LA SEMANA DE LAS GALERÍAS

Clàudia Elies (La Fabra): "Debemos perder el miedo a acercarnos al arte contemporáneo"

Claudia Elies a Lalirio a la Fabra. © Marc Llibre
Claudia Elies a Lalirio a la Fabra. © Marc Llibre

07 de abril de 2026 a las 18:25h

Hay maneras de acercarse al arte que no pasan necesariamente por la creación, sino por la voluntad de acompañar e impulsar. Claudia Elies nunca se ha imaginado como artista, pero ha construido una trayectoria sólida desde la proximidad y la sensibilidad, a través de la escritura, el comisariado y la dirección de arte. Un recorrido vital marcado por un gesto constante y casi invisible: acompañar los procesos de creación, especialmente en sus inicios. El arte emergente, más que un ámbito de trabajo, ha sido un hilo conductor, desde espacios como Can Felipa o el festival Art Nou hasta su etapa actual al frente de la Fabra Centre d'Art Contemporani, que dirige desde mayo de 2025.

Su trayectoria no se entiende sin el contexto en el que se ha desplegado: un ecosistema artístico barcelonés donde la red pública juega un papel clave en la producción y la promoción del arte emergente, con agentes como la Sala d’Art Jove, Sant Andreu Contemporani o La Capella, pero también con iniciativas privadas como Art Nou, que llena, durante los meses de verano, las galerías de la ciudad de artistas emergentes. Un circuito sólido y bien articulado que contrasta con otros contextos como Madrid, donde, pese a su proyección internacional en el mercado del arte —con ARCO como principal referente— y una base coleccionista más consolidada, esta red de acompañamiento a la emergencia no tiene la misma estructura ni relevancia.

A este ecosistema vibrante Elies contribuye ahora desde la dirección de la Fabra. Un espacio que concibe como una “caja de resonancia”: que emite sonidos, pero que también escucha y recoge su entorno. Esta voluntad de apertura se refleja también en la arquitectura: grandes ventanales que se abren hacia la ciudad y su entorno más inmediato y que hacen dialogar la luz natural con exposiciones como LALIRIO, del tándem Fuentesal Arenillas, comisariada por la propia Elies. Una propuesta que dialoga con el pasado industrial del edificio, pero que, a la vez, entiende el arte contemporáneo como una herramienta para repensar el presente.

— ¿Cómo nació tu relación con el arte? ¿Cuál es tu primer recuerdo?

— Mi primera aproximación al arte fue arquitectónica: a través del románico de los monasterios, en Poblet o Vallbona, cuando iba a visitarlos con mis padres.

— Tu trayectoria, sin embargo, se ha alejado del románico para acercarse al arte contemporáneo.

— Creo que me interesa el arte contemporáneo porque es el arte que mira y entiende nuestro presente. Esto implica que sea una práctica muy cambiante y diversa, a veces difícil de definir, pero precisamente porque está ligada a una realidad que también es cambiante

— ¿Cómo se produce el paso del interés por el arte a una trayectoria profesional?

— De manera muy natural: cuando tuve que elegir estudios, pensé que me apasionaba la escritura, y mi hermano me recordó que, para escribir bien, primero hay que pensar sobre qué quieres escribir. Y lo tuve claro: sobre arte y cultura. Así me gradué en Historia del Arte en Barcelona y, posteriormente, en Teoría del Arte en Londres.

"No siempre hace falta entender una obra en su totalidad: a menudo admite múltiples lecturas, y todas son válidas"

— ¿En estos estudios pudiste desplegar tu pasión por el arte contemporáneo?

— En realidad, en la universidad llegábamos como mucho hasta los años 90. Fue sobre todo a través de las primeras experiencias profesionales que esta pasión se consolidó: con las prácticas en el MACBA, que empecé con Teresa Grandes y la muestra Poesia Brossa, y también en la galería Estrany-de la Mota.

Esta inmersión profesional me permitió obtener una doble mirada: la de la institución pública y la de la galería privada, que son las dos piezas clave del ecosistema artístico. En la institución todo funciona con estructuras grandes y tiempos más lentos, mientras que en la galería el trabajo es más inmediato y directo con los artistas y las producciones, con equipos más pequeños.

— Y, desde esta doble mirada entre el sector público y el privado, has desarrollado una trayectoria muy vinculada a la promoción del arte emergente.

— Can Felipa y Art Nou son dos espacios muy privilegiados: participas en procesos que apenas comienzan; es un momento delicado pero también emocionante, porque trabajas con artistas que realizan sus primeras exposiciones. Ver cómo ese apoyo da frutos es especialmente gratificante, como en el caso de Mónica Planes, que expuso por primera vez en Can Felipa y que hoy forma parte de la colección del Reina Sofía.

