A finales del siglo XIX, el olor a chocolate era intenso en la esquina en la que el Passeig de Gràcia se convierte en Gran de Gràcia. Allí estaba la fábrica de Oleguer Juncosa. Tenía 500 trabajadores, una máquina de vapor de 25 caballos y era capaz de producir cinco millones de tabletas anuales bajo la marca La Chocolatera. Mariano Fuster puso el ojo en esa ubicación e hizo una oferta a la familia Juncosa en 1905. El aroma a productos de cacao y los muros de la fábrica desaparecieron de la zona en 1907. Unos meses más tarde se instalaron los andamios de lo que hoy es Casa Fuster, protagonista del 19º capítulo de Hoteles con Historia e Historias de Hoteles, la serie que cada 15 días publicamos en The New Barcelona Post.
El arquitecto del edificio encargado por el abogado mallorquín Mariano Fuster i Fuster fue ni más ni menos que Lluís Domènech i Montaner. El letrado quiso epatar a su esposa (y a su familia) dedicándole el edificio como regalo de bodas. No puso límites presupuestarios, lo cual es un sueño para un arquitecto, con lo que se convirtió en la casa más cara que se había levantado nunca en la ciudad. No por su tamaño, que tampoco era pequeño, con 1.697 metros cuadrados repartidos en sótano, planta baja, cuatro pisos y un salón-teatro, sino por los materiales utilizados para levantarla.
La fachada era de mármol blanco, la primera de estas características en Barcelona. La piedra venía de Montjuïc. Se añaden a eso las vidrieras y la forja artística: todo fue elegido con el desahogo de poner un cheque en blanco sobre la mesa. Fuster quiso que la casa que regalaría a su mujer fuera la más bella de la ciudad.
El lector habitual de esta serie reconocerá enseguida el apellido de la mujer de Mariano: Consol Fabra i Puig. Hija del primer marqués de Alella, Camil Fabra i Fontanills, y de la familia que daría nombre a los Fabra i Coats, el imperio textil barcelonés que construyó, entre otras cosas, la gran fábrica de Sant Andreu. Los Fabra eran, a principios del siglo XX, una de las familias más poderosas de Cataluña. Casarse con Consol Fabra no era, pues, un acto neutro. Era una alianza y había que estar a la altura.
El arquitecto y el último encargo
Domènech i Montaner tenía a sus espaldas, en ese momento, el Palau de la Música Catalana y el Hospital de la Santa Creu i Sant Pau, obras que la UNESCO reconocería décadas después como Patrimonio de la Humanidad. La Casa Fuster no es su obra más exuberante, sino todo lo contrario: se inspira en los palazzi venecianos, con elementos neogóticos y florales, aunque con una ornamentación más contenida que en trabajos anteriores.
Las obras terminaron en 1911, el mismo año en que Gaudí finalizaba la Casa Milà, La Pedrera, tres manzanas más abajo del mismo paseo. Dos monumentos del Modernismo barcelonés terminados el mismo año, a pocos centenares de metros de distancia. La familia Fuster-Fabra se instaló en la planta noble. El resto de los pisos se alquilaron a familias acomodadas y a comercios exclusivos, entre ellos el Salón de la Moda de Anita Monrós. Pero el coste de mantenimiento era astronómico. En 1922, once años después de mudarse, y nueve años después de la muerte prematura de Consol Fabra, que solo pudo disfrutarla brevemente, la familia vendió el inmueble y se marchó.
Hasta aquí, una historia de amor y arquitectura. Aunque ahora empieza la otra historia.

Un consulado nazi, el POUM y Salvador Espriu
Durante las décadas siguientes, la Casa Fuster fue, por turnos y a menudo simultáneamente, todas las cosas que Barcelona fue en aquellos años convulsos. En los años treinta, el consulado de la Alemania nazi ocupó una de las plantas. El Instituto Italiano de la época de Mussolini tuvo también allí su sede. En la planta baja, lo que hoy es el Cafè Vienès se había convertido en punto de encuentro intelectual, y en 1922 había estrenado su nombre austriaco con ese cierto aroma de melancolía centroeuropea que tanto gustaba a la Barcelona burguesa de entreguerras.
El año 1936 lo cambió todo. Al estallar la Guerra Civil, el POUM o Partido Obrero de Unificación Marxista incautó el edificio y lo convirtió en sede revolucionaria. En mayo de 1937, cuando Barcelona vivió los episodios que Ken Loach reconstruiría décadas después en la película Tierra y Libertad, el comité de defensa de la revolución se reunió allí con la participación de la CNT, la FAI, las Juventudes Libertarias y la Juventud Comunista Ibérica. Se ha escrito que entre los asistentes había un joven militante socialista alemán: Herbert Ernst Karl Frahm. Se hacía llamar Willy Brandt y años después llegó a ser canciller de la República Federal Alemana y Premio Nobel de la Paz. Barcelona, como siempre, era un pañuelo.
En 1939 llegó la Falange, que ocupó el edificio para sus servicios sociales. Casa Fuster tiene otra sorpresa: durante treinta años, uno de sus pisos fue el hogar del poeta Salvador Espriu. El autor de La pell de brau se negó durante décadas a abandonar el edificio. Dicen que no se marchó hasta que una grave lesión en una pierna le hizo imposible subir las escaleras, pues el edificio, con toda su magnificencia de mármol y forja, no tenía ascensor. La vecindad es la razón por la que los Jardinets se llaman oficialmente de Salvador Espriu.

