Memorias de Adriano está sobriamente interpretado por Lluís Homar, que se pone en la piel del viejo emperador. Un hombre que ha gobernado un imperio, que ha conocido las intrigas, las traiciones, las imposiciones sociales, la guerra, la disciplina, el arte, la cultura… y también el amor y el dolor.
«A los 17 años, el exceso es una virtud.»
Adriano ya ve su final y sabe cómo será. Y se enfrenta a él con tranquilidad. Ha trabajado para que Roma fuera grande y poderosa y la deja en buenas manos. Marco Aurelio será su sucesor.
«…. el sueño de Platón: ver reinar sobre los hombres a un filósofo de corazón frío.»
Desde este final de vida, consciente… o quizás no tanto, Adriano va haciendo un recordatorio de todo lo que ha vivido. A su alrededor, cinco personajes mudos le hacen de comparsa, de títere, de apoyo… cinco personajes que no sabemos si son reales o son fruto de sus delirios de hombre que ya ve la muerte cara a cara.
La escenografía de José Novo, blanca como el mármol, podría ser una habitación de un palacio, o un porche del Foro, o quizás un banco de la Curia Julia, donde se reunía el senado… o un jardín… o Egipto… Una escenografía que permite las proyecciones de imágenes en directo de aquello que pasa en escena, convirtiendo la escena en un caleidoscopio onírico… o con otras imágenes del emperador. Tres pantallas de televisión también colaboran a construir este rompecabezas visual. El vestuario de Nídia Tusal, sobrio, oscuro, en contraste con la escenografía blanca del fondo, convierte a los personajes casi en sombras que bailan con el pensamiento de Adriano.
Lluís Homar hace un Adriano magnífico
Incluso, en los momentos más agrios y decadentes, da al emperador una gran dignidad y elegancia. Su monólogo está lleno de sutilezas tanto en la forma de decirlo como de interpretarlo. A su alrededor, Clara Mingueza, Álvar Nahuel, Marc Domingo, Xavi Casant y Ricard Boyle son la obra de Adriano. Recrean sus palabras… pero también lo abandonan, lo persiguen, juegan con él al escondite… Los movimientos son a veces muy teatrales, pero también hay momentos donde el baile predomina, con coreografías muy elegantes y descriptivas y un fondo musical muy bien diseñado por Tagore González.
«… he mentido lo menos posible…»
Que las pausas sean un elemento del montaje. Que cada gesto tenga un significado. Que la danza se integre en el texto y se funda con él. Memorias de Adriano, en el Teatre Romea, es un muy buen monólogo basado en un muy buen texto. Una adaptación que sabe recoger el original para convertirlo en otro formato sin perder la esencia. Es un muy buen monólogo que nos permite disfrutar de la interpretación de Lluís Homar. Es un muy buen monólogo que hace que el libro de Marguerite Yourcenar sea vivo, palpable.

Antes de cerrar la crónica: Lluís Homar tuvo que interrumpir el monólogo para decir a un espectador «¿quieres apagar el móvil?»… ¿De verdad no podéis estar 1 hora y 40 minutos sin mirar el móvil? Cuando os piden que apaguéis los móviles, ¿por qué no lo hacéis? ¿Es necesario que seáis tan maleducados con los intérpretes y el resto del público?
Memorias de Adriano es un montaje magnífico, pero no es para todo el mundo. Si os gusta el trabajo de Lluís Homar, id. Si os gusta la historia (y, especialmente, la historia de Roma), id. Si os gustan los monólogos en cualquier formato, id. Pero, si sois más de comedia, de monólogos divertidos, de montajes más ligeros… si vais, veréis el magnífico trabajo que se hace, pero quizás no lo disfrutaréis como esperabais.
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