Albert Prat se pone bajo la piel del abogado y narrador de Bartleby, el texto que Melville escribió y que, a día de hoy, sigue teniendo múltiples interpretaciones entre los círculos literarios. ¿Es una crítica al capitalismo?, ¿es un retrato de la depresión clínica?, ¿es una defensa de la soledad como vía para lograr la libertad? Quizás es todo esto o, quizás, no es nada de esto. Bartleby tiene esa magia: es el público quién le da su propio significado.
En la adaptación que vemos ahora en la Sala Atrium, llevada a cabo por Llàtzer Garcia, vemos un respeto absoluto por el texto y, por tanto, por las múltiples lecturas del mismo. Prat es el único protagonista de este espectáculo que, de manera magistral, protagoniza el descenso a la locura que le produce una actitud de resistencia pasiva. La frase de "Preferiría no hacerlo" desencadena en el abogado toda una serie de sentimientos encontrados que le llevan de la compasión, al hastío, al amor y al odio.
Bartleby no aparece en momento alguno en escena y, sin embargo, su presencia lo acapara todo. La única frase que oímos de su boca es la de su preferencia, la preferencia a no actuar, la inacción como bandera. Pero lo comunica de una forma pacífica, sin nerviosismo, sin rebelión, ni signos de desafío de la autoridad. Y es precisamente esta actitud pausada y calmada, la que hace que el abogado caiga en una espiral de locura y descontrol.
Albert Prat brilla en escena
Ese descenso a los infiernos es magistralmente interpretado por Albert Prat que, en un primer momento, se presenta como un abogado respetado de Wall Street cuyo despacho va creciendo y ganando en clientes. Para abarcar ese éxito, necesita contratar a un nuevo escriviente y es aquí donde aparece, por primera vez, el nombre de Bartleby.
En todo momento, este personaje es explicado por la perspectiva del abogado, por tanto, no conocemos a Bartleby de forma real, sino que su figura está totalmente teñida por la impresión que le causa al protagonista. Este recurso estilístico de Melville es brillante porque, en todo momento, no podemos conocer realmente a Bartleby, solo conocemos la huella y el eco que produce en el abogado.
Y el abogado se desespera con este personaje. En cuanto pronuncia por primera vez su réplica de "Preferiría no hacerlo", el porte de seriediad, profesionalidad y seguridad en sí mismo, empieza a desvanecerse. "¿Cómo que "Preferiría no hacerlo?", "¿eso se puede decir?", se pregunta este abogado que, por primera vez, se encuentra con un acto de resistencia pacífica al que no sabe cómo responder.

A partir de ese momento, el personaje de Albert Prat empieza a transformarse ante nuestros atónitos ojos y pasa de ser un respetable abogado de Wall Street a un ser patético, desesperado y totalmente superado por una simple frase. A medida que evoluciona la obra, su estupefacción va en aumento hasta que, al final, el abogado termina siendo igual (o más) extraño que el propio Bartleby.
Esta transformación es hilarante. Vemos cómo la seriedad y respetabilidad de ese hombre empieza a desaparecer y pasa a convertirse en un ser que se arrastra por el suelo, que se ríe cargado de histeria y que se mueve entre la conmoción y el enfado.
La compasión como reflejo de humanidad
Pero en Bartleby también vemos que la compasión guía la toma de decisiones del abogado. Por un lado, la actitud de Bartleby se le antoja incomprensible e inaceptable; pero, por otro lado, su tranquilidad, su soledad y su silencio le causan cierta compasión y le hace reflexionar sobre la inacción. Porque Bartleby no hace absolutamente nada y, precisamente de ahí, de eso "no hacer", se genera todo el conflicto.
Este sentimiento compasivo es el que hace que el abogado no pueda desprenderse ni olvidarse de Bartleby. Se preocupa por su destino, por su futuro, incluso, paga dinero para que se alimente bien. Porque, pese a su distanciamiento social, Bartleby se perfila como un "rebelde" que desafía las normas de la sociedad. Frente a la acción masiva, la inacción como respuesta; frente al cumplimiento de los deberes; nuestras preferencias como bandera.

La puesta en escena de Bartleby en la Sala Atrium está muy bien diseñada: se ha apostado por un único elemento (una gran mesa de despacho) que refleja muy bien las jerarquías de poder en la oficina, la importancia del trabajo y el muro que existe entre los dos personajes principales. Además, el escritorio está situado al límite de la tarima, lo que provoca que el abogado se vea obligado a moverse de manera muy incómoda por ese universo que, antes era suyo, y que ahora se le muestra extraño, pequeño y difícil.
Llàtzer Garcia ha hecho un trabajo muy pulcro a la hora de adaptar este cuento de Melville. Ha eliminado cualquier distracción para centrarse en la narración y en la interpretación. Teatro puro, directo, sin artificios que no necesita nada más para brillar sobre el escenario. Albert Prat retrata a un abogado que pasa de la profesionalidad al desespero de un modo tan visceral que es imposible no reírse de su metaformofosis. Parece que sea un personaje más de Kafka: de persona a escarabajo por un hecho insólito que escapa de su control.
Las discusiones sobre Bartleby
Pero, ¿qué nos quiso decir Melville con Bartleby? Desde que se escribió en 1853, han sido muchas las interpretaciones que se han realizado sobre el texto. Y se ha dicho de todo: que es una defensa de la soledad como un estado superior de consciencia (una teoría que apuntaría a la influencia en Melville de los ensayos del filósofo Ralph Waldo Emerson en su obra The Trascendalist); también se ha dicho que es una parodia sobre las reformas laborales que tuvieron lugar en la Nueva York del 1850; que es una reflexión sobre el aislamiento y la deshumanización que nos produce el trabajo moderno; incluso, se ha dicho que es un reflejo de una enfermedad mental (concretamente, la depresión clínica), ya que se cree que el propio Melville la padeció durante la escritura de Moby Dick.

Todas estas lecturas pueden ser ciertas o pueden no serlo. Lo que está claro es que la frase "Preferiría no hacerlo" se percibe como un golpe en la mesa, como un "Basta ya" que se lanza a la sociedad productiva en la que parece que lo que haces es lo que te define. ¿Y si no haces nada, no eres nada?
Bartleby puede ser que sea el último hombre libre, un personaje que no tiene que hacer nada, para ser alguien. Y ser en toda su esencia. Observar el mundo, las nubes, estar quieto en una habitación y sentir el peso de la vida. Nunca sabremos por qué Bartleby apuesta por la inacción ni, mucho menos, por qué "preferiría no hacerlo"; pero lo que sí que intuimos es que, con esa actitud, se planta ante las órdenes externas y prioriza sus preferencias. Porque, al principio puede ser que solo te pidan que revises la copia de un documento, pero si aceptas esa petición, ¿luego qué puede venir después?
En la vida, el único éxito posible es el que se logra de forma personal, en soledad y sin ruido
La influencia de Bartleby en la historia traspasó el ámbito literario: durante los tiempos de Occupy Wall Street, el filósofo Slavoj Žižek abanderó la frase "Preferiría no hacerlo" como el lema de un movimiento protagonizado por profesionales que, al igual que el personaje melvilliano, protestaron apostando por la imacción como motor de su revolución.
Yo, de Bartleby, me quedo con una lectura más humanista: y es que en la vida, el único éxito posible es el que se logra de forma personal, en soledad y sin ruido. Aunque, desde fuera, esa victoria se pueda leer como derrota. "Oh, humanidad".
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