Barcelona y Madrid: dos metrópolis en diálogo para pensar el futuro

Oriol Estela

Coordinador general del Plan Estratégico Metropolitano de Barcelona (PEMB)

27 de abril de 2026
Barcelona y Madrid. Madrid y Barcelona. Dos grandes ciudades que habitualmente ponemos en relación en términos de rivalidad y sobre las cuales, por encima de todo, solemos destacar sus diferencias, ya sean tangibles o simbólicas. Pero más allá de esta mirada competitiva, hay un terreno muy rico para el aprendizaje mutuo, un espacio para reflexionar sobre cómo las ciudades afrontan retos similares y cómo pueden aprender la una de la otra.

Así, en un momento en el que el protagonismo de las ciudades ante los retos de futuro es máximo, conviene poner de relieve que, más allá de los tópicos, ambas metrópolis comparten preguntas de fondo: cómo gestionar la expansión urbana sin perder cohesión social, cómo liderar económicamente sin concentrar el poder en una sola escala o cómo combinar proyección internacional y calidad de vida para quienes viven en ellas. Estas son cuestiones que atraviesan Barcelona y Madrid, cada una con su propio contexto y estrategia.

El Plan Estratégico Metropolitano de Barcelona, con The New Barcelona Post como medio colaborador, quiere dedicar este 2026, en el que la capital catalana se erige como Capital Mundial de la Arquitectura, a promover este diálogo constructivo entre ambas ciudades, de la mano de diversas instituciones y desde perspectivas diversas. Un ciclo de diálogos que se inició el pasado 20 de marzo en torno al libro Barcellona/Madrid: un dialogo critico tra due città (de Oriol Nel·lo y Agustín Hernández Aja), que permitió repasar un amplio abanico de temas que son la base para las próximas sesiones. Estos serán los temas que estructurarán los debates y que, a su vez, evidencian los retos compartidos y los puntos de convergencia entre ambas ciudades.

La planificación urbanística

Un aspecto clave en cualquier comparativa entre Barcelona y Madrid tiene que ver con la escala urbana. El municipio de Madrid reúne unos 3,3 millones de habitantes en 600 km². Son cifras equivalentes a las del conjunto del Área Metropolitana de Barcelona (AMB), formada por 36 municipios. En términos de planificación urbanística, estas son precisamente las dos principales escalas de referencia: en el área de Barcelona, con el Plan General Metropolitano de 1976 (que abarca, sin embargo, 27 de los 36 municipios), y en Madrid, con el Plan General de Ordenación Urbana de 1997.

Ambos instrumentos han sido modificados en numerosas ocasiones —miles en el caso del instrumento barcelonés a lo largo de sus 50 años de vigencia— y ambos se encuentran actualmente en proceso de renovación: en Barcelona, con el largo recorrido del Plan Director Urbanístico Metropolitano (ahora sí para los 36 municipios), y en Madrid, con el reciente proyecto Sueña Madrid. Cabe señalar que ya ha habido varios acercamientos entre los equipos técnicos de ambos procesos para compartir conocimientos y herramientas.

Vista panorámica de Barcelona al atardecer. © Laura Guerrero

Para seguir con las similitudes, los respectivos gobiernos autonómicos también mueven ficha en materia urbanística. La Generalitat acaba de iniciar la revisión del Plan Territorial General de Catalunya y deberá hacerlo en paralelo con el Plan Territorial Metropolitano, mientras que la Comunidad de Madrid quiere aprovechar el proyecto puesto en marcha en la capital para elaborar un nuevo marco de planificación mediante la Ley de Impulso y Desarrollo Equilibrado de la Región (LIDER).

Un ámbito, por tanto, el de la adaptación de las herramientas urbanísticas al siglo XXI, en el que hay mucho que aprender conjuntamente.

