Puertas de palacio

Casa Muley Afid: Puig i Cadafalch, un sultán y una elefanta en la Bonanova

La Casa Muley Afid, en la Bonanova. © Ajuntament de Barcelona
La Casa Muley Afid, en la Bonanova. © Ajuntament de Barcelona

Nos adentramos en la que fue la residencia de un sultán exiliado y el escenario de sus fiestras extravagantes, antes de caer en el deterioro hasta convertirse en un Consulado abierto y orgulloso no sólo de cuidar ese patrimonio, sino de darle vida

(Redactora)
23 de agosto de 2026 - 05:30

Es dificil pasear por Barcelona sin preguntarse qué habrá dentro de los muchos edificios singulares que salpican sus calles y plazas. Palacetes, casas señoriales, palacios medievales y emblemas modernistas son a menudo protagonistas de sus barrios, pero en ocasiones tienen otro papel menos visible, que despierta el interés de curiosos sin ser fácilmente visitables. Coincidiendo con la Capital Mundial de la Arquitectura, queremos asomarnos a los interiores e historias de algunos de estos edificios singulares de la ciudad que no suelen ser accesibles para el público general, y que guardan historias y joyas arquitectónicas en su interior. 

Y entre estas historias y joyas arquitectónicas, despunta una que entrelaza sultanes, elefantes, extravagancias, la guerra, un reloj parado y un consulado. La Casa Muley Afid, en el número 55 de la Bonanova y ahora sede del Consulado de México en Barcelona, atrae miradas con su silueta de cuento coronada por su torre cuadrangular y su chapitel de escatas de cerámica verde. El mismo color salpica unas paredes de un blanco limpio, en elementos como las ventanas, las tejas e incluso los bajantes, que contrastan con el rojo anaranjado de detalles de obra vista, en las barandillas y en ondulantes columnas que serpentean en la fachada. 

La casa modernista lleva más de cien años atrayendo miradas en la Bonanova. Fue encagargada por quien sigue dándole nombre y había sido sultán de Marruecos, Muley Afid, en 1911 a uno de los arquitectos más reconocidos del momento —y de la actualidad—, Josep Puig i Cadafalch. Fue terminada en 1914, y se convirtió entonces no solo en la residencia del sultán, sino en escenario de encuentros sociales peculiares: “Las fiestas de Muley Afid eran legendarias, por extravagantes y ruidosas”, relata el Cónsul Encargado de México en Barcelona, Alfonso Navarro Bernachi, desde la tercera planta de la casa modernista, donde se ubica el despacho del Cónsul Titular, ahora vacante.

Acceso a la Casa Muley Afid desde el jardín trasero. © Anna Badia
Acceso a la Casa Muley Afid desde el jardín trasero. © Anna Badia

El despacho del Cónsul Encargado se encuentra más abajo, entre ventanas de lamas de madera verde que dejan pasar la luz de la mañana mientras nos hace de guía por lo que es ahora el Consulado, y lo que fue la casa del sultán. En la entrada, tras cruzar el refinado jardín junto a la Bonanova, se entra junto a lo que fue la cochera, para pasar a una zona de atención al público. Más arriba, el piso noble está ahora ocupado por oficinas y la biblioteca, salpicados de terrazas que van apareciendo de forma inesperada. En el sótano, espacio para trasteros y una cocina, en lo que podría haber sido el alojamiento para las personas al servicio de Muley Afid. Y la joya del Consulado, la Sala del Reloj

Pero antes, ¿qué hacía un sultán de Marruecos en Barcelona? La historia incluye enfrentamientos entre hermanos por el trono marroquí, un exilio y el protectorado francés. En 1908, Muley Afid arrebató el trono a su hermano, el sultán Abdelaziz, tras liderar una revuelta apoyada por sectores que rechazaban la creciente influencia de las potencias europeas en el país. Su llegada al poder, sin embargo, no logró frenar la presión; apenas cuatro años después, el Tratado de Fez convirtió Marruecos en un protectorado francés, y Muley Afid abdicó en favor de otro de sus hermanos, Muley Yúsuf. Pero no se fue sin una buena compensación: abdicó a cambio de una pensión y del compromiso de poder fijar su residencia fuera del país. Tras una breve estancia en Francia, escogió Barcelona para comenzar una nueva vida, atraido por su ambiente cosmopolita, su ubicación y el lujo que respiraba la burguesía adinerada del momento. 

