11.000 referencias entre vinos y destilados, casi 400 trabajadores y un centro logístico capaz de mover hasta 50.000 botellas diarias. Estas son las cifras que se esconden detrás del éxito de Vila Viniteca, una de las distribuidoras de vino más influyentes de Europa, con sede en el barrio del Born de Barcelona (Agullers, 7), pero que opera en más de una treintena de países de todo el mundo. Su historia de éxito, sin embargo, no se explica solo con números. Se construye, sobre todo, a partir de pasión, negocios centenarios y legados familiares. Concretamente, todo comienza con dos proyectos familiares catalanes: el colmado Vila, fundado en 1932 en el mismo Born, y la finca vinícola de Ca N’Estruc, a los pies de Montserrat —documentada desde 1574—, que en 1993 confluyen para dar forma a la actual Vila Viniteca.
La historia de Vila Viniteca es, en esencia, la historia de dos apasionados del vino que se convierten en socios y, con el tiempo, en buenos amigos. Por un lado, la de Quim Vila, tercera generación al frente del colmado en el barrio del Born, que ya en sus inicios, además de productos básicos y alimentos —fueron los primeros, por ejemplo, en vender queso de bola holandés en Barcelona— suministraba vino y licores a los restaurantes de la zona.
Por otro, la de Siscu Martí, nacido, criado y todavía residente en Ca N’Estruc, que continúa un legado familiar documentado desde 1574. Los registros que hoy lucen en las paredes de la finca evidencian una propiedad agrícola con usos diversos, desde la agricultura hasta la ganadería, situada a 165 metros de altitud, a los pies de Montserrat. El punto de inflexión llega en 1983, cuando Martí convence a su padre de abandonar la venta de vino a granel y apostar por la calidad, gracias a la alianza con distintos expertos del sector vitivinícola.
A partir de este cambio de rumbo, la finca situada en Esparreguera alcanza hitos importantes, como convertirse en la primera bodega registrada en la DO Catalunya, creada en 1999. Hoy, Ca N’Estruc cuenta con 22 hectáreas de viña y elabora 11 referencias, entre blancos y tintos, producidos bajo los principios de viticultura ecológica y biodinámica. “Producir un vino cada año y lograr que sea bueno es simplemente un placer ilusionante”, confiesa Martí, con una pasión, un convencimiento y una manera de entender la profesión que parecen estar en su propia sangre.
El punto de unión de estas dos historias familiares se produce en 1993. Tras una primera relación comercial —Martí ya vendía los vinos de Ca N’Estruc al colmado Vila—, ambos tenían la ambición de reinventar sus respectivos negocios y deciden unirse para hacerlos prosperar. Así nace Vila Viniteca, que actúa tanto como distribuidora de vinos como propietaria de la bodega de Ca N’Estruc (además de otras bodegas adquiridas con el tiempo), y que será la chispa de un negocio que acabaría convirtiéndose en un imperio global dentro del sector, sin perder la esencia, la tradición ni la pasión familiar. El nombre elegido para el proyecto refleja perfectamente esta filosofía, integrando los tres conceptos que definen el espíritu de la compañía: Vila, en homenaje a la tradición familiar; vini, por el vino; y teca, por la comida.Hoy, Vila Viniteca, a través de sus distintas tiendas, ofrece vinos tanto a particulares como, sobre todo, a restaurantes de toda España, así como de Europa, Asia o Estados Unidos, además de representar en exclusiva a unas 350 bodegas de todo el mundo. Pero en estos locales no solo hay vino: la distribuidora también comercializa una cuidada selección gastronómica, con más de 400 quesos en su punto óptimo de maduración —incluido un proyecto exclusivo de adaptación de un queso Oaxaca catalán—, así como jamones, conservas y otros productos gourmet.
Dos socios, una alianza bien definida
Estas dos tradiciones familiares se unen, por tanto, bajo un mismo proyecto gestionado con una estructura clara que se mantiene hasta hoy: cada socio conserva el 50% de la propiedad. Con una distribución de funciones también claramente delimitada: Martí asume, desde Esparreguera, las finanzas, la administración, la logística, el personal y la producción de vino de Ca N’Estruc, mientras que Vila, desde Barcelona, lidera la parte comercial y la comunicación. “Es una relación bonita, pero también complicada”, reconoce Martí junto a Vila, reflejo de una complicidad que ya supera los treinta años. “Casi podríamos decir que inventamos el teletrabajo”, añade con humor, destacando la confianza mutua que ha existido entre ambos desde el inicio, incluso sin compartir el mismo espacio físico de trabajo.
