escenógrafa y un actor deciden llevar su intimidad al centro del escenario? La respuesta es Tendrament, una obra que aterriza en la Sala Beckett para desmontar, pieza a pieza, el rompecabezas de la convivencia, el deseo y las estructuras de poder en la pareja.
Tendrament, la naturalidad está servida
El espectáculo empieza rompiendo la cuarta pared con la máxima naturalidad. La presentación de los intérpretes (que hacen de ellos mismos) marca las reglas del juego desde el primer minuto. Resulta brillante y muy divertido ver cómo se gestiona la presencia de Judit, que no es actriz de profesión. Sus "carencias" interpretativas (olvidar el texto, dudar de si se entiende) le dan un toque de verdad que hace que el público conecte inmediatamente con la propuesta.
La aparición de su hijo a través de una grabación tipo "vigilabebés" nos recuerda que, aunque estamos en el teatro, la realidad doméstica y sus obligaciones están siempre presentes.
La lucha de poderes reflejada en la mesa y la silla
A medida que avanza la obra, el "cómo" nos queremos se convierte en el motor de la acción. Vemos situaciones con las que cualquier pareja se puede sentir identificada: reproches, broncas disimuladas y la constante negociación del espacio propio.
Una obra que nos enseña que la ternura también se basa en escuchar las violencias invisibles que aparecen mientras intentamos construir un "nosotros".
El análisis de género que propone Tendrament es quizás su punto más fuerte y, a la vez, el más agridulce: Pau Vinyals, con su energía infantil, juguetona y desbordante, ocupa la escena con la misma fuerza que la "mesa inmensa" que ocupa el escenario. Ante esto, Judit Colomer queda a menudo desdibujada, como una silla que tiene que hacer sitio a la magnitud del otro. Es una metáfora visual muy potente sobre cómo, incluso en las relaciones más conscientes, el hombre tiende a hablar solo de sí mismo, y acaba tapando a la mujer.
La escena culminante de este tema tiene lugar cuando vemos a Judit cargando literalmente el peso de la mesa sobre sus hombros. Al final, acaba casi aplastada por su estructura. Es la imagen del desgaste de la "mujer-madre" que controla y sostiene el mundo mientras el otro juega.

Pero, Tendrament nos anima a encontrar la manera de poder solventar este desequilibrio. Y eso lo vemos en el gesto final de Pau que se pone también bajo la mesa para compartir este peso con ella. Se quieren, se repiensan y tratan de ceder espacios.
Un espejo demasiado conocido
Si tuviéramos que poner un "pero" a esta pieza, sería precisamente que la imagen que se proyecta de hombre-mujer no resulta innovadora. Nos encontramos ante los arquetipos de siempre: el hombre como niño eterno y libre, y la mujer como la figura de control y carga. Es una realidad tan extendida que, por momentos, hubiera sido interesante ver otra perspectiva de estos roles tan marcados.
Aun así, Tendrament es una propuesta original, metafórica y cotidiana. Una obra que nos enseña que la ternura también se basa en escuchar las violencias invisibles que aparecen mientras intentamos construir un "nosotros".
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