Tercer capítulo de la serie hoteles con historia e historias de hoteles. En esta ocasión el protagonista es un establecimiento contemporáneo: el W Barcelona. Abrió sus puertas en 2009, aunque su presencia es tan imponente que parece que siempre haya estado ahí. Se ve desde el mar. Se ve desde muchos puntos de la ciudad... y se recorta sobre todo desde las alturas: su forma puede distinguirse desde el Tibidabo, la sierra de Collserola o los barrios altos. Desde que empezó a crecer formó parte del skyline de la ciudad: el real y el que se dibuja.
Hay una historia que cada vez se recuerda menos: esta vela que marca a los navegantes donde está la bocana norte del puerto y a los bañistas o paseantes donde empiezan o acaban las playas de Barcelona, iba a ser una vela gigante, el edificio más alto de la ciudad... aunque al final la vela menguó.
W Barcelona: Un sueño de 180 metros
Ricardo Bofill ya lo tenía en la cabeza muchos años antes de empezar a trabajar en el proyecto: un rascacielos junto al puerto. Un faro moderno para la Barcelona postolímpica. El proyecto durmió durante años por roces continuos con el Ayuntamiento. La construcción era grande, vistosa y de 180 metros, con lo que acabaría siendo más alto que las torres del Port Olímpic: Mapfre y Hotel Arts. La empresa Nova Bocana Barcelona SA se puso manos a la obra sobre terrenos ganados al mar gracias al gran proyecto de ampliación y modernización del puerto, que incluía una nueva entrada y salida a mar abierto.
Inicialmente, se presupuestaron 156,9 millones de euros. En 2009, la cifra llegó a 260 y se acordó que el espacio se explotaba en régimen de concesión de 35 años desde 2010, prorrogable a 50. El hotel vela tiene vida para décadas. El fundador del Taller de Arquitectura en 1963 definió el edificio como “una vela hinchada por el viento”. Confesó también que le inspiraban el Mediterráneo, Andalucía y el Sáhara. El edificio significaba también cierta revancha personal de Bofill tras años de ninguneo institucional barcelonés.
Recortes, leyes y bronca vecinal
Josep Antoni Acebillo, como arquitecto municipal en los años 90 y principios de los 2000, fue el responsable directo de rebajar la altura del proyecto de la Vela. En el diseño original de Bofill se planteaba un rascacielos canónico, aunque Acebillo y el Ayuntamiento lo limitaron a 100 metros para proteger el horizonte urbano, las rutas aéreas del aeropuerto del Prat ---cuyas terminales son obra del taller de Bofill, por cierto--- y el equilibrio visual de la costa.Y hablando del lugar donde el mar toca la tierra, la ley de Costas de 2004 obligó a retroceder el proyecto 20 metros del agua. En 2006 llegó el diseño final: 88 metros de estructura sobre un muelle de 11 sobre el Mediterráneo, lo que sumó un total de 99 metros de altura. La silueta de la vela pura se ensanchó finalmente por su base, añadiéndose un cubo para zonas comunes y 120 habitaciones.
Desde 2007, con la estructura ya a la vista, muchos vecinos de la Barceloneta se organizaron y reivindicaron que la obra no siguiera adelante. Se unieron a las protestas pescadores, surfistas y los nudistas de la playa oficiosamente naturista de la zona frente al Club Natación Barcelona. La queja fue común: “El Vela alteraba corrientes, vientos y bloqueaba la vista”, reivindicaron, mientras las obras siguieron adelante.
Pilotes en el mar y cristal que silba
Entre 2006 y 2009 el hotel tomó forma: 42.000 m² construidos, 1.000 toneladas de acero, pilotes de más de 40 metros anclados al lecho marino, cristal curvo que cambiaba con la luz y silbaba con el viento de levante. Sorprendió la velocidad con la que se levantó la estructura. Fue mediante el método Fast Track, dirigido por José María Rocías.
Con todo listo y la crisis de 2008 en su apogeo, el 1 de octubre de 2009 la vela de Barcelona abrió con una marca poco conocida entonces, W Barcelona, primer hotel de Starwood (hoy Marriott) en Europa occidental. Eva Ziegler, directora global de la marca, cortó la cinta inaugural con Jordi William Carnes, por entonces teniente de alcalde de Hacienda y Promoción Económica del Ayuntamiento de Barcelona.
Para animar la inauguración del establecimiento y apelar a la ciudad que lo acogía, se repitió un mantra en el acto: “Barcelona es moda, diseño y arquitectura; el W será su nuevo icono”. Aun con la sombra de la crisis, el hotel arrancó con una ocupación media inicial del 80% y su primer lleno al 100% fue en sus primeros días, coincidiendo con la celebración de la Red Bull Air Race, el recordado evento aéreo frente a la costa de la ciudad.
El hotel arrancó a lo grande: 473 habitaciones: 406 estándar de 40 metros cuadrados con vistas al mar, y 67 suites, incluida la Extreme WOW de 200 metros cuadrados y un precio por noche que también va asociado con ese wow. Un concepto que hoy parece obvio, pero que la marca W lleva en su ADN: el Wow y el Whatever/Whenever (‘lo que sea, cuando sea’) que prometen a sus huéspedes que también disfrutan de una oferta gastronómica y de ocio de lo más variado, aunque como este texto es histórico y no promocional, lo dejamos aquí, añadiendo que el hotel es un lugar aspiracional para personas de todo el mundo.
Famosos y discreción
Uno de los aspectos curiosos del hotel es que el denominador común de sus huéspedes es el show off, mostrar y lucir que están ahí. Sin embargo, son contadas las celebridades que se sepa a ciencia cierta que se han alojado allí. Del mismo modo que el hotel está abierto al lucimiento, lleva a rajatabla la intimidad de sus huéspedes ilustres que suelen usar las suites más privilegiadas.
Clientes más que confirmados han sido la cantante Shakira como huésped habitual, y Arnold Schwarzenegger, que dejó un gratísimo recuerdo en la casa con su buen humor y entrenamientos. También se habla de las visitas de otras ilustres damas como Madonna o Lady Gaga, aunque el hotel es pura discreción cuando se trata de perfiles de renombre mundial.
Y aunque al final no fue el hotel y edificio más alto de Barcelona, el W es posiblemente uno de los hoteles más visibles de la ciudad y, aunque abrió sus puertas hace solo 16 años, da la sensación que esa vela siempre ha sido parte de Barcelona.