La amenaza de ENHER y la victoria ciudadana
En 1962 llegó la peor amenaza para Casa Fuster. La estatal ENHER (Empresa Nacional Hidroeléctrica del Ribagorzana) compró el inmueble por once millones de pesetas. La intención era clara: derribar el edificio y construir un rascacielos de oficinas que se habría llamado Torre Barcelona. Publicaron un anuncio en La Vanguardia del 12 de junio de ese mismo año convocando a todos los arquitectos españoles a presentar proyectos para el nuevo edificio, con premios de 150.000, 75.000 y 35.000 pesetas a los mejor posicionados en el concurso.
La respuesta de Barcelona fue contundente. Los vecinos de Gràcia se rebelaron y arquitectos como Oriol Bohigas alzaron la voz contra el proyecto. Medios impresos como Destino y el Diario de Barcelona publicaron artículos de denuncia en una época en que no había tanta sensibilidad arquitectónica ni tantas oportunidades de quejarse públicamente. La presión funcionó: ENHER no solo renunció al derribo, sino que se comprometió a realizar obras de conservación entre 1962 y 1974, con una última restauración en 1995.
Aquí se detiene la desgracia de una Barcelona que, en aquellas décadas del alcalde Porcioles, perdió demasiadas cosas que nunca tendría que haber perdido.
En 1999, el inmueble salió a la venta. En 2000, la cadena andaluza Hoteles Center lo adquirió e inició una rehabilitación de cuatro años que respetó fielmente la arquitectura original. En 2004, la Casa Fuster abrió como hotel monumento de cinco estrellas.

Aleia: dos estrellas para la marquesa
El hotel que ocupa la casa de Consol Fabra tiene, desde diciembre de 2021, un restaurante gastronómico en su planta noble: Aleia. El nombre no es casual. Es un homenaje velado a la propia Consol: su padre era el primer marqués de Alella. La casa más cara de Barcelona lleva más de un siglo guardando el apellido de su dueña entre sus piedras (encontrar el rosetón con el CF en la fachada es entretenido), y ahora también en la carta de un restaurante de dos estrellas Michelin.
Aleia es un proyecto a cuatro manos: la dirección estratégica del chef italoargentino Paulo Airaudo, que acumula ocho estrellas Michelin entre sus restaurantes en San Sebastián, Hong Kong, Florencia y Bangkok, y la cocina del día a día del jerezano Rafa de Bedoya, formado en el País Vasco y en el Celler de Can Roca. Una primera estrella llegó en noviembre de 2022. La segunda, en 2025. El salón donde se sirven los menús degustación es el mismo que un siglo atrás era la zona noble de la familia Fuster-Fabra. Los techos, las vidrieras y la forja de Domènech i Montaner siguen siendo el mejor maridaje de la mesa.
La terraza del hotel, por su parte, se ha convertido en uno de los escenarios más solicitados de Barcelona para sesiones fotográficas, entrevistas y grabaciones de programas culturales. La razón es evidente para cualquiera que haya subido: desde allí arriba, con el Passeig de Gràcia desplegado a los pies en toda su longitud, la ciudad brilla.

El cierre del Paseo
Hay algo que ninguna fotografía del Passeig de Gràcia captura del todo bien y que, en cambio, se entiende enseguida cuando se camina hacia arriba: la Casa Fuster no es un edificio en el Passeig de Gràcia. Es el cierre del paseo. El edificio que pone el punto final a la gran avenida burguesa y que, al hacerlo, mira el paseo entero desde la perspectiva privilegiada de quien ha visto pasar todo.
En el Cafè Vienès algunas noches suena jazz en directo. En el salón que fue sala de baile (El Danubi Blau, en los años cincuenta) y sede revolucionaria (el POUM, en 1936) y oficinas (ENHER, en 1962) hoy se sirve cava y se escucha jazz. Puede que no haya mejor resumen de todo lo que Barcelona ha sido en cien años que este edificio de mármol blanco al final del Passeig de Gràcia: el lugar donde un mallorquín quiso regalar a su mujer la casa más cara de la ciudad, donde el arquitecto más importante del Modernismo puso todas sus lecciones, y donde la ciudadanía, cuando fue necesario, plantó cara a una empresa eléctrica y ganó la partida.


