Quedaban 73 días para la inauguración de la XXV Olimpiada. La evidencia era inevitable: el elefante estaba en la habitación y había que hablarlo en despachos que estaban en ambos lados del Atlántico: los del Ayuntamiento, los del Comité Organizador, los de la promotora Travelstead y los de la cadena Ritz-Carlton. El problema era evidente: el Arts no iba a estar listo para Barcelona’92. El mascarón de proa hotelero de la ciudad había perdido el ritmo del resto de las obras olímpicas.
Y, sin embargo, abrió. No con todos los servicios previstos, ni mucho menos con las cinco estrellas prometidas. Aunque abrió. Y después cerró. Y, dos años más tarde, volvió a abrir ya terminado. Para entender cómo uno de los hoteles más emblemáticos de Barcelona nació a medio hacer (y aun así se convirtió en símbolo de toda una época), hay que retroceder algunos años para poner en contexto al Arts, protagonista del 13º capítulo de Hoteles con Historia e Historias de Hoteles, la serie que cada 15 días publicamos en The New Barcelona Post.
Un nuevo barrio
El 17 de octubre de 1986 Barcelona fue elegida sede de los Juegos Olímpicos de 1992. Aquella decisión del Comité Olímpico Internacional activó una transformación urbana sin precedentes. Había un objetivo claro: abrir aún más la ciudad al mar. En ese proceso, la futura Villa Olímpica se convirtió en una de las piezas clave, levantada sobre antiguos suelos industriales del Poblenou.
El planeamiento original, firmado por los arquitectos Josep María Martorell, Oriol Bohigas, David Mackay y Albert Puigdomènech, dibujaba un nuevo barrio conectado por un gran paseo marítimo continuo, desde la Barceloneta hasta el futuro Port Olímpic. Sin embargo, en 1988 se introdujo un elemento que cambiaría para siempre el perfil del litoral: la construcción de dos grandes torres, concebidas como puerta simbólica de la nueva Barcelona.
Inicialmente, ambas torres debían alcanzar unos 100 metros de altura. Sin embargo, las sucesivas modificaciones del proyecto las elevaron hasta los 153,5 metros, convirtiéndolas en los edificios más altos de España en aquel momento. Un crecimiento de más de 50 metros que contrasta, curiosamente, con el caso del Hotel W Barcelona (protagonista del tercer capítulo de esta serie), cuya altura tuvo que reducirse drásticamente tras una larga batalla urbanística. Dos formas muy distintas de negociar el skyline de Barcelona en dos momentos históricos diferentes.
El encargo del hotel recayó en el arquitecto Bruce Graham, veterana figura del estudio Skidmore, Owings & Merrill de Chicago. Su propuesta apostaba por una torre de 44 plantas con estructura metálica exterior visible, de estética high-tech, que contrastaba radicalmente con la tradición arquitectónica de la ciudad.
Y también algo de Frank Gehry
A los pies del rascacielos-hotel, el proyecto incorporaba además una intervención de Frank Gehry, que en 1989 acababa de recibir el premio Pritzker. Gehry diseñó un complejo comercial y ajardinado abierto al mar, presidido por una gran escultura metálica en forma de pez cuyo brillo cambiaba a lo largo del día y que pronto se convirtió en uno de los iconos visuales de la ciudad olímpica.
Las obras comenzaron en febrero de 1990 y avanzaron a gran velocidad. En apenas trece meses, el edificio alcanzó su altura máxima. Su vecina, la futura Torre Mapfre, cubrió aguas algo más tarde. Las nuevas “torres gemelas” del litoral se consolidaban así como uno de los grandes símbolos de la ciudad que estaba a punto de presentarse al mundo.
El proyecto Arts estaba impulsado por el grupo estadounidense Travelstead, con la participación financiera de la japonesa Sogo Company Ltd., y la gestión se adjudicó a la cadena The Ritz-Carlton Hotel Company. La ambición era máxima: más de 450 habitaciones, suites de gran lujo, apartamentos dúplex en las plantas superiores y una amplia oferta de restauración y ocio. Sin embargo, la realidad de la obra se impuso.
Durante el verano de 1992, el Arts empezó a operar con solo una parte de sus plantas en funcionamiento, mientras el resto del edificio seguía en obras. Ritz-Carlton fue la más reticente a ponerlo en marcha, pues su primer hotel europeo no iba a estar a la altura de sus hermanos de Estados Unidos: además de con limitaciones en los espacios, arrancó con cuatro estrellas de las cinco comprometidas.