El crecimiento y la regeneración urbana

Este aprendizaje mutuo puede extenderse al desarrollo de las grandes operaciones urbanas de futuro. Por citar solo las más emblemáticas, en Barcelona encontramos el entorno de la estación de La Sagrera, Porta Diagonal-Campus Clínic o la remodelación urbana alrededor de las Tres Chimeneas del Besòs. Madrid, con mucho más suelo disponible, cuenta con dos grandes operaciones de naturaleza muy distinta: Madrid Nuevo Norte (Operación Chamartín) o Casa 47 (Operación Campamento), con más de 10.000 viviendas cada una y millones de metros cuadrados destinados a actividad económica.

Vista general de les obres de la Sagrera. © Josbel A. Tinoco
Vista general de las obras de la Sagrera. © Josbel A. Tinoco
Otro frente del que se pueden extraer lecciones es el de cómo revertir las carencias de dos formas de crecimiento urbano que hoy se encuentran fuertemente cuestionadas, porque generalmente no han sido capaces de integrar las funcionalidades ni de proveer los servicios que se esperan de aquello que llamamos “ciudad”: en Barcelona, sobre todo, las urbanizaciones de baja densidad; en Madrid, buena parte de los famosos PAU (Programas de Actuación Urbanística) que retrataba Jorge Dioni en La España de las piscinas. En pleno debate sobre la necesidad de ganar densidad y, sobre todo, intensidad urbana, compartir respuestas a estas situaciones resulta imprescindible.Igualmente necesario es compartir todo lo relacionado con la regeneración. Los datos indican que casi el 50% de las viviendas de Barcelona se construyeron entre 1960 y 1980, mientras que un 60% de las madrileñas datan de entre 1960 y 1990, con barrios enteros en ambos casos que empiezan a reclamar de forma urgente su adecuación a los requisitos actuales de accesibilidad y confort. ¿Cómo combinar rehabilitación y regeneración urbana con cohesión social? ¿Cómo evitar que los procesos de transformación expulsen a residentes históricos o desestructuren tejidos vecinales consolidados? ¿Cómo pueden los vecinos y vecinas influir realmente en la toma de decisiones urbanas?

La gobernanza metropolitana

En este terreno, todas las ciudades del mundo tienen aún mucho que aprender. Pero en el caso que nos ocupa, es evidente que la diferencia más clara entre Barcelona y Madrid es la existencia de una institución metropolitana formal en la primera. Y, aunque pueda parecerlo visto desde aquí, no es cierto que la Comunidad de Madrid actúe como el equivalente a nuestra AMB. Y, si no, que se lo pregunten a los municipios del sur de la capital.

En este sentido, para buscar analogías en materia de gobernanza debemos referirnos de nuevo a escalas distintas. Para Barcelona, quince años después de la puesta en marcha del AMB, los retos se encuentran ahora en la relación entre esta y el resto de municipios metropolitanos (lo que en el PEMB denominamos “la ciudad de los cinco millones”). En Madrid, mientras tanto, deben encontrar cómo compensar la macrocefalia de la ciudad central estableciendo mejores fórmulas de coordinación con los municipios que la rodean. En ambos casos, sin embargo, resulta difícil imaginar nuevas administraciones metropolitanas que abarquen el 70% u 80% de las respectivas regiones.

Vistes de la Sagrada Família des de l’AC37 CLUB.
Vistas de la Sagrada Família des de AC37 CLUB. © Júlia Arnau

En el ámbito de la movilidad, clave para la articulación de las metrópolis, las diferencias en la gobernanza son más matizadas. Barcelona dispone de instrumentos metropolitanos como el AMB y la Autoridad del Transporte Metropolitano, que coordinan tarifas, planificación y financiación del transporte público. En Madrid, el Consorcio Regional de Transportes de Madrid, quizá su único órgano verdaderamente metropolitano en sus funciones, ejerce un papel similar de integración tarifaria y de red, aunque todavía bajo el paraguas de la comunidad autónoma.

La ausencia de una política estatal en materia metropolitana es un hándicap que, aunque sea por motivos distintos, limita las posibilidades de un desarrollo urbano adecuado a los nuevos tiempos no solo en nuestras protagonistas, sino en el conjunto de las grandes ciudades españolas. Hacer frente común en este sentido sería un ejercicio de liderazgo responsable altamente conveniente.

