Hay un cadáver debajo de la alfombra de nuestra historia y se llama movimiento libertario del siglo XX. Un capítulo enterrado sin el que, nos guste o no, es imposible entender cómo somos hoy: la cultura del cooperativismo, el asamblearismo, el ecologismo o el nudismo nacen de ahí.
La compañía Mos Maiorum, experta en teatro documental, une fuerzas con el dramaturgo Joan Yago (La Calòrica) para presentar Nosaltres, els sense nom, las memorias de Joan Garcia Oliver. Pero no lo hacen para rendir culto al personaje, sino para usarlo como hilo conductor de una historia colectiva.
Una obra que nos demuestra que la utopía no es un cuento imposible: existió de verdad entre junio y septiembre de 1936 entre Cataluña y Aragón, hasta que nos topamos con el ejército y la realidad quedó truncada.
La propuesta hace un viaje que arranca en la Revolución Industrial y pasa por momentos clave de Barcelona como la huelga de La Canadenca. Pero, más allá de la lección de historia, lo que de verdad transmite es la fuerza del pueblo obrero. Ver cómo ocupaban las calles de Barcelona, cómo llenaban los teatros a rebosar y cómo su presencia era mayoritaria te remueve por dentro. Muestra la unión, la colectividad y el poder de la gente de a pie cuando se organiza.
Teatro histórico y documental sobre el anarcosindicalismo español
Joan Yago ha recuperado una historia que, muchas veces, pasa desaparcibida en la memoria del país: el anarcosindicalismo. Con la figura de Joan Garcia Oliver y su biografía titulada Nosaltres, els sense nom, nos adentramos en un viaje histórico ambientado en la ciudad de Barcelona. La vaga de la Canadenca como símbolo de la fuerza del pueblo es uno de los claros ejemplos de lo que la lucha obrera puede lograr en la sociedad y, desde ahí, se lleva a cabo un dibujo sobre el movimiento anarquista, sus orígenes, los ideales que defendían, pero también las contradicciones internas y los desacuerdos que siempre hay en la izquierda.
La definición de la fuerza obrera en la Barcelona de principios del XX es perfectamente descrita con situaciones costumbristas y habituales en la época como, por ejemplo, que los obreros eran los que ocupaban las calles con sus sillas, con sus charlas, con sus encuentros vecinales. También se nos recuerda que los trabajadores de las fábricas eran los principales consumidores de teatro y llegaban a abarrotar las salas del Paral·lel, la avenida teatrera por excelencia y donde las funciones duraban hasta altas horas de la madrugada.
Una lectura política muy contemporánea
La presencia obrera era mayoritaria en Barcelona y en esta propuesta se potencia la fuerza que tenían, la colectividad y la unión del pueblo. Este mensaje cobra un sentido muy especial ahora que estamos a las puertas de unas elecciones y con un mundo convulso y agitado.
Durante una de las muchas elecciones que tuvieron lugar durante la Segunda República, los anarquistas hicieron una campaña pidiendo el "No votéis" porque, según defendían, votaras a quien votaras, el pueblo obrero seguiría estando desprotegido. Daba igual que saliera la izquierda o la derecha: los trabajadores tendrían que seguir organizándose por su cuenta porque sus derechos nunca se tenían en cuenta. Este discurso es radicalmente actual, ¿verdad?
Pero, en este ambiente, también hubo un contramovimiento promovido dentro del anarquismo y, también, dentro de los partidos de izquierdas: la movilización por el voto útil. Nos vuelve a sonar la situación, ¿verdad? En aquel entonces se pedía a los anarquistas que, para evitar el avance del fascismo, votaran a partidos de izquierdas aunque sus convicciones fueran un tanto diferentes. La unión de las izquierdas para evitar la victoria de la derecha surgió en aquel entonces con la misma fuerza que está surgiendo ahora.

El poder olvidado del pueblo
Pese a las estrategias políticas, lo cierto es que Nosaltres, els sense nom es una obra que nos recuerda el poder que tiene el pueblo. Nos muestra que hubo una época breve, pero intensa, en el que el sueño anarquista tuvo lugar en en nuestro país. Solamente fueron tres meses, de junio a septiembre del 1936, entre Catalunya y Aragón se consiguió crear el modelo defendido por el movimiento anarcosindicalista.
Y, por mucho que los libros de historia hayan obviado este pequeño triunfo, este existió y en esta obra se visibiliza y se homenajea. Así que el anarquismo no es la historia de una derrota: es la historia de una realidad truncada, el sueño que pudo volverse real, pero que no lo fue porque llegó la Guerra Civil española.
Mucho de lo que funciona en la obra es gracias a los actores. Ireneu Tranis (que también dirige), Alba Valldaura y Xavi Duch hacen un trabajo muy verídico y emotivo. Los tres se mueven con naturalidad sobre el escenario y consiguen que te creas todo lo que están contando, pasando de los momentos más sobrios a los más emotivos sin perder la verdad en ningún momento. Hay muchas escenas que son realmente emotivas en esta propuesta. Sobre todo, los momentos en los que entonan cánticos obreros, cuando alzan los puños y emulan esa esperanza por un mundo más igualitario, más justo, más libre. Cuando vemos en los ojos de los protagonistas esa ilusión por cambiar el mundo, por crear una sociedad donde las personas trabajadoras (que son las que mueven el mundo) estén en un primer plano.

Un punto muy interesante de la propuesta (y en el que hay que aplaudir a Yago por no haber tenido ningún tipo de pudor) es en el momento de señalizar también a la clase política catalana. En la obra, se muestra cómo todos los políticos intentan aprovechar la fuerza del movimiento anarquista para lograr su cometido. Incluso se personifica a Francesc Macià y Lluís Companys en escenas en las que se contrapone el punto de vista del anarquista con el movimiento independista catalán de la época. "Antes que catalán, soy anarquista", defiende Joan Garcia Oliver.
Saturación de datos y experimento escénico forzado
El teatro histórico tiene la barrera de que la información sea un tanto abrumadora. Y todo y que en esta propuesta se ha optado por crear una obra ágil y dinámica, lo cierto es que el contexto es muy amplio y, sobre todo al principio, los datos que se aporta con respecto a las fechas, a los mensajes, a los grupos políticos y a los personajes históricos pueden llegar a confundir.
Además, para crear esa sensación de colectividad y romper con la jerarquía social (incluso la jerarquía del teatro en el que el escenario actua de barrera) se opta por crear una Fila 0, es decir, colocar asientos en el escenario. Este experimento es un tanto arriesgado porque el público aparece dividido en dos espacios sin motivo real. Al final, los actores se ven obligados a actuar en un espacio de 360º y esto hace que, en esa fila de nueva creación, se puedan llegar a perder algunas escenas o fotografías que desde el patio de butacas visten mejor.
Pese a estos pequeños detalles, lo cierto es que Nosaltres, els sense nom es un ejercicio de memoria histórica necesario para recordar el poder que tenemos cuando nos unimos. Un mensaje que resuena especialmente en nuestra actualidad y que, una vez más, nos demuestra que saber de historia es imprescindible para evitar cometer siempre los mismos errores.
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