La casa desde el jardín trasero, con la antigua cochera en el fondo. © Anna Badia
La casa desde el jardín trasero, con la antigua cochera en el fondo. © Anna Badia

En esa Barcelona en ebullición, Muley Afid se instaló en el Hotel Oriente de La Rambla, mientras encargó a Puig i Cadafalch la que después sería su residencia. El arquitecto levantó una casa señorial de tres plantas, rodeada de un extenso jardín, caracterizada por su torre, sus terrazas y sus colores —casualmente a juego de la bandera de Marruecos y, también, de México. 

La etapa de Muley Afid en la casa que aún lleva su nombre fue breve, pero intensa. En los pocos años en que fue su residencia, se ganó fama (y críticas) por sus fiestas y protagonizó crónicas sobre sus peripecias, sus idilios y sus aventuras con el cuplé de la época. Muchas tuvieron como telón de fondo el jardín, que aún sigue rodeando la casa, aunque con la mitad de terreno que hace un siglo. En ese mismo jardín, habitó otra de las protagonistas de esta historia: “Como parte de sus caprichos y sus excentricidades, Muley Afid tuvo aquí a una elefanta”, explica el Cónsul Encargado. Ese capricho del exsultán se convirtió en un regalo extravagante: Muley Afid decidió regalar la elefanta a la ciudad. La elefanta Júlia se convirtió en la gran estrella del Zoo de Barcelona, que la recibió en 1915, y se convirtió en icono e incluso en canción firmada por Àngel Guimerà y Amadeu Vives. La simpatía de la historia se torna trágica con la Guerra Civil, que provocó que Júlia muriera de hambre en 1938.

 
La elefanta Júlia, con el Muley Afid en el fondo (Cortesía del Consulado de México en Barcelona)
La elefanta Júlia, con el Muley Afid en el fondo (Cortesía del Consulado de México en Barcelona)

Mucho antes de eso, Muley Afid se vio obligado a trasladarse a Francia poniendo fin a su exilio dorado en Barcelona. A partir de entonces, la casa que había mandado construir “fue involucionando” hasta llegar a un estado de deterioro. “Fue casa de acogida para niños, escuela, y luego estuvo años ocupada", destaca el Cónsul Encargado. Mientras repasa la historia, frisos que envuelven lo que en su día parece que fue una sala de juegos de la casa repasan el ciclo de la vida a su alrededor. Se atribuyen a Joan Junceda, dibujante e ilustrador que trabajó en revistas como Patufet: “Son reproducciones de dibujos de la época”, con instantes de la vida que incluyen un partido de fútbol entre jugadores ataviados ya entonces con camisetas del Barça. 

Alfonso Navarro Bernachi, consul encargado de México en Barcelona, en la Casa Muley Afid. © Anna Badia
Alfonso Navarro Bernachi, consul encargado de México en Barcelona, en la Casa Muley Afid. © Anna Badia

El deterioro de la casa fue en aumento, y el propietario llegó a querer demolerlo, “pero el Ayuntamiento se opuso y no autorizó la demolición, y decidió venderla”. Y es ahí donde entrño el Consulado, que compró la finca en 2002. La operación también tiene su historia: la adquisición por parte del Consultado incluyó la venta de la mitad de la finca, ocupada entonces por más jardín. En el terreno se levantó un edificio de viviendas, pero ahora es un solar vacío. “El inmueble se tuvo que demoler porque se pasó de la altura permitida”, explica el Cónsul Encargado desde una de las terrazas de la casa, ante el solar vacío que un día acogió el jardín de la casa en la que Muley Afid organizaba sus sonadas fiestas. 