Los dos socios son, en realidad, dos caras de la misma moneda. Vila Viniteca (con Vila al frente) es la cara visible y comercial —con tiendas en el Born, en la Illa Diagonal, outlets en Barcelona (València, 277 y Villarroel, 209) y establecimientos en Madrid—. Ca N’Estruc (bajo la dirección de Martí), en cambio, es su corazón logístico: un almacén central donde cada día se gestionan hasta 50.000 botellas.
Entrar en este almacén permite comprender la magnitud del crecimiento de la compañía en poco más de treinta años: de cuatro trabajadores en 1993 a casi 400 en la actualidad. En estas instalaciones de Ca N’Estruc, en Esparreguera, más de un millón de botellas reposan en un almacén subterráneo que recuerda a un búnker: 12 metros de profundidad, climatizado e informatizado hasta el último detalle para garantizar la máxima eficiencia.
“Tenemos problemas de espacio constantemente; siempre necesitamos más. Por eso, hace una década tuvimos que construir este almacén subterráneo”, recuerda Quim Vila. En estas instalaciones, la actividad nunca se detiene: tres turnos consecutivos de ocho horas, con un sistema que Martí compara al de una farmacia: “si hoy no lo tengo, mañana por la mañana lo tienes”.
La innovación como máxima
La logística de Vila Viniteca está pensada hasta el más mínimo detalle. Los recorridos dentro del almacén están informatizados, al igual que las rutas de los repartidores a pie de calle, para garantizar que los pedidos lleguen en 24-48 horas, incluso hasta Madrid. Los camiones salen diariamente hacia destinos como Madrid, Málaga —con parada en Alicante— y Bilbao, asegurando una entrega rápida a los clientes, muchos de los cuales son restaurantes que no disponen de grandes almacenes propios. A pesar de contar con clientes en más de una treintena de países, el mercado nacional sigue siendo el principal motor de crecimiento, con solo un 5 % del negocio procedente de la exportación.La innovación, de hecho, ha sido una constante desde los inicios del grupo, y no solo en logística. Ya en 1997, Vila Viniteca fue la primera empresa del sector en España con página web, cuando Internet todavía era incipiente. Tres años después, en 2000, introdujeron la venta de vinos en primeur (para comprar vinos en primicia), una práctica habitual en regiones como Burdeos pero aún desconocida en Catalunya.
En defensa del vino
Más allá de distribuir y producir vinos, Vila Viniteca desempeña un papel central en la difusión de la cultura vitivinícola. Su catálogo anual es una referencia global y está ilustrado por artistas de renombre como Javier Mariscal, Jaume Plensa o Miquel Barceló. Pero no solo eso: la compañía organiza catas y presentaciones con enólogos internacionales para acercar el vino tanto a profesionales como a amateurs.
Sin duda, su evento más destacado es el Premio Vila Viniteca de Cata por Parejas, uno de los concursos más prestigiosos del sector. Creado en 2007 por Martí y Vila con el objetivo de consolidarse como un certamen “democrático”: no solo dirigido a grandes sommeliers, sino también a amateurs y aficionados. Eso sí, los concursantes se enfrentan a un desafío mayúsculo, no apto para todos los paladares: catar a ciegas y, por parejas, consensuar país, zona de origen, denominación de origen, variedad, añada, elaborador y marca, con un sistema de puntuación supervisado por notario.
El concurso no destaca solo por la cuidada selección de vinos, sino también por su dotación económica: 50.000 euros en total, con 35.000 para los ganadores, 10.000 para la segunda pareja y 5.000 para la tercera clasificada. Su éxito es tan grande que las inscripciones —que requieren el pago de 200 euros por pareja— se agotan en cuestión de minutos; este año, en tan solo 2 minutos y 54 segundos, estableciendo un nuevo récord.
Así como hay una selección meticulosa de vinos, el certamen implica una organización rigurosa y un secretismo solo comparable a exámenes oficiales como la Selectividad o las oposiciones. Los vinos que participan son elegidos por Quim Vila, quien comparte esta información únicamente con un reducido grupo de empleados, obligados a firmar un estricto contrato de confidencialidad, bajo la condición de perder su puesto de trabajo si lo incumplen. Vila selecciona una veintena de botellas, y no es hasta el mismo día del concurso que decide cuáles serán las definitivas, teniendo en cuenta incluso las condiciones meteorológicas, que según él pueden afectar al sabor del vino.
Ni los camareros conocen los vinos que sirven, ni tampoco el otro socio de Vila Viniteca, Siscu Martí, quien forma parte del jurado junto con profesionales del sector. En su 18ª edición, 125 parejas se citarán el próximo 22 de febrero en el edificio gótico de la Llotja de Mar de Barcelona, ya que el certamen se celebra alternativamente cada año entre Madrid y Barcelona. Paralelamente, y en el mismo espacio, más de 30 bodegas exponen sus productos en un showroom por el que pasan unos 1.500 asistentes.