A sus pies, el complejo comercial impulsado por Sogo intentaba abrirse paso como nuevo polo de ocio internacional. Allí desembarcó, tiempo después, uno de los grandes símbolos de la cultura global de la época: Planet Hollywood. Durante un tiempo, aquel restaurante temático representó como pocos el espíritu de los años noventa: espectacular, internacional y profundamente optimista. A la inauguración asistieron personajes en la cresta de la ola como Sylvester Stallone, Demi Moore, Bruce Willis, Arnold Schwarzenegger, Cindy Crawford y Elton John, entre otros.
Tras la euforia, la realidad
La crisis económica de mediados de los noventa redujo la demanda, y Barcelona aún no era el destino turístico global que llegaría a ser años después. El modelo comercial de lujo de grandes marcas vinculado a Sogo no terminó de funcionar, y tanto las galerías como el propio Planet Hollywood fueron perdiendo fuerza hasta desaparecer.El hotel, por su parte, cerró temporalmente para completar las obras. No fue hasta 1994 cuando el Arts Barcelona abrió plenamente, ya terminado y funcionando como el gran establecimiento de lujo que había sido concebido desde el inicio. Por el camino quedó Travelstead, que acabó suspendiendo pagos y dejando en pausa otra iniciativa prometedora: la estación de la Sagrera diseñada por Norman Foster para un tren de alta velocidad que aún tardaría décadas en llegar a la ciudad y, de hecho, aún no para en la Sagrera (aunque esto ya excede la historia del Arts).
Resort de lujo frente al mediterráneo
Funcionando ya al 100 %, se constató que Barcelona no había tenido nunca un hotel así frente al mar. Hasta entonces, el lujo había sido esencialmente urbano, elegante y clásico. El Arts introdujo otra escala: grandes volúmenes, vistas abiertas al Mediterráneo, servicios globales y una experiencia que conectaba directamente con los estándares internacionales.El hotel incorporó, además, una clara vocación artística, integrando en sus espacios obras de creadores contemporáneos y reforzando su identidad como lugar donde arquitectura, arte y hospitalidad dialogaban. Lo sigue haciendo en todos sus espacios. Rápidamente se convirtió en el alojamiento de referencia para las grandes figuras internacionales que pasaban por la ciudad. Músicos, actores, deportistas y empresarios encontraron en sus suites un refugio discreto frente al mar, a la altura de las grandes capitales europeas. La lista de personalidades es larguísima.
Con el tiempo, el hotel fue acumulando historias que forman ya parte de su leyenda. La mayoría, como ha de pasar en los hoteles, se quedaron entre sus paredes, el personal y los huéspedes, aunque algunas puntuales han trascendido, como la protagonizada por el Dalai Lama.
Tras una estancia en el hotel, él y su comitiva dejaron una importante factura sin abonar. Lo que viene a ser un “simpa” de cinco estrellas. Ante la falta de respuesta por parte de los organizadores locales, el entonces director del establecimiento decidió recurrir a una solución tan inesperada como eficaz: escribir directamente al actor Richard Gere, conocido por su cercanía al líder espiritual tibetano. La gestión surtió efecto y finalmente las facturas fueron satisfechas.
Muy distinto fue el caso del magnate Lakshmi Mittal, quien en una de sus visitas a Barcelona llegó a reservar prácticamente la totalidad del hotel, convirtiéndolo durante unos días en un espacio casi privado para un evento familiar. Dos episodios opuestos que ilustran bien el tipo de clientela e historias que han pasado por el Arts.
Mientras tanto, el entorno del hotel también ha ido evolucionando. El antiguo espacio comercial fue transformándose con los años, y la consolidación del Casino Barcelona ayudó a convertir el Puerto Olímpico en uno de los grandes centros de ocio de la ciudad durante los años noventa y principios de los dos mil con altos y bajos que hoy parecen haberse recuperado.
Una de las intrahistorias del hotel no tienen que ver con huéspedes sino con una singular circunstancia y uno de los personajes con peso económico en la Barcelona actual: Xavier Faus. Tras la quiebra de Travelstead llegó la de Sogo y el Arts quedó en venta en 2001. Con 36 años, el abogado barcelonés lideró un grupo de inversores españoles que acabó haciéndose con el hotel. Los atentados del 11-S de ese año influyeron en la operación. Cinco años después la propiedad del hotel se vendió a otro grupo inversor, batiendo un récord en las compraventas en España, una historia que da para un largo artículo, también historico, que va más allá del hotel.
Con el cambio de siglo, Barcelona se consolidó definitivamente como destino turístico global. En ese nuevo escenario, el Arts pasó de ser una apuesta ambiciosa a convertirse en un clásico contemporáneo que recientemente ha mudado su interior y sigue ofreciendo exclusividad y hasta restaurantes galardonados con estrellas Michelin. Aunque más que historia, esto es la actualidad del hotel que consolidó a Barcelona entre los viajeros internacionales.