Barcelona respira arquitectura. Desde las formas sinuosas de un legado modernista aún vivo en la ciudad, hasta las líneas rectas que reivindica el racionalismo. La belleza arquitectónica de la ciudad, sin embargo, no se manifiesta solo a través de un glorioso patrimonio histórico, sino también con un presente vivo, que repiensa barrios y edificios para afrontar los grandes retos sociales, ambientales y urbanos del siglo XXI. Este año, esta disciplina clave en el pasado y el presente de la ciudad adquiere una relevancia especial: la capital catalana ostenta el título de Capital Mundial de la Arquitectura, con un amplio programa que se extenderá durante diez meses, desde Santa Eulàlia, 12 de febrer, hsta Santa Llúcia, 13 de diciembre.
Más de 200 proyectos y 1.500 actividades llenarán 77 espacios repartidos por los 10 distritos, convirtiendo a Barcelona en el epicentro del debate arquitectónico. En este escenario efervescente, no sorprende que la arquitectura que se produce en la ciudad trascienda el ámbito local y capte la atención internacional. Así lo demuestra, una vez más, el hecho de que entre las 40 obras finalistas del Premio de Arquitectura Contemporánea de la Unión Europea / Premios Mies van der Rohe 2026 figuren dos propuestas ubicadas en la ciudad y firmadas por equipos catalanes. Unos galardones que se celebran cada dos años y están dotados con 60.000 euros, considerados entre los más prestigiosos de la arquitectura contemporánea a nivel global.
Las 40 obras seleccionadas, elegidas entre un total de 410 nominaciones, representan edificios de tipologías diversas —desde viviendas unifamiliares hasta equipamientos dedicados servicios concretos como la educación, la salud o el comercio— situados en 36 ciudades de 18 países. El jurado internacional, presidido por Smiljan Radić e integrado por Carl Backstrand, Chris Briffa, Zaiga Gaile, Tina Gregorič, Nikolaus Hirsch y Rosa Rull, ha valorado especialmente la capacidad de los proyectos para intervenir de manera ética, sostenible y con impacto social a largo plazo, ya sea mediante la rehabilitación, la reutilización de materiales o el uso de recursos locales.
De hecho, Barcelona no es una ciudad ajena a la historia del Premio Mies van der Rohe. Precisamente fue en la capital catalana donde se constituyeron los guardones en 1988, promovidos por la Fundación Mies van der Rohe y la Unión Europea. Además, la ciudad también es el escenario de los días de deliberación del jurado. Pero si finalmente alguna de las propuestas finalistas de este año resultara ganadora, no sería la primera vez que un proyecto catalán se alza con el galardón.
En 1992, el prestigioso premio reconoció el Pabellón Olímpico de una ciudad vecina: Badalona. Proyectado por los arquitectos Esteve Bonell y Francesc Rius, más allá de su función práctica como sede del Club Joventut (conocido popularmente como La Penya), también se concibió como un homenaje a una de las características esenciales del municipio, considerado la cuna del baloncesto por ser una auténtica cantera de jóvenes talentos.