Los cielos siempre me han atraído. Cuando llegué a vivir a Barcelona, mucha gente, al saber que yo era de Madrid, me decía lo mismo: “¡qué cielos tiene Madrid, inigualables!”. Y es cierto. Madrid tiene unos cielos que a mí me gusta llamar “de Antonio López”: limpios, claros, definidos, como su ciudad. “Aquí estoy, tal cual soy”, parecen decirte. Sacan todo su plumaje para no dejarte indiferente.
Pero como buena observadora, al poco de llegar aquí empecé a fijarme en los atardeceres. Y empecé a comprender que Barcelona también tiene su propio lenguaje cuando se trata de la cúpula que nos envuelve. Aquí son cielos más impresionistas: pincelada rápida, desvanecida, brochazos difuminados que nunca terminan de fijarse del todo. Alguien intentó explicarme el fenómeno con datos atmosféricos y partículas suspendidas en el aire. No me convenció. Igual que ante una obra de arte, prefiero acercarme primero desde los sentidos: es así como algo puede conmoverme de verdad.
Estos días, con tanta lluvia y el otoño que ha llegado sin avisar, me encuentro cada tarde como dentro de un cuadro. Solo tengo que parar a eso de las siete y media, en dondequiera que esté en la ciudad, y simplemente contemplar. Primero me permito detenerme, algo que a esas horas, en una ciudad con el movimiento incesante de Barcelona, se ha convertido casi en un acto de rebeldía. Paro. Miro el cielo que aquel día se me ofrece. Nunca son iguales. Incluso dentro del mismo minuto, las transformaciones son continuas.

Y lo que más me sorprende: incluso en días tan grises como estos últimos, cuando aparentemente no hay nada que ver, es un regalo. Solo cuando observamos con tiempo y sin prisas emerge la infinidad de grises que pueden llegar a convivir en un mismo cielo: gris azulado, gris anaranjado, gris perlado. Suma y sigue, incansable. Una paleta que ningún fabricante de óleos ha sabido, ni podrá jamas, reproducir del todo.
Si quieren comprobar hasta qué punto los cielos de Barcelona han fascinado a quienes los han intentado capturar, acérquense un día al MNAC y recorran sus salas con la mirada puesta arriba. Joaquín Mir, Joan González… La imposibilidad de fijar en el lienzo este elemento en constante movimiento no es una derrota del pintor: es la prueba de que la naturaleza siempre gana. Y ahí, justamente en esa tensión entre lo que se intenta atrapar y lo que escapa, nace algo parecido a la belleza.
Hay un concepto que describe el vértigo que provoca enfrentarse a algo demasiado bello: el síndrome de Stendhal. El escritor francés llegó a desmayarse ante los frescos de Florencia. Yo no llego a tanto, pero algo ocurre en el cuerpo cuando uno para de verdad y mira. Una especie de expansión interior, como si la escala de las cosas se reordenara de golpe. Los problemas del día pierden peso. La mente, por un momento, deja de hacer listas.
Vivimos en una ciudad que no deja de crecer, de moverse, de reinventarse. Una ciudad que atrae alento, que debate su identidad, que negocia su futuro. Todo eso es real y necesario. Pero también es real esto: que cada tarde, a las siete y media, Barcelona ofrece gratis y sin condiciones uno de los espectáculos más extraordinarios que conozco. Y que, para verlo, solo hace falta una cosa que cada vez nos cuesta más: parar.
Yo me siento pequeña. Y al mismo tiempo, inmensamente agradecida. Agradecida de vivir en una ciudad que tiene la generosidad de regalar algo tan inmenso a quien se toma la molestia de mirarlo. Los cielos de Barcelona no son mejores ni peores que los de Madrid. Son suyos. Son otra cosa. Y esa otra cosa, si uno aprende a verla, es suficiente para cambiar el tono del día entero.
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