El cónsul en la terraza que se asoma al antiguo jardín. © Anna Badia
El cónsul en la terraza que se asoma al antiguo jardín. © Anna Badia

Tras la compra, el edificio se reformó de la mano de los arquitectos Pere Joan Ravetllat y Carme Ribas, y reabrió como sede del Consulado en 2003. Pero la historia del Consulado de México en la ciudad empezó mucho antes: “México tiene presencia en Barcelona desde los primeros años de nuestra independencia en el siglo XIX”. Primero, en el Portal de la Reina; luego, hacia la plaza Sant Just, y luego en Petritxol, hasta llegar a la Rambla Catalunya hasta 1939, cuando México rompió relaciones con el régimen tras la Guerra Civil, y no las retomó hasta 1979. A su regreso, se estableció en un piso de la Diagonal, pero se apostó por buscar “un inmueble más apropiado, dados los lazos históricos y la relación entre Catalunya y México”. Fue ahí cuando se presentó la oportunidad de trasladarse a la Casa Muley Afid, que conserva esa memoria en forma de reloj.

Presidiendo la sala más señorial de la casa, este reloj de madera simboliza el paso del tiempo, sin marcarlo. Era el mismo que estaba en el Consulado de México en 1939, y se paró a las 14 horas, el día en que el espacio cerró por la presencia franquista en la ciudad. Pero el reloj no se quedó ahí: lo rescató el conserje del edificio. Lo guardó en su casa durante la dictadura y, antes de morir, pidió a su hijo que lo devolviera al Consulado si un día reabría. El hijo cumplió con ese deseo, y lo entregó de nuevo cuando la institución volvió a la ciudad en 1977, 38 años después de abandonarla por su oposiciín al régimen franquista. Desde entonces, el reloj ha ocupado un espacio destacado en las sedes que ha tenido el Consulado, incluida la Casa Muley Afid. Siempre parado a la misma hora, para recordar lo ocurrido en 1939: “Recientemente reformamos la sala, y un operario preguntó si al fin arreglaríamos el reloj. Pero no, estará siempre parado”. 

El reloj que se detuvo con la dictadura. © Anna Badia
El reloj que se detuvo con la dictadura. © Anna Badia

La sala presidida por el reloj acoge a menudo eventos y encuentros vinculados sobre todo a la cultura, como exposiciones. Y es que el Consulado organiza múltiples actividades y eventos en la casa, a menudo abiertos a los vecinos: “El inmueble no solo se conseva, sino que tiene una vida abierta a su entorno”, defiende. Tanto es así que organizan actividades de ámbitos que van desde la educación y el emprendimiento femenino hasta la salud mental y la cultura, con ciclos de literatura y música y eventos por las fiestas tradicionales de México. “Tratamos de que el espacio tenga vida propia y que la gente lo disfrute”, remarca el Cónsul Encargado. Además, la actividad del Consulado se sale de los límites de la casa hasta instituciones como el Barcelona Supercomputing Center, con el que colabora desde hace años, en una relación que está llevando al desarrollo del proyecto de un supercomputador en México, Coatlicue, la diosa madre de los dioses aztecas, nombre que conecta con el MareNostrum del BSC. 

Así, el Consulado sale de la Casa Muley Afid y también invita a entrar en ella, incluso a vecinos que recuerdan haberse colado en la finca años atrás saltando sus vallas, cuando estaba vacía. “El inmueble no sólo se ha conservado, sino que tiene vida abierta”. También se mira desde fuera, como desde un Bus Turístico que se detiene enfrente pese a no ser una parada establecida en la ruta, o como con un grupo de alumnas de un curso de pintura que se sientan frente a la verja para pintar la casa, aquella que se levantó para cumplir los deseos de un sultán extravagante y que sigue en pie contando historias en la Bonanova.

Jardín delantero de la Casa Muley Afid. © Anna Badia
Jardín delantero de la Casa Muley Afid. © Anna Badia

 

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Anna Badia López
Anna Badia López

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