Liderazgo económico e influencia sobre el territorio

Barcelona y Madrid han consolidado en los últimos años economías urbanas dinámicas, basadas en servicios avanzados, actividad empresarial, innovación y atracción de talento. Ambas ciudades buscan atraer startups, centros tecnológicos e inversión internacional, en particular sedes corporativas. Así han reforzado una fuerte proyección global. Barcelona ha proyectado una imagen vinculada a la innovación urbana y a la calidad de vida. Madrid, por su parte, refuerza su centralidad como nodo de negocios y conexión entre Europa y América Latina. Dos modelos que pueden ser complementarios y que impulsen el desarrollo del conjunto del Estado.

"Lo más interesante del diálogo entre Barcelona y Madrid es no tanto la comparación entre modelos, sino la capacidad de identificar retos compartidos e imaginar respuestas útiles para el conjunto del sistema urbano"

Pero el debate ya no es tanto si crecen, sino qué tipo de crecimiento están construyendo. En este sentido, en ambas ciudades surge la misma pregunta: ¿cómo asegurar que el dinamismo económico se traduzca en empleo de calidad, oportunidades territoriales equilibradas y una estructura productiva resiliente? Y, al mismo tiempo, ¿cómo se pueden generar dinámicas que beneficien a todo el territorio, equilibrando concentración y distribución de oportunidades en toda la metrópoli?

El turismo es quizá el ámbito donde esta tensión se hace más visible. Tanto Barcelona como Madrid se benefician de la proyección internacional y del impacto económico del sector, pero también afrontan sus externalidades: presión sobre la vivienda, saturación del espacio público y tensiones con la vida cotidiana de los barrios. En Barcelona, este debate es especialmente intenso, con una creciente preocupación ciudadana por el impacto de los apartamentos turísticos y la turistificación.

Turistas Rambla
Turistas paseando por la Rambla. © Laura Guerrero

Aquí, la cuestión de fondo no es si el turismo es positivo o negativo, sino cómo gestionarlo para que forme parte de un modelo económico sostenible y compatible con la vida urbana.

Una mirada compartida al futuro

Ahora bien, quizá el reto más importante de todos es cómo prepararse para el futuro, dado que Barcelona y Madrid comparten tendencias estructurales que marcarán las próximas décadas.

La primera es el envejecimiento de la población. El aumento de la esperanza de vida y la transformación de las estructuras familiares obligan a repensar la vivienda, la movilidad, los cuidados y los servicios públicos. Este es un reto especialmente metropolitano, porque afecta de manera diferente a la ciudad central y al resto del territorio.

Vista aérea de Barcelona © Ikumaru / Shutterstock

La segunda es el impacto de las migraciones. Ambas ciudades son grandes polos de atracción de población internacional, alcanzando máximos históricos. Esto plantea enormes oportunidades en términos de dinamismo social y económico, pero también obliga a reforzar políticas de integración, acceso a la vivienda y cohesión territorial.

La tercera es, sin duda, el cambio climático. Las ciudades concentran buena parte de las emisiones, pero también son los espacios donde se juegan las principales soluciones: rehabilitación energética, espacio público resiliente, movilidad sostenible y adaptación a episodios extremos de calor. Barcelona ha situado este reto en el centro de su agenda internacional y urbana. Madrid afronta desafíos similares, especialmente en relación con las olas de calor y la infraestructura verde urbana.

En el fondo, esto es lo que hace especialmente interesante el diálogo entre Barcelona y Madrid: no tanto la comparación entre modelos, sino la capacidad de identificar retos compartidos e imaginar respuestas útiles para el conjunto del sistema urbano. Es desde esta mirada que cobra sentido el ciclo de debates que se desarrollará a lo largo de 2026: no como una sucesión de seminarios, sino como un espacio para pensar, en clave metropolitana, los grandes temas que definirán el futuro de nuestras ciudades.

Sobre el autor

Oriol Estela
Oriol Estela

Coordinador general del Plan Estratégico Metropolitano de Barcelona (PEMB)

Ver biografía