Barcelona vivía bien. Ahora quiere optimizarse

Barcelona nunca tuvo un problema de longevidad. Y aun así, ahora parece obsesionada con ella. Los europeos ya vivimos más años y, en muchos casos, también somos más felices que los americanos. Y aun así, en ciudades como Barcelona, la cultura de la longevidad estilo Silicon Valley está por todas partes. Verlo aquí descoloca un poco. Porque si hay una ciudad que nunca ha tenido “problema de longevidad”, es esta. Sol, calle, vida social, comer bien, caminar a todos lados, terraceo hasta tarde... el sistema ya estaba funcionando. Y precisamente por eso llama tanto la atención.

De repente, lo que era simplemente vivir empieza a convertirse en proyecto. Gente cambiando el aperitivo por objetivos de proteína. Conversaciones sobre sueño, analíticas o edad biológica colándose en cenas que antes eran de política, arte o simplemente decidir dónde ir a tomar algo con buen ambiente.

Lo cotidiano empieza a sonar a optimización; lo que cada vez más gente aquí empieza a llamar biohacking, aunque en el fondo no deja de ser lo mismo de siempre con otro lenguaje. Y confieso que, en parte, lo encuentro fascinante: experiencias como la app Holo o los retiros de longevidad de Progevita me han hecho mirar este mundo con otros ojos.

Lo curioso es que Europa ya tiene muchas de las cosas que Estados Unidos está intentando construir a base de tecnología: ciudades caminables, una dieta basada en comida fresca y pescado, más vida en la calle, plazas y espacios pensados para quedarse en comunidad. Entonces la pregunta vuelve una y otra vez: si el estilo de vida mediterráneo ya hacía tantas cosas bien, ¿qué estamos intentando mejorar exactamente?

Creo que ahora mismo conviven dos formas de vivir esta tendencia, y yo me muevo un poco entre las dos. La primera son las “longevas”: personas que antes vivían desde la ambición, la noche, la moda o carreras muy intensas, y que ahora han trasladado esa misma energía al bienestar y a la auto-medición. Muchas amigas millennial llevan vidas bastante estructuradas —WHOOP en la muñeca, control de la recuperación, proteína, fuerza, todo girando alrededor del sueño y con la intención de mejorar sus biomarcadores.

Y, para ser justa, están increíbles. Pero también lo están mis amigas europeas, entre inauguraciones, sobremesas y escapadas a la costa, tomando un Negroniun jueves como si nada, con una sensación de bienestar que no parece construida, sino más bien natural. Las dos buscan, en el fondo, lo mismo: energía, vitalidad y sentirse bien.

Nadie se libra del paso del tiempo.

Mi incomodidad con todo esto no va tanto contra el bienestar en sí. Lo entiendo. Yo también soy competitiva, y ese impulso de mejorar todo está muy presente en el mundo emprendedor —y no es algo exclusivo del mundo femenino—. En los hombres también es cada vez más evidente la obsesión por la maximización y la auto-optimización.

 

Pero también me cuesta ignorar la parte económica detrás de todo esto. La carrera por mejorar el cuerpo es también una carrera por nuestra atención. El sueño, el movimiento, la recuperación, las hormonas, el estado de ánimo... todo se convierte en datos, se analiza, se monetiza y vuelve a nosotros en forma de productos, suscripciones, suplementos o tratamientos. Lo que empieza como auto-mejora acaba siendo un bucle constante de medición y consumo.

IMAGE by Lemar Agency

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Y aun así, me pregunto si esta obsesión con la edad biológica no es también, en parte, una distracción. Una forma de mirar hacia dentro justo cuando el mundo fuera parece cada vez más inestable, más incierto, más difícil de leer. Apagar las noticias y abrir una app de salud tiene sentido. Centrarse en lo que puedes controlar también.

Pero aunque creo que este fenómeno merece ser cuestionado, tampoco veo el panorama como algo completamente negativo. Al mismo tiempo están apareciendo pequeñas contra-tendencias, sobre todo en Gen Z, que vuelven a llevar el bienestar a lo social. Run clubs en vez de correr sola. Matcha nights y supper clubs. Formas más compartidas de sentirse bien.

Y quizá ahí está el equilibrio: no en rechazar toda la cultura de la longevidad, sino en cuestionar que tenga que ser un proyecto individual. Porque lo que siempre ha entendido el estilo de vida mediterráneo, y lo que ciudades como Barcelona todavía consiguen mantener a ratos, es que la salud no es solo algo que se mide en el cuerpo, sino algo que se construye en lo colectivo, en la forma en que vivimos juntos.

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Natalie Batlle (3)
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