Un espejo incómodo e intelectual sostenido por Mario Gas

Hasta el 11 de octubre, Mario Gas estará en la Sala Beckett presentando 'El pesimismo alegre', una oda a la belleza de la vida que, al mismo tiempo, sirve como espejo del ser humano y de la sociedad que hemos construido

(Redactora)
02 de octubre de 2026 - 05:30
'El pesimismo alegre (Mi suicidio)' con Mario Gas en la Beckett
'El pesimismo alegre (Mi suicidio)' con Mario Gas en la Beckett

El pesismo alegre. Esta es la mejor definición que hay para el espectáculo que Mario Gas interpreta en la Beckett. Y es que el actor se pone bajo la piel del pedagogo y anarquista belga Henrid Roorda quién decidió acabar con su vida, pese a que, en apariencia, todo iba bien.

No estamos ante una persona depresiva, ni una persona que aborrece la vida; al contrario: Roorda era un completo hedonista, vivía mucho y disfrutaba aún más. Le gustaba la música, el vino, la poesía, las mujeres, los debates intelectuales... Una persona viva, llena de energía, explosividad y sueños que, de repente, decide que ha llegado la hora de morir, de marcharse de este mundo con toda la dignidad que le sea aún posible. 

Así comienza El pesimimo alegre (Mi suicidio), un espectáculo que se basa en el libro Mi suicidio y que fue escrito por Roorda justo antes de terminar con su vida. El título no podía ser mejor porque, bajo todo el discurso que escuchamos sobre el escenario, asistimos realmente a una visión pesimista, pero alegre de la vida; una visión que se mueve, justamente, en los claroscuros de la condición humana. Porque no hay belleza, sin fealdad, no hay dolor, sin alegría, no hay vida sin muerte. En estas contradicciones se contruye todo el discurso que Roorda escribió para analizar a la sociedad, intentar entender el porqué de sus acciones (y las de la humanidad) y para dejarnos un análisis de la sociedad que, por mucho que hayan transcurrido 100 años, sigue igual de vigente que el primer día. 

Un hedonista que decide acabar con su vida 

Roorda era un profesor de matemáticas y seguidor de la pedagogía libertaria. No era una persona deprimida, enferma ni con tendencias suicidas. Disfrutaba de los placeres de la vida como el que más, pero un día decidió que tenía que suicidarse. El 6 de noviembre de 1925, Roorda escribió una carta de suicidio que iba dirigida a un amigo suyo y donde explicaba, de manera muy concisa, por qué creía que debía desaparecer del mundo. El motivo era simple: había dañado los sentimientos de una persona a la que quería mucho y este dolor se había alargado durante 25 años. Un daño que, tal y como él concebía, era irreparable y, por tanto, solo había una salida: marcharse. Al día siguiente, el 7 de noviembre de 1925, el profesor se suicidó. 

En la Beckett asistimos a ese inicio tan impactante. Mario Gas, enfundado bajo su gabardina y paseando por un cielo que no deja de llover, se sienta a la mesa y empieza a escribir estas palabras. A partir de ese momento, comienza el monólogo en el que se muestra la filosofía de vida de Roorda, una filosofía de "pesimismo alegre": un hombre que se mueve entre la felicidad y el dolor, un hombre que ve la negrura de nuestros tiempos, pero también la belleza de una sonrisa, de un beso, de un abrazo... 

Pero el hedonista se ha dado cuenta de una verdad que le ha roto por dentro: por mucho que intentemos ser moralmente buenos, actuar con decoro, ser buenas personas, muchas veces no lo conseguimos. Y él, una persona decente, honesta y benévola a ojos de los demás, ha causado un fuerte dolor a una persona muy querida por él. De ahí surge la pregunta: ¿cómo puede ser que una persona honrada, con una buena educación, preocupada por los derechos de los oprimidos, termine convirtiéndose en alguien vil, en alguien capaz de destrozarle la vida a otra persona? 

El análisis de la sociedad está servido

Gas (encarnando las palabras de Roorda) comienza a tratar diferentes temas que diseñan y estructuran nuestras vidas. Comienza hablando del amor, ese sentimiento incontrolable, apasionado, puro, volátil, energizante, que terminamos encasillando en una institución: la institución del matrimonio. Encarcelamos nuestros sentimientos más primarios, nuestros instintos más puros para cumplir con el orden social: casarnos y reproducirnos. Y es que, si no nos ceñimos a esa estructura, la máquina no funciona. 

La sociedad te aniquila. Porque si te muestras tal y como eres, dejas salir a flote tu naturaleza más profunda, la sociedad te castiga, te señala. Los seres humanos vivimos con esa dualidad interior, una doble moralidad sobre lo que somos en realidad y lo que tenemos que ser para poder encajar. No es que seamos viles o malvados porque amar, ansiar ternura y placer no es un apetito negativo; pero en la sociedad en la que vivimos, esos instintos pueden ser perjudiciales para el devenir del mundo. Porque sin familias, no hay descendencia; y sin descendencia, no hay mano de obra para el futuro. 