"La sostenibilidad no es solo material sino también humana: cómo programamos, cuándo lo hacemos y cómo acompañamos a los artistas en sus momentos vitales, para intentar no sobresaturarlos

— Un espíritu que, desde el pasado mes de mayo, despliegas en la Fabra.

— Me gusta pensar la Fabra como un espacio abierto y diverso: multidisciplinar y multigeneracional, un lugar para ensayar, experimentar, probar… Todo ello sin olvidar la sostenibilidad, que no es solo material, con estructuras que sean reciclables y reutilizables, sino también humana. Es decir, pensar cómo programamos, cuándo lo hacemos y cómo acompañamos a los artistas en sus momentos vitales, para intentar no sobresaturarlos, sino darles espacio.

— ¿Qué te interesa especialmente de la programación?— Me interesa trabajar con artistas que nos ayuden a pensar el mundo de hoy, y al mismo tiempo incorporar en la escena barcelonesa voces que no han estado tan presentes, como el tándem Fuentesal Arenillas a través de LALIRIO o las artistas del Mediterráneo Oriental que conforman la otra muestra actual de la Fabra: Como piedras en las palmas de las manos, ascuas y llamasTambién me interesa explorar formatos híbridos entre exposición y programa público, unos programas que en la Fabra tienen un papel central, gracias también al trabajo de Jordi Ferreiro. De hecho, mi estreno al frente de la Fabra ya fue una declaración de intenciones: la escuela de verano en julio e Interval #1 en septiembre, una pieza sonora de Rubén Grilo que se activaba con diferentes performances, a medio camino entre exposición y programa público. El arte contemporáneo justamente debe ser poroso y cambiante, porque reflexiona sobre un contexto y un presente que también lo son.
"Intentamos romper con la idea de que el arte contemporáneo es siempre complejo. Es cierto que puede tener muchas capas y un lenguaje propio, pero también puede ser muy directo"

— Hablas de la importancia de los programas públicos y de conectar con la ciudadanía y, de hecho, a menudo defines la Fabra como una “caja de resonancia” que emana y recoge.

— Exacto: recoger y proyectar. Por eso planteé una programación muy situada, conectada con el pasado del espacio y su importancia actual para Sant Andreu y el tejido local. Hemos impulsado un Consejo Ciudadano con el entorno más inmediato: el CAP de Meridiana, la biblioteca, la escuela infantil… para escuchar qué esperan del centro. Se trata de invertir la lógica habitual: no solo que el barrio acuda al centro, sino generar una relación real de acompañamiento y escucha.

Esta relación estrecha también se crea con el circuito artístico barcelonés, siempre desde una idea de sostenibilidad: si la ciudad ya tiene momentos clave, como el Barcelona Gallery Weekend o Art Nou, nos sumamos en lugar de crear constantemente otros nuevos. Cuando estudiaba en Londres pensaba que era una ciudad inabarcable culturalmente, y ahora siento lo mismo con Barcelona: que se ha convertido en una ciudad cada vez más viva culturalmente, con más actividad, espacios y voces.

— ¿Cuesta acercar el barrio y la ciudad al arte, y más cuando se añade el término “contemporáneo” a la ecuación?

— Sí, todavía cuesta. Hacemos mucha pedagogía: acompañamos las exposiciones, explicamos los proyectos y ofrecemos textos, materiales de sala y visitas guiadas que proporcionan herramientas al público. También intentamos romper con la idea de que el arte contemporáneo es siempre complejo. Es cierto que puede tener muchas capas y un lenguaje propio, pero también puede ser muy directo. No siempre hace falta entender una obra en su totalidad: a menudo admite múltiples lecturas, y todas son válidas. Cuando entras en ese lenguaje, se vuelve mucho más accesible. Hay que perder el miedo a acercarse al arte contemporáneo y dejarse interpelar, más que buscar una única interpretación correcta.

— ¿Cómo acercarse y acompañar el arte contemporáneo?

— Cada artista necesita un tipo de acompañamiento diferente. Me gusta pensar que somos las comisarias quienes nos adaptamos a las artistas, no al revés. Es un proceso coral: entras en su universo y tienes que detectar qué necesitan; a veces es un acompañamiento desde el diseño del espacio expositivo, otras veces desde la escritura o desde el taller. Todo depende también del momento vital de la artista: no es lo mismo acompañar a alguien que empieza que revisar una trayectoria ya consolidada.

"Barcelona ha sido y sigue siendo un ecosistema único, con un orgullo compartido por esta cantera de artistas jóvenes y una clara voluntad de cuidarla"

— ¿Hay talento emergente en Barcelona?