Y es que, si no nos ceñimos a esa estructura, la máquina no funciona. 

Otro de los grandes temas de los que habla es sobre la educación, de cómo los profesores inyectan esa pasión por la vida, por la lectura, por la música... Gracias a los maestros, los niños pueden aprender a leer y comenzar a descubrir las maravillas del mundo. Pero, son esos mismos profesores los que, años más tarde, se encargarán de educarte bajo las rígidas normas de la sociedad. Es decir: te abren el mundo de las maravillas para, después, cerrar la puerta dándote de bruces con ella. De la libertad creativa o de pensamiento, pasamos a un encorsetamiento vital: debes estudiar, debes trabajar, debes producir y no salirte del camino. Jamás. 

Fernando Bernués y Mario Gas
Fernando Bernués y Mario Gas 

En colación a ese tema, aparece también otra gran pata: el dinero, el nuevo Dios de la sociedad. La gente ha dejado de creer en las religiones convencionales para convertirse a una nueva fe: el capitalismo. El dinero es presentado como el Dios que tiene más fieles y los bancos son presentados como las nuevas iglesias. Pero por mucho que quieras evitar esta nueva "religión", no puedes escapar de sus garras porque, desgraciadamente, no tener dinero en este mundo puede terminar siendo letal.

Al final, ser pobre es la condena máxima a la que te vierte la sociedad si no sigues todas sus reglas. Si llegas a la vejez sin dinero suficiente como para mantenerte, puedes llegar a morir por falta de atenciones; incluso, ser pobre puede hacerte vivir en un matrimonio que no funciona, solo porque no tienes dinero para separarte. En cambio, si comulgas con la sociedad y su nuevo Dios, puedes tener dinero y llegar a la vejez bien "cubierto" (materialmente hablando, por supuesto) e, incluso, si te falta amor, siempre puedes comprarlo. El dinero es imprescindible para sobrevivir en el mundo que hemos creado y, para poder crear dinero, se deben seguir las reglas encorsetadas por la sociedad; si no lo haces, eres un paria. 

Ser pobre es la condena máxima a la que te vierte la sociedad si no sigues todas sus reglas.

Al final del monólogo, se hace una defensa de la pasión por vivir, de la emoción que reside en las pequeñas cosas, en los pequeños detalles de la vida. Se lanza un alegato a vivir la vida de forma apasionada, de emocionarse con el más pequeño detalle de la vida porque, si no vivimos así, ¿para qué vivimos?, ¿para ver la vida pasar?, ¿para acumular bienes, materiales, besos y sueños? 

Ese canto final a la vida es totalmente contrapuesto al acto que, después, va a cometer: terminar con su vida. Pero es que el suicidio es su castigo, no puede convivir con él mismo habiendo visto que la fealdad también reside en él, que "el pesimismo alegre" de la sociedad ha penetrado en su interior y ha hecho que se haya transformado en una especie de monstruo social, un Frankestein de los tiempos modernos. 

Un discurso teatralizado 

Mi pesimismo alegre en la Beckett, más que una obra de teatro, es un discurso teatralizado. Sobre el escenario vemos a un Mario Gas totalmente entregado, narrando las palabras escritas por Roorda, pero sin más artífice teatral que la palabra. Pese a ser un texto muy interesante y con un contenido que hoy en día parece contemporáneo, lo cierto es que el ritmo se ve afectado en algunos momentos y el público se siente abrumado ante tal lluvia de ideas. 

Es una de esas obras que te apetece leerlas, porque, en vivo, da la sensación de que pierdes algunos matices o no te da tiempo a anotarlo todo mentalmente. Es un texto que creo que se debe leer y releer porque muestra una visión muy lúcida de la sociedad. En teatro, por eso, no funciona igual de bien: la acumulación de ideas, la apuesta por solo un espacio y una sola voz hacen que la teatralidad resida únicamente en el hecho de estar interpretando el texto, pero falta acción y cierto ritmo para mantener en vilo al espectador durante la hora que dura el monólogo. 

Es una obra que nos hace de espejo de nosotros mismos, tanto como sociedad, como individuos complejos, incoherentes y con contradicciones.

De todas maneras, Mi pesimismo alegre es una obra que merece mucho la pena ir a ver. Primero, porque en Barcelona apenas tenemos la ocasión de ver a un monstruo escénico como Mario Gas actuando a dos palmos de nosotros; segundo, porque las palabras de Roorda muestran verdades como puños que, a día de hoy, siguen pareciendo revolucionarias (aunque no lo son): y, tercero, porque es una obra que nos hace de espejo de nosotros mismos, tanto como sociedad, como individuos complejos, incoherentes y con contradicciones que nos hacen ser malvadamente humanos. 

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Sobre el autor

Elia Tabuenca
Elia Tabuenca

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