— Sí, mucho. También hay muchos espacios y programas que lo impulsan: La Capella, Sala d’Art Jove, Can Felipa, Art Nou o Sant Andreu Contemporani. Cuando trabajaba en Can Felipa abrimos la convocatoria a escala estatal y fue fascinante ver artistas que venían a Barcelona porque encontraban aquí el ecosistema adecuado para iniciar su carrera. En otros contextos, este circuito de impulso del arte emergente no está tan estructurado. Barcelona ha sido y sigue siendo un ecosistema único, con un orgullo compartido por esta cantera de artistas jóvenes y una clara voluntad de cuidarla.

— ¿Cómo definirías el arte emergente?

— Es una línea muy fina. A menudo tiene más que ver con la experiencia expositiva que con la edad. A veces la emergencia se puede estirar mucho: por ejemplo, un artista que con 50 años realiza su primera muestra pública. Pero, por otro lado, son las propias artistas quienes quieren dejar atrás esa etiqueta y ser reconocidas como artistas de media carrera. Por este motivo, creo que la emergencia no es una categoría fija, sino una condición que debemos revisar constantemente.

"El arte contemporáneo debe ser poroso y cambiante, porque reflexiona sobre un contexto y un presente que también lo son"

— Comentabas que en Barcelona hay un circuito muy marcado para el artista emergente, y que eso no sucede en otros contextos…

— Este circuito existe tanto en el ámbito público como en el privado, y las galerías también forman parte de él. Es importante que las artistas se relacionen con todos estos agentes desde el principio, porque su carrera depende en gran parte de esta red. El circuito barcelonés funciona muy bien y debemos valorarlo.

Pero todavía hay que explicarlo más, especialmente desde la universidad y al final de la formación. Por eso, en la Fabra hemos creado un programa con universidades para mostrar las profesiones que hay detrás de una exposición: producción, audiovisuales, comunicación… para complementar unos estudios que a veces pueden quedarse en un ámbito muy teórico.

— ¿Cómo combináis la promoción del talento local con la presencia de artistas internacionales?

— El intercambio con otros contextos enriquece las prácticas y da visibilidad a las artistas. Pero el intercambio no solo proyecta a las artistas locales hacia fuera, sino que también nos ayuda a valorar el propio contexto y a detectar sus fortalezas y carencias.

— ¿Qué carencias detectáis?

— Sobre todo, la necesidad de más espacios y recursos para acompañar el crecimiento del sector. Hay una red muy rica de centros de producción, tanto en Barcelona como en el territorio, desde L’Hospitalet, Mataró, Amposta… pero nunca son suficientes: siempre harán falta más recursos, más espacios y más residencias.

"No hace falta esperar grandes eventos para descubrir el arte: estamos abiertos todos los días para que cualquiera pueda acercarse"

— Otro reto del sector artístico y galerístico es el pedagógico…

— Es un reto clave: es importante insistir en la idea que somos espacios públicos y gratuitos, pensados para la ciudadanía. Somos un servicio público que debe lograr interpelar a públicos muy diversos. A veces, en jornadas señaladas como el Open House, viene mucha gente, pero hay que recordar al visitante que no hace falta esperar grandes eventos para descubrir el arte: estamos abiertos todos los días para que cualquiera pueda acercarse, igual que lo están las galerías.

--- Una apertura a la ciudadanía que, en la Fabra, también se refleja en el propio edificio, con grandes ventanales que conectan con la ciudad. ¿Qué sensaciones te gustaría que experimentara el visitante que se atreve a adenrtarse en la Fabra?--- Que tengan ganas de volver. Que hayan visto algo que les haya hecho pensar, sentir o conmoverse. Y que hagan suya la Fabra: que comprendan que es un espacio abierto, gratuito y accesible, al que siempre pueden volver.

Cuestionario

— ¿Una feria de arte contemporáneo?

— No puedo no elegir Arco.

— ¿Un artista emergente que deberíamos conocer?

— Jone Erzilla.

— Si fueras coleccionista, ¿qué obra te gustaría tener en casa?

The Clock, de Christian Marclay.

— Una exposición de Barcelona que te haya gustado o conmovido en los últimos meses.

— Me emocionó especialmente la exposición de Trinh T. Minh-ha en La Virreina.

— ¿Una lección que has aprendido del mundo del arte?

— Ningún éxito ni fracaso es definitivo. Ese hecho que en un momento parece decisivo: no ganar una convocatoria o no participar en un certamen, no lo es tanto. No hay pasos establecidos: la carrera artística se construye paso a paso y cada uno la traza a su manera.